Me hablaron en su día de una buena mujer que, después de llevar separada varios años, tuvo la fortuna, por cuestiones de herencias, de obtener unas rentas anuales sustanciosas que le permitieron acelerar el olvido de su situación anterior y dedicarse a viajar por medio mundo. Que si Nueva York, que si La Habana, que si Nicaragua, que si Fez, que si Túnez, que si Marrakesch… No llegó a la dolce vita, pero casi casi…
Pasaron los años y las ganas de viajar. Y llegó también el recorte de las rentas, igualmente el de la cuenta corriente y, cuando se quiso dar cuenta, no le quedó más remedio que expandir a los cuatro vientos que ya no podía vivir con la misma alegría con la que había disfrutado los lustros anteriores…
Tan es así que no fue infrecuente oírla quejarse de que le costaba llegar a fin de mes y de que, a lo mejor, tendría que pedir cash a sus más allegados para atender los impuestos a los que periódicamente tenía que hacer frente…
Algunos de nuestros políticos, ya no sé si fueron los blancos o los negros, o los amarillos o los verdes, que da lo mismo, se vanagloriaron no ha mucho de que crecíamos más que la media europea, que eramos ejemplo de crecimiento en el seno de la Unión Europea, que lo estábamos aderezando mejor que nadie -lo estaban haciendo ellos, lo políticos, claro-; que nos visitaban más de ochenta millones de turistas, incluidos los que vienen de botellón; que nos encontrábamos a la cabeza de no sé qué… y no recuerdo si alguno dijo que éramos referencia a seguir en Europa…
Inocentes criaturas… ingenuas consideraciones, pueriles apreciaciones, engañosos planteamientos… a más de uno se le hinchó la boca y sacó pecho de lo que eran capaces de hacer cuando la realidad es que lo construíamos entre todos.
A estos nuestros políticos –a algunos de ellos, por supuesto- se les ha caído o se les está cayendo el castillo encima. Primero las murallas, aunque no por las lombardas del enemigo y si por su construcción deficiente; después ha comenzado a deteriorarse la ciudadela que suele ser zona más resguardada, y al final, hasta en los graneros han empezado a escasear los bastimentos que decían los historiadores al dibujar el transcurrir de nuestros conquistadores en los siglos XV y XVI…
El término rescate ha aparecido en este nuestro cielo grisáceo como por arte de magia pero, paradójicamente, sin truco porque se oye el resonar de los truenos y deslumbran los relámpagos de la tormenta.
Parece ser que no tenemos remedio. Parece ser que nos conformamos con los pilares del turismo y las exportaciones, mientras dejamos en el olvido sectores capitales como la investigación y el desarrollo, la educación, la sanidad…
A poco que uno discurra, pero sin estrujarse en exceso las neuronas, a nadie debería sorprenderle que, poco a poco, con o sin vaselina, tendremos que hacernos un par de agujeros más en el cinturón. El arreglo del pantalón, femenino y masculino, quedará sin duda para un poco más adelante.
Más de uno se pregunta dónde se guaradó la euforia de los años de bonanza. En otras palabras, ¿dónde están acumulados, amontonados, apelotonados, hacinados, almacenados, que lo mismo da, los tesoros de cuando mirábamos por encima del hombro al resto de todos nuestros amables y amigos vecinos del norte? Ahora les pedimos ayuda y ellos, con firmeza y bastante sentido común nos dicen que donde están los tesoros. ¿En la cueva de Ali Babá?
Personalmente, me recuerda el cuento aquél de la cigarra y la hormiga. Gracias, Esopo; gracias Samaniego.
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