Aunque a la hora de escribir estas línea todavía no conocemos el resultado final de las elecciones norteamericanas, si podemos confirmar que Donald Trump, que se ha autoproclamado vencedor, si es seguro que repita como presidente o no, ha vuelto a ganar a unas encuestas que le daban como claro perdedor en unos comicios que por encima de la elección presidencial se habían presentado como un plebiscito sobre su gestión.
Un resultado sorprendente, más que en EEUU en una Europa donde no se termina de entender que los norteamericanos, especialmente aquellos de la llamada América profunda, votan no en clave ideológica sino en función de la estabilidad nacional y personal y, especialmente, en clave económica. Y Trump, una vez más, con su estrategia del “Americam Firts” (América primero), su freno a las aspiraciones de China para consolidarse como primera economía mundial y con un crecimiento histórico del PIB del 33, 1 por ciento en el cuarto trimestre, ha sabido llegar a ese americano medio, además de asegurarse el voto hispano con su firme oposición al totalitarismo bananero de Cuba, Bolivia y Venezuela.
Eso, además de que la figura del candidato demócrata, un anodino Joe Biden, no despierta pasiones y una mayoría de los votos recibidos han sido votos contra Trump y no a favor de su persona y su programa que, en materia económica, no tiene sensibles diferencias con respecto al del candidato republicano, salvo en la política comercial. Biden, en Europa sería considerado un centrista de libro, que comparte con las derechas europeas un liberalismo comercial que choca con el proteccionismo de Trump que en estos cuatro años ha supuesto un duro golpe a las exportaciones españolas, fundamentalmente en el sector agroalimentario, principal perjudicado por las sanciones derivadas de la guerra comercial entre Boeing y Airbus.
Decía mi admirado compañero y sin embargo amigo Juan Berga que en las elecciones presidenciales de Estados Unidos deberíamos votar también las colonias por lo que nos afecta. Y, si eso sucediera, no cabe duda que, a pesar esa falta de empatía del aspirante demócrata, en España y en Europa el voto mayoritario sería para Biden, porque para nuestros intereses económicos, Biden es bueno para Europa y bueno para España.
Estados Unidos es, con datos del cierre del año pasado, el sexto cliente mundial de España y el primero de fuera de la Unión Europea, con unas exportaciones españolas por valor de 13.740 millones de dólares frente a unas importaciones por 15.534 millones que sitúan a este país como nuestro quinto proveedor. También en ese mismo año entraron en nuestro país 3,3 millones de turistas norteamericanos, el 3,9 por ciento del total de los llegados.
Y si miramos el capítulo de inversiones, a principios de este año 2020 la inversión española acumulada en EEUU se elevaba a 86.796 millones de dólares, cifra que coloca a España como el décimo inversor mundial en el gigante americano, siendo los sectores con más presencia de capital español el financiero (allí están nuestros principales bancos), además de la energía tanto tradicional como renovables, comercio, consultoría y actividades inmobiliarias. En sentido contrario Estados Unidos es el primer inversor extranjero en España con 40.793 millones de dólares, siendo destacable su presencia en los sectores inmobiliario, fabricación de automóviles, seguros y energía.
Esto es lo que está en juego y con ello muchos puestos de trabajo, fuera sí, pero sobre todo aquí.
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