Ya no resistiré

25/04/2020

Carmela Díaz.

Los españoles hemos cumplido lo que se nos ha pedido, pero el Gobierno ha sido incapaz de gestionar ni resolver. Después de cuarenta días no sabe qué hacer y desconoce cómo afrontar ninguna de las crisis: sanitaria, ciudadana, social y económica. Padecemos la gestión mundial más deficiente de la pandemia, lo cual implica aceptar que tenemos los peores gestores: populistas acomodados sin experiencia ni aptitudes. Cuando se elige a políticos incompetentes, solo resta padecer un Gobierno de inútiles.

España padece una tasa de fallecidos por habitante demencial mientras sus ciudadanos soportan las restricciones más rigurosas de derechos y libertades. Presenciamos atónitos numerosos intentos de coartar la profesionalidad de los medios, manipular las redes y amordazar a la sociedad. Sanitarios desprotegidos y contagiados, amenazas a la libertad de expresión, incapacidad para negociar, ineptitud para comprar, nula coordinación interministerial, contradicciones diarias, desinformación permanente, desprestigio de instituciones respetadas, imposición de políticas del miedo o una sobrecogedora carencia de sensibilidad. Hasta el momento, estos han sido los hitos de la gestión gubernamental.

No se puede concebir que lo hagan peor… hasta que amanece el día siguiente. Entonces los españoles contemplamos aterrorizados otra flamante barbaridad, barrabasada, despropósito, frivolidad, incoherencia, autoritarismo y falta de consenso. Estamos en manos de unos chapuceros, ególatras y peligrosos, sin dirección y sin rumbo. Pero cada nueva jornada se superan: en menos de veinticuatro horas son capaces de desfasar nuestra percepción de lo imposible. La única certeza es que el estropicio que están provocando en nuestras vidas y el descalabro económico en ciernes, serán muy duros de recomponer.

Entretanto, los ciudadanos han dejado atrás una cuarentena justificada para aguantar lo que parece un arresto domiciliario encubierto: sin poder salir a la calle; sin un plan de vuelta a la normalidad; sin test, mascarillas ni medidas de protección; sin visitas a familiares enfermos; sin poder velar ni enterrar a los fallecidos; sin trabajo, sin ingresos o con el empleo congelado -aunque carentes de ayudas tangibles y con la obligación de pagar unos impuestos que no se ajustan a la realidad económica actual-. Sin ninguna expectativa de futuro, sufriendo un insoportable número de muertos -consecuencia de una pésima gestión- que, con frialdad y falta de empatía, se empeñan en enmascarar como cifras, estadísticas y curvas.

En cualquier caso, España sigue siendo un estado democrático de derecho y cuando dejemos atrás este estado de excepción disfrazado de situación de alarma, se podrá ejercer una moción de censura en el Parlamento, convocar elecciones, elegir a nuevos representantes o acometer todas las querellas que sean procedentes por negligencias graves contra la salud pública.

Quizá este cúmulo de despropósitos e incompetencias sea una estrategia muy bien orquestada. Pedro Sánchez es un personaje maquiavélico que puede aspirar a descartarse como cabeza visible de la mayor crisis de la historia reciente. Esta podría ser la causa probable de que está encadenando desaciertos en bucle para forzar una salida y quitarse de en medio. Para que la responsabilidad de diseñar soluciones imposibles recaiga sobre otros.

 

 

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