Érase una vez un presupuesto. Los Reyes Magos no vienen de Bruselas (y II)

11/06/2020

Hernando F. Calleja.

Hace una semana hablábamos aquí de un país democrático que cada año aprobaba unas cuentas públicas con el rango de ley, que contenían las disponibilidades económicas del Gobierno para realizar sus políticas. Sencillo, una columnita para los ingresos y otra para los gastos. Algún año, por pereza mayormente, en tal país se permitían el gusto de no hacer el presupuesto a su debido tiempo y repetían por unos cuantos meses el de año anterior. Esta es nuestra circunstancia, salvo que la pereza administrativa se ha convertido en parálisis cerebral y a una prórroga ha sucedido una segunda que tiene todos los visos de ser válida para todo el ejercicio. ¿Un presupuesto cada tres años? Eso si que es economía administrativa.

Cuando debería presentar el Ejecutivo los rasgos definitorios de los Presupuestos Generales del Estado de 2021 nos encontramos con que ni siquiera hemos conocido los de las cuentas de este mismo año. Esto reviste una gravedad extrema ya que en el ejercicio que vamos consumiendo, el Gobierno está disponiendo gastos de una cuantía que, al final, puede suponer el doble de las previsiones del presupuesto prorrogado que hoy administra el Gobierno. ¿Es que el Ejecutivo nunca va a decirnos si habrá presupuesto 2020?

El Gobierno de la extraña coalición puede cantar la palinodia de que la crisis sanitaria ha impedido el trabajo de hacer unos presupuestos, pero es una justificación fallida. Con más justeza debe decir que está muy cómodo gastando sin control externo y con la arbitrariedad que le da la inexistencia de facto de límites de gasto, porque los establecidos allá por 2018 ni se recuerdan.

¿Qué tiene que ver la emergencia con el descontrol y la desmesura? Más bien, la prudencia política exigiría que, precisamente por la magnitud de la tragedia, se escudriñara con el máximo cuidado y eficacia cada euro que requiere la crisis y la restauración de sus profundas heridas.

De momento, salvo la mayoría de los municipios, que están, mal que bien, cumpliendo las exigencias de la Ley de Estabilidad Financiera, las administraciones están dando un espectáculo deplorable. El Gobierno central y los de las comunidades autónomas se lanzan a la cabeza las enormes carencias que se han revelado y los insalvables obstáculos para recuperar el pulso económico. Es una guerra de trincheras en la que nadie está dispuesto ni a avanzar ni a retroceder.

Y es en esta parálisis total donde todos encuentran la única coincidencia, que vengan los Reyes Magos de Bruselas y nos saquen del atolladero. Pero las peticiones, más bien las exigencias, no pasan por un reconocimiento previo de incapacidad e impotencia. Son fatuas, insolentes, airadas. “Europa tiene que…” es el latiguillo de moda para ocultar las insuficiencias de esta mediocre caterva política.

Europa va a responder (en estas páginas hay testimonio anticipado y reiterado de mi convicción de que lo haría), pero en Europa no son tan estúpidos como en esta carpetovetonia creemos. Habrá recursos, pero no una manga de dinero a toda presión. Habrá que presentar planes y proyectos serios y fundamentados para ganarse su confianza, lejos de esas memeces que se anuncian en algunas comunidades autónomas, de subvencionar bicicletas, patinetes y otros artilugios antipeatón. Europa no va a consentir que se tire su dinero en juguetes que, en su mayoría, ni siquiera están fabricados en países de la Unión.

Desde ahora hay que decir que el Gobierno, los gobiernos, no pueden someter a los españoles a la vergüenza de que Europa se vea obligada a embridar el gasto o advertirnos del recorte del dinero que nos aporta si no hacemos los deberes.

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