La no Europa y la Europa del no

09/04/2020

Hernando F. Calleja.

En estos días de extrema sensibilidad social, en la que la mínima contrariedad tiene una onda expansiva colosal,  algunas desafortunadas opiniones y algunas actitudes concretas respecto de las demandas que España realiza a la Unión Europea han generado un clima enrarecido en muchas personas que se expresan en los medios de comunicación. Acusaciones de insolidaridad se entremezclan con otras de racismo y cosas peores, azuzadas desde la barrera por algunos políticos españoles impotentes.

No es la primera vez que nos ocurre desde que pertenecemos como miembros de pleno derecho a la Unión y no será la última, quizás por un enfoque equivocado sobre lo que representa y vale ser uno de los países pertenecientes al área más libre y próspera del planeta. Esto, que es una evidencia y que ha reportado beneficios políticos, sociales y económicos determinantes para nuestra privilegiada situación en el mundo, se nos olvida con frecuencia. Ya nadie recuerda o no quiere recordar, que entre los españoles de hoy muchos fueron emigrantes de segunda división a Europa; nadie parece querer recordar el apoyo sin límites a la democratización de España, que los españoles, por nosotros mismos no sabíamos como resolver; a nadie se le ocurre pensar lo que sería actualmente España de no estar en la Unión.

Europa, la Unión Europea es una obra de siglos, no tantos, sin duda, como los que empleó en destrozarse a sí misma y entre sus gentes. Pero queda mucho por recorrer. Hasta ahora solo somos una buena alianza, una entente entre países viejos, y como dice  en su muy recomendable obra La caverna racial europea, mi amigo Emilio Temprano, “…una ilusión casi mítica que tienen muchas `personas de nuestro tiempo sobre la creación de la unidad europea, anhelo ya expresado desde épocas remotas”.

¿Se puede pedir más a la Unión Europea? Creo que partimos de una referencia errónea, de una perspectiva cegada por un dato irrefutable: Pedir a Europa es pedirnos a nosotros mismos.

En estos días, algunos alegatos, unos pasionales, otros impregnados por el miedo, otros de reconocible impotencia o, en fin, por la irresponsabilidad, parecen olvidar lo más obvio. Lo que demandamos a Europa se lo pedimos por igual a nuestros ciudadanos, a nuestras instituciones y a quienes las dirigen. La Unión no es un alien. Somos nosotros mismos, con nuestras virtudes, nuestras carencias, nuestras afinidades y nuestros recelos.

Voy a explicarme con mayor dureza. La Unión es España y es Hungría. Víktor Orbán me parece despreciable, pero el pueblo húngaro no lo es. Pongan Holanda, Alemania, Finlandia… o quienes ustedes quieran y díganse lo mismo.

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