En paralelo a las trágicas cifras de víctimas mortales del Covid-19, personas con nombres y apellidos y no curvas ni picos, nos vamos enterando también los números del desastre económico, o la Gran Recesión como ya se denomina, de la pandemia.
Esta misma semana hemos conocido que el Banco de España anticipa una caída del PIB de entre el 8 y 13,6 por ciento, casi diez puntos más que el -3,8 por ciento de 2009 en plena crisis financiera, al tiempo que eleva la tasa de paro a una horquilla entre el 18,3 y el 21,7 por ciento, alcanzando los niveles de 2013, año en que se superaron los seis millones de parados, mientras que el déficit público se dispararía a una cifra negativa de entre el -7 y el -11 por ciento del PIB y la deuda pública llegaría a superar el 120 por ciento del PIB.
Previsiones en línea con las del Fondo Monetario Internacional, que anuncia también un desplome de nuestra economía del 8 por ciento, un déficit del 9,5 por ciento y el regreso del paro a tasas del 20 por ciento. Y ambos organismos coinciden también descartar una recuperación en “V”. Unos resultados pavorosos pero que alarman más porque las expectativas son inciertas y nada halagüeñas como resalta también la autoridad monetaria al afirmar que la producción no se recuperará en 2021.
Escenario pesimista que se extiende igualmente al sector exterior donde los analistas nacionales e internacionales avanzan que la crisis del coronavirus será, como mínimo, igual de negativa que la crisis mundial de 2008 y a pesar de que la recesión actual no es de carácter financiero el cierre parcial y temporal de fronteras “afectará gravemente al comercio internacional” con un futuro incierto y una previsión muy negativa de la evolución de la actividad exportadora.
Pronóstico similar al que se augura para el turismo -nuestra primera industria que aporta el 12 por ciento del PIB nacional y el 13 por ciento del empleo-, donde las previsiones de la organización empresarial Exceltur, acaba de anunciar que, si se aceleran las incertidumbres adversas y salvo una demanda interna testimonial y muy reducida de proximidad, se contraería sustancialmente el turismo, durante el verano y el otoño. “Ello revelaría en este tercer escenario, una potencial caída a nivel nacional de caída de actividad hasta los -124.000 millones de euros y supondría perder hasta un 81,4 por ciento en 2020 de la actividad turística, cifra que ningún sector económico podría resistir, sin verse arrasado antes por el camino”. Todo ello, además de que el Gobierno sin diseñar un plan potente y específico de apoyo al turismo español.
Con este panorama que da miedo y con el indicador de confianza empresarial hundido en España a niveles nunca vistos en toda la serie histórica con una caída del 26,9 por ciento en el segundo trimestre la necesidad de un gran acuerdo de reconstrucción nacional, como ha demandado el Gobierno es incuestionable y perentoria.
De momento ya han conseguido que Pablo Casado de el “si quiero” a participar en los pactos e, incluso, han accedido a que ese acuerdo se discuta y se negocie en una Comisión Parlamentaria, entre otras razones porque el presidente del Gobierno sabe que necesita al PP para ser creíble en Europa donde tampoco se fían de Sánchez y menos aún de su coaligado en el Gobierno, a pesar de los buenos oficios de la vicepresidenta Nadia Calviño, y que sólo con el respaldo del Partido Popular, las medidas de reconstrucción tendrán la credibilidad necesaria ante los socios europeos de la que van a depender las ayudas y, lo que es más importante, las condiciones que nos pongan.
Decía Napoleón que “si quieres que algo sea hecho nombra un responsable, pero si quieres que algo se eternice en el tiempo crea una comisión”. Y aquí está el riesgo sobre la viabilidad del acuerdo y la eficacia de sus resultados. La propia estructura de la Comisión con más de una treintena de miembros si todos participan perjudica el clima de entendimiento y la imprescindible agilidad que se requiere en la toma de decisiones, que, además, deben ser concretas y no un catálogo de voluntades.
Y, por otra parte, a nadie se oculta que los planteamientos del PP y de Podemos son radicalmente incompatibles, por lo que Sánchez se puede ver obligado a elegir entre Iglesias o los constitucionalistas. Una disyuntiva ante la que algunos veteranos socialistas ya empieza a apostar sobre ¿a quién va a traicionar antes?
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