Ahora la pelea se fundamenta en si se prorroga o no el estado de alarma. Los que no se ponen o no quieren ponerse de acuerdo son los que disponen, se supone, de la mayor y mejor información sobre la situación de país. Son los que tienen la obligación de resolver los problemas del resto de los mortales que un día les votamos para despejar las incógnitas de la ecuación. Y la ecuación no es ni mucho menos de tercer grado; es de las facilonas. La solución es tan sencilla como sentarse en la mesa, que no tiene que ser ovalada y si de camilla, pero suficientemente grande para que no se echen el aliento unos a otros, y además de hablar y de poner encima de la caoba el argumentario de turno, reflexionen sobre lo que unos y otros quieren, opinan, consideran, pretenden, prefieren y no se cuantas cosas más y, olvidándose claro de los futuros votos, se den cuenta de que también existe una ciudadanía harta de la clase política en buena medida, precisamente porque se les ve incapaces de dar solución a lo que nos ha llegado y a lo que se nos avecina, que no es cosa baladí. A ellos y a nosotros, pero sobre todo a nosotros; es decir a los que no tienen asegurado un sueldo relevante o una pensión sustanciosa o… un coche oficial, con mecánico incluido.
El reparto de signos políticos a lo largo y ancho de nuestra querida piel de toro hace posible que la información fluya de norte a sur y de este a oeste. Las comunidades, al tener transferidas gran parte de las funcioes que deberían complacer a la ciudadanía, resulta que a pesar de contar con una hornada de consejeros y de asesores y de técnicos y de funcionarios, que son los que comunican a la central los problemas de esa comunidad y de esas provincias y de esos ayuntamientos, resulta, digo, que a pesar de contar con la información de la realidad que atañe a la mayoría, en cuanto que es leída y sopesada el jefe decide si es bueno o no para los intereses de las siglas que comanda, al margen de que tantos o más de los que les votaron a ellos están clamando que sean responsables. ¿Problema de educación tal vez?
Y en esas estamos. Cada uno sabe lo que ocurre en la comunidad que domina desde el punto de vista económico, social, político. Desde Galicia a Cataluña, de Almería a Huelva, de Cáceres a Valencia… pero una vez situados alrededor de la camilla, una vez situados en en los sillones del Congreso, son incapaces de ponerse de acuerdo.
Hay, no obstante, un problema añadido. Y es que a veces, al del último piso, azotea incluida, no le interesa lo que dice o le sucede al vecino del quinto y mucho menos del tercero. Y así es imposible que la comunidad de vecinos llegue a un acuerdo en cómo pagar la derrama por la gotera que amenaza todo el edificio.
Lo gracioso de esta comedia, con tintes negros de tragedia, es que a pesar de la desconfianza que continúan desplegando nuestros conspicuos políticos –algunos de ellos, no exageremos- de uno y otro signo, a ellos no parece importarles demasiado -esa es la impresión que desprenden- que el deterioro, la confusión y el malestar aumente jornada a jornada por mucho que nos dejen salir al recreo un rato cada día.
La vitamina D para el organismo nadie duda que es beneficiosa y necesaria. Lo que no es necesario ni beneficioso es que el personal político persista en tirarse de los pelos en cuanto puede. Y no hay más que remitirse a lo dicho: que no hay plan B, que vamos a la rebelión con un millón de parados en la capital…. que… señor, señor…
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