Los partidos, como las empresas, se someten cada equis tiempo (en cada elección) al juicio de sus accionistas. Del balance que sus votantes hagan de su gestión depende, en buena parte, de la continuidad de su equipo directivo.
Hay partidos que por su fuerte corpus ideológico sus direcciones no dependen tanto de la valoración que hagan sus afiliados del balance de su gestión, en cambio otros su futuro está fuertemente ligado al resultado de las urnas. Ello hace que algunas formaciones se guíen más por los datos que les dan sus encuestas que por su propia ideología. Es el caso de los partidos mayoritarios en la que la opinión publica o la publicada influye mucho en su actuación. Tanto Ciudadanos como el PP son un buen ejemplo de ello, que un día apuestan por una política centrista y al día siguiente radicalizan sus discursos. Ello propicia que sus posturas cambien como una veleta con el objetivo común de desgastar al gobierno. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en los cambios de planteamientos respecto a la pandemia.
En cambio hay partidos que tienen una postura clara y que sus actitudes sean previsibles. Esta semana VOX presenta una moción de censura que muchos, ingenuamente, no dudan en calificarlo de farsa. Cuidado, para muchos lo que defiende la formación de Santiago Abascal es odioso e incluso tiene tintes fascistas y en no pocas ocasiones parece avalar la violencia (a veces con PP y Ciudadanos como compañeros de viaje y en otras no) pero lo que es indudable que la formación de ultraderecha tiene un discurso claro.
Hay mociones de censura que se presentan para ganar (como la que acabó con la presidencia de Rajoy) y otras como una plataforma para presentar en sociedad sus propuestas para el país (como la que presentó en 1980 Felipe González y que fue la plataforma que le catapultó a la mayoría absoluta en las siguientes elecciones). Las otras que se han presentado no dejaron de ser un ejercicio circense (como la que defendió Hernández Mancha y cuyo resultado fue su defenestración y el regreso de Fraga a lal presidencia del PP).
La iniciativa de Abascal hay que tomársela muy seriamente. Primero parece claro que más que dirigirse contra el gobierno de Pedro Sánchez lo que pretende es agrupar en su formación los votos que tiene el zigzaguente Pablo Casado, que un día es de derecha extrema y el otro le aparece la vena centrista. Las radicales propuestas de VOX son claras, pueden ser populistas e incluso demagógicas (me ahorro otros calificativos que también cabrían) pero lo que hace esta formación es un toque se silbato para reagrupar los votos del espacio político que va desde la derecha a la extrema derecha, de la manera que hizo José María Aznar cuando accedió a la presidencia de los populares.
El objetivo de Abascal no es ganar en el Congreso la moción de censura, si no hacerlo en la calle. Y parece claro que a muchos españoles su discurso no les disgusta como a muchos estadounidenses aplauden a Trump o no pocos británicos se entusiasman con las políticas de Johnson.
La moción de censura de VOX no es ninguna broma.
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