La política que nos abochorna

21/10/2020

Carmela Díaz.

Los españoles merecemos otra clase política. Hace tiempo que las formas, maneras, discursos y hasta las actitudes de los que nos gobiernan, se alejan del sentir de la ciudadanía. Una casta de privilegiados incapaz de demostrar un mínimo de honradez y decencia, rebosantes de ineptitud e indignidad. Esta infamia de representantes públicos que padecemos es extensible a todos los niveles, siglas y espectros ideológicos: un clan degenerado que ostenta actitudes autoritarias y que no trata con el respeto que se merecen ni al pueblo que representan ni a la propia esencia de la democracia.

Los electos contemporáneos emulan con sus comportamientos las grescas barriobajeras, las pendencias del hampa y la chabacanería más soez. La mayoría desdeña el honorable puesto que ostenta: se encuentran fuera de la realidad desde sus púlpitos parlamentarios y ofenden diariamente la inteligencia colectiva. Únicamente se afanan en divulgar consignas sectarias y vacuas que fomentan los intereses de sus siglas mientras envalentonan a sus rebaños de borregos dependientes.

Su discurso no referencia los verdaderos problemas y preocupaciones de los españoles. Alimentan a la opinión pública con titulares llamativos, agitación virtual y proclamas artificiosas que fijan la atención en aspectos irrelevantes, a la par que generan crispación y avivan polémicas como maniobras de distracción. El relato gubernamental está supeditado a la apariencia, no a la eficacia, gestión ni resolución de las dificultades reales. Insultos zafios, argumentarios ramplones, mensajes simplistas y un populismo burdo es el mantra que sostiene a estos políticos de nivel paupérrimo: mafiosos con nómina a cargo de los bolsillos de los contribuyentes.

Menosprecian las críticas. Su altanería les impide reconocer las continuas pifias que cometen porque únicamente están focalizados en conservar sus poltronas sin centrarse en los asuntos capitales. También despliegan incompetencia para analizar los resultados de las urnas y admitir que están obligados a pactar. Anteponen machacar al adversario y exaltar ideologías frente a las temáticas primordiales para las familias y el ciudadano medio.

Jamás la política española ha estado tan profesionalizada; quienes ostentan hoy cargo público no se han dedicado a otra cosa: algunos ni siquiera han terminado una carrera o cotizado a la Seguridad Social. Estos carroñeros de las instituciones que ocupan escaños, alcaldías y ministerios -personajes carentes de méritos y hasta de vergüenza- guerrean para mantener los privilegios y prebendas que la vida pública les regala porque nunca disfrutarán de semejante estatus por otra vía. Estos aborrecibles e innobles representantes -convertidos en la norma y no en la excepción- obstaculizan la meritocracia y evitan rodearse de mentes brillantes, resolutivas y cualificadas que podrían hacerles sombra, promoviendo un engranaje orquestado y endogámico de selección inversa de las élites.

Entretanto los españoles sufren para llegar a fin de mes, se aferran a trabajos con sueldos ínfimos por debajo de su cualificación y suplican por mantener las pensiones. Pero la más funesta clase política de nuestra historia se ampara en una ciudadanía adormecida que la sostiene sin rechistar. Cada nación debe digerir al Gobierno que ha votado.

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