A bote pronto, y a la espera de conocer la letra pequeña, parecería ilógico que el acuerdo alcanzado con fórceps en las maratonianas sesiones de Bruselas es un buen acuerdo sin matices para Europa, porque refuerza la imagen de cohesión y solidaridad de una Unión Europea en horas bajas. Y un buen acuerdo, ma non troppo, para España que finalmente consigue 72.000 millones de euros en transferencias directas, cinco mil millones menos de las inicialmente previstas y que, una vez descontado el aumento de nuestra participación al Presupuesto comunitario se van a quedar en 35.000 millones, a los que hay que añadir los otros más de 70.000 millones en préstamos a devolver. Condicionados todos ellos al compromiso de reformas y finalistas, es decir destinados a proyectos concretos de reconstrucción de la economía y de la industria que serán supervisados si no por los hombres de negro, si por gran hermano que tendrá la posibilidad de cerrar el grifo del dinero si se incumple.
Por eso, y reconociendo las bondades de lo conseguido, lo que extraña es la euforia de Pedro Sánchez y los vítores y aplausos de sus ministros, con Pablo Iglesias a la cabeza, cuando, por mucho que desde Moncloa lo quieran disfrazar, el mérito de lo alcanzado no es de Sánchez, sino de Merkel, de Macron y de Conte, que son quienes han dado la cara y se han batido el cobre por el sur frente a los calificados de “frugales”, a los que yo llamaría “cumplidores”. Además de que por lo que sabemos e intuimos de las condiciones el programa de gobierno firmado entre PSOE y Unidas Podemos es ya papel mojado, imposible de cumplir y tendrá que ser sustituido por recortes de gasto público, ajustes en el sistema de pensiones, un más que probable adelgazamiento de su Administración elefantiásica, y el mantenimiento de esa reforma laboral que los socios de Gobierno se habían comprometido a derogar.
Para entender el escaso predicamento de Sánchez en Europa, sólo hay que recordar los portados recibidos por sus homólogos durante su gira europea, y cotejar lo que se ha aprobado finalmente en Bruselas con la posición oficial de partida de Sánchez, que en abril pasado propuso crear un fondo europeo especial dotado con 1,5 billones de euros, consistente en transferencias no reembolsables y financiado con deuda perpetua europea. La diferencia con los 750.000 millones aprobados, de los que sólo 390.000 son ayudas directas es abismal.
Un Pedro Sánchez que, después de los aplausos cobistas de los suyos, se encuentra ahora con la realidad de una crisis económica más hostil de lo esperado, de unos rebrotes del Covid que comienzan a dar señales de descontrol, y con la obligación explicar a la ciudadanía las que las condiciones que acepta de la UE para poder recibir las ayudas europeas.
Eso y empezar a cotejar en qué medida serán compatibles con las exigencias de sus socios de la Frankestein. La primera prueba de fuego la tendrá en los Presupuestos.
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