Necesitamos un relato compartido para salir de la crisis

28/05/2020

Gerardo Miguel.

En situaciones de crisis como la que vivimos actualmente los ciudadanos necesitan de certezas que contribuyan a reducir sus incertidumbres para poder afrontar su futuro a corto, medio y largo plazo. Para ello, resultaría imprescindible que aquellos que están al frente de las decisiones políticas y económicas fueran capaces de construir un relato que pudiera ser compartido por el conjunto de las personas que forman parte de la sociedad y que permitiera sentar las bases para la acción. Sin embargo, la polarización política y social que vivimos hace muy difícil la construcción de ese relato. De hecho, se multiplican los relatos lo que, sin duda, no ayuda a que los ciudadanos puedan tener confianza en lo que ha de venir.

A esta multiplicación y dispersión de los relatos está contribuyendo, quizá de manera involuntaria, el desarrollo tecnológico, Internet y las redes sociales. Vivimos en una sociedad en la que tenemos la posibilidad de acceder a datos, opiniones, informaciones, rumores, etcétera con tan solo dar un ‘clic’ a nuestro ordenador o a cualquiera de nuestros dispositivos móviles. Sin embargo, no deberíamos caer en el error de pensar que esta capacidad de acceder a una cantidad ingente de información, así como a múltiples emisores nos convierte en seres mejor informados. Es más, tenemos más posibilidades de ser manipulados al verse reducida nuestra capacidad de atención como consecuencia del volumen de información que debemos procesar cada día.

Son muchos los estudios que ya han analizado como las redes sociales se han convertido en los principales medios de acceso a la información, especialmente de las personas más jóvenes. Los medios tradicionales han tenido que adaptarse para hacer frente a este fenómeno que supone, además, que el ‘monopolio’ de la información ha dejado de estar en sus manos. Hoy, cualquier persona ajena al mundo de la prensa o del ámbito de la comunicación puede trasladar a otros informaciones u opiniones como, de hecho, está ocurriendo. Las redes sociales se han convertido en altavoces que permiten llevar múltiples mensajes y encontrar eco y respuesta entre los usuarios de estas. Sin embargo, existe un riesgo y es que entre esta gran cantidad de mensajes que circulan por la red no siempre en sencillo discriminar lo que es veraz de lo que no lo es.

No cabe la menor duda de que este desarrollo tecnológico ha traído consigo, también, elementos positivos para el conjunto de la sociedad, pues ofrece la posibilidad de que sus miembros tengan la capacidad de someter a vigilancia y escrutinio continuo a sus dirigentes políticos, a instituciones públicas o privadas o a las empresas, abriendo debates y obligando a estas a actuar con mayor transparencia, al menos en principio y en teoría. De la misma manera, se puede producir un efecto contrario y contradictorio como es el hecho de que estas mismas entidades y organizaciones puedan quedar en entredicho gracias a la difusión de opiniones e informaciones sin fundamento.

El desarrollo de la conversación social y el incremento de la circulación de mensajes y opiniones a través de las redes sociales resulta, sin embargo, difícil de manejar para un usuario medio. La enorme cantidad de información que recibimos nos impide mantener la atención y realizar una lectura crítica de todo. No resulta extraño, por tanto, que los usuarios busquemos fórmulas que nos ayuden a organizar la información en función de nuestros intereses. Participamos en grupos, seguimos a personas o entidades con los que compartimos opiniones o por los que sentimos afinidad, creando burbujas de opinión que acaban retroalimentándonos.  A ello también han contribuido las empresas tecnológicas que merced a sus algoritmos, ese elemento invisible que acaba condicionando la información y mensajes que recibimos en virtud del análisis que hace de nuestra actividad habitual y pasada en la red.

Esta situación termina por condicionar cómo percibimos el mundo que nos rodea y nos ofrece un relato de la realidad que no siempre tiene porque guardar relación con la realidad. Vivir en estas burbujas acaba influyéndonos y haciéndonos más permeables a la manipulación. Escuchamos aquello que queremos escuchar sin plantearnos siquiera si lo que estamos recibiendo es cierto o está construido en base a razones objetivas. Ni en una situación dramática como la que vivimos actualmente hemos sido capaces de romper esas burbujas en las que nos encontramos para hacer posible un relato común. La polarización de nuestra sociedad provoca que cualquier decisión que se adopta, al margen de que pueda ser más o menos acertada, acaba siendo vista con un sesgo ideológico. Y, así, acabamos rodeados de tantos relatos como sensibilidades sociales y políticas existen. Todos se presentan como ciertos cuando, es seguro, ofrecen una visión parcial de la realidad. Y ante esta marabunta acaba imponiéndose aquel que es capaz de presentarse de forma más simbólica o incluso estrambótica, con independencia de que sea o no verdad.

Si queremos salir de esta crisis  rápido y conseguir hacerlo más fuertes como sociedad sería necesario que administraciones públicas y partidos políticos hicieran el ejercicio de responsabilidad que han reclamado a los ciudadanos, para afrontar juntos esta situación y, a través de decisiones consensuadas, hechos ciertos y acuerdos, construir ese relato que, compartido con la sociedad, nos ayude a sentar las bases que nos permitan hacer frente a los desafíos que se nos van a presentar en nuestro futuro como sociedad.

Gerardo Miguel. Director en Estudio de Comunicación

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