La creación de la Comisión para la Reconstrucción Económica y Social no me gusta. Vaya por delante. Y no me gusta desde el título de la misma. No es una cuestión semántica, es conceptual. Voy a desgranar mis objeciones, que se refieren al método, pero también, y fundamentalmente, a substancia de lo que en ella se quiere tratar.
En primer lugar, la Comisión va a actuar, en una primera fase como un simple buzón de sugerencias de los grupos parlamentarios. Visto el panorama multicolor de las bancadas del Congreso, las propuestas pueden inscribirse entre lo delirante y lo ingenuo, pasando por lo retrógrado, lo populista, lo desintegrador y otras especies que pueblan los sillones del hemiciclo. Luego se invitará a expertos, propuestos en línea directa por los propios grupos, que serán rebatidos y ninguneados por los partidos que no les han convocado.
Por cierto, a la presidenta del Congreso, que lo es de las Cortes Generales, se le podía haber ocurrido crear una Comisión mixta Congreso-Senado, dado el carácter de la llamada Cámara Alta, que nunca ha sido menos que ahora.
Dejo lo instrumental para meterme en el concepto de reconstrucción económica y social que adorna el título de la Comisión. Creo que el término reconstrucción es fallido. Parecería que hablamos de algo perfecto, pongamos, el Partenon y que hay que volver a ponerlo como en la Atenas de Pericles. Aquí no se trata de eso. Aquí urge un gran paso adelante que supere con margen suficiente el paulatino alejamiento de nuestro país de los puestos de vanguardia en bienestar y progreso.
Reconstruir es vigilar más el retrovisor que el parabrisas. Tenemos un país aceptable, pero con poco pulso, reconozcámoslo. Tenemos un país avejentado y en el que el concepto de progreso se ha quedado retorcido y oxidado; en el que entendemos la libertad económica como una maraña de intereses espurios y dependencias infames. Por ahí hay que empezar, proponiendo objetivos realizables no para ayer, ni siquiera para hoy.
Reconstrucción económica y social. Lo repito y cada vez me suena menos ambicioso, más retrógrado y más hueco.
Alguno me dirá ¿y el dinero para eso, de dónde sale? Y no tardaré en responderle. El dinero que haya puede ser el mismo para levantar un país de nueva planta, que para ir haciendo reparaciones continuas y chapuzas múltiples sin otra perspectiva que nuevas reparaciones y nuevas chapuzas. El dinero llegará cuando haya planes concretos capaces de merecer financiación nueva, pública y privada, nacional y multinacional. ¿O es que vamos a tener prejuicios sobre quien aporta recursos para que los españoles vivan mejor?
Creo que los recursos acudirán a propuestas fiables, ambientalmente sostenibles, tecnológicamente avanzadas, que aporten valor y calidad de vida y no sometidas a mediaciones impresentables, a comisiones ilegales, a condicionamientos ideológicos y a vetos resueltos por debajo de la mesa, como venía ocurriendo.
Se trata de un gran salto que combina longitud y altura. ¿Hay alguien ahí?
Aviso Legal
Esta es la opinión de los internautas, no de diarioabierto.es
No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
Su direcciónn de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.