
Pablo Iglesias
La política contemporánea se nutre de lo peor de la sociedad. Personajes que favorecen el conflicto. Que potencian la tensión. Que no poseen más argumentario que la agitación y el enfrentamiento. Pseudo líderes incapacitados para gestionar y gobernar a quienes se les acaban los principios demócratas en cuanto alguien les lleva la contraria. Pablo Iglesias es un ejemplo claro, aunque paradigmático: es vicepresidente del Gobierno de España, pero actúa pensando en la propaganda y el rédito electoral.
Es un falso revolucionario que practica lo que afirma odiar. Es capaz de conquistar el poder a cualquier precio -incluso aniquilando el orden establecido- para convertir las siglas que dirige en su propio negocio. La contradicción y la mentira permanente constituyen los pilares de su escenografía. Cambió una humilde morada vallecana por una mansión de lujo -adquirida y financiada sospechosamente-. Utiliza como escoltas privados a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado -que antaño despreciaba- frente a pacíficos ciudadanos que ejercen su derecho a protestar. Ahora demoniza los escraches que él instauró como jarabe democrático cuando iban dirigidos a sus adversarios. Señala a la prensa y pone en el punto de mira de sus hordas totalitarias y rebaños cibernéticos a los periodistas que cuestionan sus mentiras. Intenta coartar -sin éxito- el ejercicio de la libertad de expresión y la transmisión de información veraz.
Alardea de feminismo de pancarta, pero practica el machismo encubierto. Sus declaraciones y comportamientos misóginos se almacenan en las hemerotecas mientras él elige cómo deben comportarse sus protegidas, tomando decisiones en nombre de mujeres adultas. Premia con cargos institucionales a señoras de dudosas capacidades, méritos y formación; o compra sus silencios con puestos de dirección. El campeón del nepotismo sin sonrojo recompensa a sus amistades íntimas a cargo de los presupuestos generales y diseña un ministerio superfluo para una de sus parejas -entre Iglesias y Montero cobran en un mes más sueldo que la mayoría de quienes les votan en un año.
Resulta falso y siniestro todo cuanto rodea al líder de Podemos, un comediante mediático impulsado por su cadena de cabecera; un producto de marketing correctamente esbozado para su target potencial de votante: parásitos sociales, vagos, maleantes y antisistemas. Es un comunista -con el dinero de los demás- que ha venerado a genocidas mientras era patrocinado por dictaduras y regímenes antidemocráticos.
Gallegos y vascos le han puesto en su sitio, como ya hizo el conjunto de los españoles en las pasadas municipales y autonómicas, cuando su partido pasó a ser irrelevante o residual. E incluso en las nacionales, al quedar muy por detrás de VOX en número de votos y escaños. Pese a su retroceso imparable, Iglesias ha marcado la agenda del Gobierno de España. De esa culpa, precisamente, está exento: si ostenta una de las vicepresidencias es porque Pedro Sánchez le permitió parasitar al PSOE como una garrapata para conseguir la investidura. Y el presidente es el único responsable de que siga ocupando un sillón que deshonra y le viene grande.
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