Nadia Calviño, nuestra vicepresidenta de Asuntos Económicos, se ha quedado a las puertas. Por un voto no es Presidenta del Eurogrupo. De nada ha servido su valía reconocida por propios y extraños por su conocimiento del área económica y del propio funcionamiento de las instituciones europeas, ni el hecho de ser mujer, la primera que aspiraba al cargo. Un día después de la votación la propia Calviño recordaba que es la única mujer entre los ministros de Economía y Finanzas del Eurogrupo.
Tampoco ha servido de nada el apoyo de otra mujer, la todopoderosa Angela Merkel, que públicamente celebraba la oportunidad de que una mujer fuera a presidir el también todopoderoso Eurogrupo, nacido en 2005 y cuyo primer responsable fue el recordado Jean-Claud Juncker, luxemburgués para más señas. Destaco su nacionalidad porque hasta ahora han sido los países de poco peso económico los que se han hecho con este cargo: Luxemburgo, Países Bajos (Jeroen Dijsselbloem) y Portugal (Mario Centeno). Con esta última votación, Irlanda (Paschal Donohoe) es el cuarto presidente del Eurogrupo.
Centeno, el presidente saliente, compartía con Calviño pertenecer al Sur de Europa y ser socialdemócrata. Unas coindencias que también han podido servir para que algunos de los miembros que habían comprometido su voto, hayan desertado al final. Complicado entender lo que ha pasado para que España, por segunda vez, haya perdido una presidencia que en estos momentos se hacía más que necesaria. La otra ocasión fallida fue con Luis de Guindos, hoy número dos del BCE. El nombramiento de Josep Borrell como vicepresidente comunitario (responsable de la Política Exterior Europea) parecía haber devuelto a España las esperanzas de poder aspirar a más altos cargos dentro de ese complejo entramado que es el Eurogrupo, además de haber desaparecido un rival de peso como es Reino Unido.
Pero España nuevamente ha fracasado y sigue contando con muy pocos representantes en los puestos clave. Como también han fracasado los socialdemócratas europeos, que a día de hoy solo ocupan un puesto clave, el del italiano David Sassoli en la presidencia del Parlamento Europeo. De nada sirve que los socialistas europeos sean los segundos más votados en las elecciones europeas si luego no consiguen cargos de relevancia en las instituciones. Los populares y hasta los liberales europeos siguen ganando la partida.
Calviño se lamentaba un día después de la votación de que algunos ministros que le habían confirmado su voto, luego no la votaron. No creo que llegue a saber quién ni por qué. En la primera votación todo apuntaba a que lo conseguiría ya que solo le faltó un voto para ser la presidenta de los ministros de Economía y Financias de la UE. Por eso parece que el tropezón ha sido mayor, más aún si se tiene en cuenta todo lo que está en juego con las negociaciones que se tienen que realizar en torno al fondo de recuperación, y que de las decisiones que se adopten depende el futuro inmediato de España, ya que lo que se tiene que fijar cuánto dinero le corresponde a cada país de ese plan y en qué condicines. Tal vez los países pequeños hayan tenido en cuenta en su voto que con una presidenta española la decisión se podría escorar a favor del Sur de Europa y les llegase menos.
Pero al futuro del plan de reconstrucción habría que sumar otras cuestiones pendientes de gran enjundia como es el futuro de la reforma de la fiscalidad europea. Por todos es conocida la laxitud irlandesa en esta materia, sobre todo con las multinacionales, para atraer más empresas en detrimento de aquellos países que no ofrecen sus ventajas fiscales. Y ahora el presidente del Eurogrupo va a ser irlandés. Y en ese juego, que abiertamente ha criticado Calviño, también participan países como Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Chipre o Malta. Y seguimos sumando motivos en contra de Calviño.
La conclusión es que pese a contar con el apoyo de las tres principales potencias económicas de la UE (Alemania, Francia e Italia) la victoria no es posible. Y todo porque en esta votación no importa el peso económico. Todos los votos valen igual, sin importar el PIB que tenga cada uno, ni el número de habitantes, ni lo que aporte al funcionamiento de la UE. No es de extrañar que algunos diplomáticos lamenten que el 20% de la economía de la Eurozona tenga más peso en estas cuestiones que el 80% que representa el resto.
Aunque la situación no es ni parecida sí recuerda un poco a lo que lleva ocurriendo en las últimas décadas en el Festival de Eurovisión en el que los países originarios y con más peso no tienen nada que hacer frente a los recién incorporados. La cuestión es que la canción española aquí tampoco gana.
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