Érase una vez un presupuesto. Los placeres del decreto ley

04/06/2020

Hernando F. Calleja.

Érase una vez un país moderno, funcional, democrático, creíble, que cada año elaboraba unos Presupuestos Generales del Estado (PGE), en los que se recogían las previsiones de ingresos y de gastos. En 2011, una reforma constitucional y, sucesivamente, una Ley Orgánica, dieron el mayor rango normativo a cuestiones importantes relacionadas con el control de déficit que tradicionalmente acompañaba a cada ejercicio, lo que reducía el umbral de incumplimiento de los Presupuestos y lo sometía a la autoridad de la Unión Europea.

La reforma consitucional, que afectó al Artículo 135, introdujo un apartado prudencial que pocos años después ha mostrado su perspicacia y pertinencia. Dice así: Los límites de déficit estructural y de volumen de deuda pública sólo podrán superarse en caso de catástrofes naturales, recesión económica o situaciones de emergencia extraordinaria que escapen al control del Estado y perjudiquen considerablemente la situación financiera o la sostenibilidad económica o social del Estado, apreciadas por la mayoría absoluta de los miembros del Congreso de los Diputados.

Estamos, claramente, instalados en esta situación, que lejos de justificar, un año más, la ausencia de unos PGE acomodados al ejercicio económico, lo que hace es señalar claramente el camino para su elaboración. Pero aquí y ahora nadie de los responsables de su elaboración parece querer que haya presupuestos en 2020, lo que se traduce en que nadie de los responsables quiere la transparencia de las cuentas públicas.

Es una anormalidad democrática que se utilice por tercer año consecutivo el mismo presupuesto, elaborado por un Gobierno contrario al que lo administra pensando en una fase de crecimiento económico notable. Yo estoy seguro de que en la Dirección General de Presupuestos del Ministerio de Hacienda, técnicos avezados y conocedores de la mecánica presupuestaria habrían sido capaces de elaborarlos, si hubieran recibido las directrices adecuadas. Y ahí creo que está la clave.

El Gobierno ha tomado decisiones de carácter presupuestario a conveniencia política propia. Decisiones de gasto como la subida de las pensiones o el salario de los funcionarios. La maniobra es obvia. Estas medidas aisladas no hay grupo parlamentario que se atreva a enmendarlas. Unos PGE, aunque contuvieran esas mismas medidas, habrían merecido una enmienda de totalidad por muchos grupos parlamentarios, quizá, hasta el punto de volver a perder la votación. Los trucos del poder en los PGE nos dejaron aquella perla de Carlos Solchaga: “Los presupuestos tienen más trampas que una película de chinos”.

 Hay una pregunta que muchos de los exóticos medios de comunicación que participan en las ruedas de prensa del Presidente del Gobierno no se deciden a hacer. Se la soplo, para ver si se atreven. ¿A estas alturas del año, piensa el Gobierno elaborar unos PGE para 2020 o se va a decidir por hacerlos ya para 2021? En el caso de que hubiera respuesta, podríamos seguir tirando del hilo.

Estamos navegando por un mar proceloso y no tenemos ni brújula ni GPS. No hay patrón de ingresos, no hay patrón de gastos, sino unos presupuestos oxidados que lo único que inspiran es respeto por el ministro de Hacienda que más tiempo ha desempeñado esta cartera, Cristóbal Montoro, quien, como el Cid, sigue dirigiendo la maquinaria presupuestaria dos años después de dejar el cargo.

Dije aquí hace meses que el nombramiento de la Ministra de Hacienda como portavoz del Gobierno era conceptualmente un contradiós. Ahora ya sabemos que además ha sido ineficaz y perjudicial. A los políticos les gusta mucho más una cámara de televisión que cualquier farragosa tarea administrativa. En este caso es tan evidente como que estamos en junio, no hay fijado siquiera un techo de gasto al que acogerse, porque quedó invalidado y nada indica que el Ejecutivo esté dispuesto a someterse a la debida disciplina presupuestaria, cuando con tanta fruición se ha entregado a los placeres del decreto ley.

El Consejo Europeo decidirá en breve sobre las ayudas a los países miembros de la UE más afectados por la pandemia. No podemos pedir a quienes van a soltar la pasta que hagan un acto de fe en nuestra probidad, nuestra seriedad y nuestro cumplimiento, cuando ni siquiera podemos exhibir unos Presupuestos del Estado pensado y elaborados para la dura realidad actual. No hay disculpas.

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