Una teoría, de acuerdo con lo leído en el diccionario, es “un conjunto de razonamientos ideados para explicar provisionalmente un determinado orden de fenómenos”. Pues bien, mi teoría, visto lo visto, leído lo leído, escuchado lo escuchado, viene a decir que no es lo mismo pasar la temperatura de la caldera de la calefacción de 12 a 20 grados, que de cero a los también 20 grados.
Me explico, aunque sospeche que todo el mundo lo ha entendido. Me voy de fin de semana a la sierra (si pudiera, claro). Es primavera. La temperatura ambiente en el exterior es de unos 17 grados centígrados. Antes de salir de casa me formulo la pregunta de todos los fines de semana: ¿dejo la caldera encendida con el termostato a trece grados o la apago?
Sé de sobra que al volver el domingo tarde-noche a casa tendré o que modificar el dial del termostato o partir de cero. En el primer caso, habré que esperar en par de horas para que la temperatura ambiente de la vivienda sea agradable. En el segundo, el tiempo de espera sobrepasará con holgura el tiempo del primer caso.
Con la economía sucede algo parecido. ¿Mantengo al personal metido en casa a temperatura ambiente o libero ciertos sectores económicos para que no se pierda masa muscular?
La pregunta tiene, por supuesto, montón de matices y de cuestiones a resolver, muchas de ellas de índole política. ¿Qué es preferible: perder seis, siete o nueve puntos del PIB, o permitir la reapertura de una parte del tejido industrial para controlar en lo posible esa caída, aun a costa de que la maldita proteína continúe mortificando, afligiendo e inquietando a las buenas gentes?
Estas buenas personas que se mantienen fieles a las salidas de casa y las otras, las óptimas, las que no en la mejores condiciones están preocupándose y atendiendo a los más perjudicados, todas, en su conjunto, olvidándose por un momento en su situación presente, creo que estarían encantadas si desde las altas instancias nos dieran a conocer un plan, un proyecto, un listado de puntos con los que, en su opinión, podríamos paliar, entre todos, claro, la crisis anunciada.
En este punto, lo ideal sería que entraran en razón los partidos políticos, de momento, por lo que se puede leer, escuchar y deducir, poco propicios a ceder posiciones. Desde el exterior, da la impresión de que cada uno de ellos se ha situado en su respectivo burladero a la espera de que sea el otro el que inicialmente salga al ruedo y de los primeros capotazos al burel.
El que encabeza la terna, por lógica, debería -obligación- armarse valor y salir inicialmente al ruedo. Es lo que marca el reglamento. Pero desde aquí, desde el tendido, dadas las características del cornúpeta, con casta reconocida y encima corniveleto, y con el añadido de la maldita proteína, hay muchos espectadores que piensan, aunque no confían en exceso, que dada la extensión y dificultad del problema, todos, del primero al último, podían sacar a relucir eso que en el argot taurino se denomina vergüenza torera.
Pundonor lo califican no pocos.
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