La garrapata

15/07/2020

Carmela Díaz.

Pablo Iglesias

Pablo Iglesias

La política contemporánea se nutre de lo peor de la sociedad. Personajes que favorecen el conflicto. Que potencian la tensión. Que no poseen más argumentario que la agitación y el enfrentamiento. Pseudo líderes incapacitados para gestionar y gobernar a quienes se les acaban los principios demócratas en cuanto alguien les lleva la contraria. Pablo Iglesias es un ejemplo claro, aunque paradigmático: es vicepresidente del Gobierno de España, pero actúa pensando en la propaganda y el rédito electoral.

Es un falso revolucionario que practica lo que afirma odiar. Es capaz de conquistar el poder a cualquier precio -incluso aniquilando el orden establecido- para convertir las siglas que dirige en su propio negocio. La contradicción y la mentira permanente constituyen los pilares de su escenografía. Cambió una humilde morada vallecana por una mansión de lujo -adquirida y financiada sospechosamente-. Utiliza como escoltas privados a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado -que antaño despreciaba- frente a pacíficos ciudadanos que ejercen su derecho a protestar. Ahora demoniza los escraches que él instauró como jarabe democrático cuando iban dirigidos a sus adversarios. Señala a la prensa y pone en el punto de mira de sus hordas totalitarias y rebaños cibernéticos a los periodistas que cuestionan sus mentiras. Intenta coartar -sin éxito- el ejercicio de la libertad de expresión y la transmisión de información veraz.

Alardea de feminismo de pancarta, pero practica el machismo encubierto. Sus declaraciones y comportamientos misóginos se almacenan en las hemerotecas mientras él elige cómo deben comportarse sus protegidas, tomando decisiones en nombre de mujeres adultas. Premia con cargos institucionales a señoras de dudosas capacidades, méritos y formación; o compra sus silencios con puestos de dirección. El campeón del nepotismo sin sonrojo recompensa a sus amistades íntimas a cargo de los presupuestos generales y diseña un ministerio superfluo para una de sus parejas -entre Iglesias y Montero cobran en un mes más sueldo que la mayoría de quienes les votan en un año.

Resulta falso y siniestro todo cuanto rodea al líder de Podemos, un comediante mediático impulsado por su cadena de cabecera; un producto de marketing correctamente esbozado para su target potencial de votante: parásitos sociales, vagos, maleantes y antisistemas.  Es un comunista -con el dinero de los demás- que ha venerado a genocidas mientras era patrocinado por dictaduras y regímenes antidemocráticos.

Gallegos y vascos le han puesto en su sitio, como ya hizo el conjunto de los españoles en las pasadas municipales y autonómicas, cuando su partido pasó a ser irrelevante o residual. E incluso en las nacionales, al quedar muy por detrás de VOX en número de votos y escaños. Pese a su retroceso imparable, Iglesias ha marcado la agenda del Gobierno de España. De esa culpa, precisamente, está exento: si ostenta una de las vicepresidencias es porque Pedro Sánchez le permitió parasitar al PSOE como una garrapata para conseguir la investidura. Y el presidente es el único responsable de que siga ocupando un sillón que deshonra y le viene grande.

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