La reforma de la reforma de la reforma

29/05/2020

Hernando F. Calleja.

Hace unos días planteaba aquí la oposición entre reconstrucción y futuro, al hilo de la creación de la Comisión creada al efecto en el Congreso y de cuyas primeras señales de vida hemos asistido a una dura diatriba entre el inefable vicepresidente perejil de todas salsas y el no menos esparaban de Vox, sobre cuestiones políticas que en absoluto tenían que ver con los fines que se dice tener la dicha Comisión. Uno no está habituado a que los hechos le den la razón, y menos de forma tan inmediata.

Otro asunto que demuestra que los actuales políticos españoles carecen de ningún proyecto que supere la vigencia de su cargo ha sido el para mí doloroso episodio clandestino del acuerdo con Bildu para derogar la Reforma Laboral de 2012, con el que la señora Lastra y el señor Simancas han dejado estupefacto a prácticamente todo su grupo parlamentario y a buena parte del Gobierno.

Esto de la contrarreforma laboral pasa ya de castaño oscuro. Los amagos y las distintas fórmulas propuestas viene a demostrar que en los partidos políticos nadie tiene idea de lo que deben ser las relaciones laborales (algunos en su estulticia lo llaman mercado laboral, como en tiempos de la esclavitud). Y ocurre que con unos sindicatos retrógrados y subvencionados hasta las fotocopias y una patronal con una estructura elefantiásica y disfuncional, lo único que se propone es una reforma de la Reforma de 2012, pero nadie habla de la Reforma de 2010, porque esa la hizo el Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero.

El desconocimiento, la tergiversación o las dos cosas, que es más probable, atribuyen a la normativa actual del pérfido Rajoy y la malévola Báñez cosas que viene tan de lejos como 1980. Por poner un ejemplo de lo que digo. El despido por reiteradas ausencias del puesto de trabajo por enfermedad incluso justificada por baja médica, cuya legalidad ha sido refrendada el año pasado por el Tribunal Constitucional, apareció en el Estatuto de los Trabajadores, paccionado por los sindicatos abusivamente llamados mayoritarios, la patronal y, por supuesto, por el Gobierno de UCD presidido por Adolfo Suárez. Tanto Zapatero como Rajoy modificaron las condiciones de esta añeja norma, pero ni uno ni otro la inventaron.

Y es aquí donde reside el problema. A estos políticos cortos de vista que nos han tocado en suerte hay que decirles que se dejen de reformas de la reforma de la reforma. Que vayan al origen y cambien de pe a pa, todo el Estatuto de los Trabajadores, que ha cumplido esta primavera cuarenta años y que, eso sí, le agradezcan los servicios prestados. Se habla muchas veces de la virtud de la estabilidad de las leyes, y es verdad. Pero cuando se invoca se hace preferentemente sobre las leyes penales, para evitar que lo los que han pagado por un delito que lo era en su momento no sufran la afrenta de ver que, por los mismos hechos, otros campan por sus respetos. Pero las leyes laborales no están en esa categoría, porque las transformaciones de las actividades productivas son vertiginosas y con leyes con cuarenta años de antigüedad no se puede regular la vida laboral de hoy.

A ver si lo entienden diciéndoselo sin hostilidad y hasta con cariño. Déjense de pamemas, déjense de politiquear y construyan. Por ejemplo, un Estatuto de los Trabajadores de nueva planta que acabe con ese collage en que se ha convertido desde su infancia hasta su vejez actual. Por si a alguno se le ha olvidado, hace veinte años que entramos en el Siglo XXI.

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