Las democracias también envejecen

05/11/2020

Hernando F. Calleja.

“…para ser honradas y prósperas, todavía les basta a las naciones democráticas con querer serlo”.  (Alexis de Tocqueville)

 Podemos  cuestionarnos la sencillez de este pensamiento del teórico parisino y su latente optimismo, que contrasta con la complejidad que atribuimos a todo lo que nos sucede, principalmente para darnos importancia, y frente al pesimismo que nos infunde la difícil coyuntura del mundo, que no es sólo causada por la pandemia que arrastra más de un millón de muertos, sino por las señales inquietantes que nos envía un fenómeno que asusta, el envejecimiento de la democracia.

Ciertamente, las naciones democráticas se creen a salvo de cualquier peligro de involución, pero hasta algunas que, como la nuestra, son muy jóvenes todavía, aparecen esclerotizadas, torpes, resueltamente pusilánimes. Esas sensaciones son aprovechadas por las tendencias iliberales (como ahora se dice con poca fortuna) para justificar retrocesos en la práctica democrática y en su sólido sustento moral.

Los episodios de las elecciones norteamericanas de esta semana, desde esta orilla, nos parecen a muchos una catástrofe (otros, por supuesto, estarán encantados). Muchos nos preguntamos cómo es posible que el sistema electoral norteamericano siga siendo tan antiguo como el Pony Express; cómo en el siglo XXI, un régimen indubitablemente democrático no ha actualizado el mecanismo que nutre y asegura la práctica democrática, que son las elecciones. La esclerosis del sistema electoral norteamericano es  tan evidente como el conformismo del conjunto del sistema político, en el que las élites no permiten cambio alguno.

Si trasladamos esas percepciones a nuestro continente, del que fardamos a diario como espacio de libertad y seguridad, nos encontramos algunos casos de enturbiamiento democrático, como Polonia, Hungría y alguno más. Y en los países en los que no hemos llegado a eso, porque las elecciones no lo han permitido, no hacemos nada para vacunarnos de esa otra plaga que es una amenaza más que latente.

La democracia española envejece también. Sus vasos comunicantes se van endureciendo y estrechando, y la clase política aparenta no percibirlo, pese a su evidencia, porque está instalada en la misma conformidad que lo pueden estar en Washington DC. Es más, vamos por delante en la hosquedad, el ceño fruncido y la incomunicación que impiden reflexiones compartibles.

Si la resistencia de los materiales físicos tiene un límite, por muy duros y resistentes que nos parezcan, qué no ha de pasar con los conceptos de libertad, igualdad de oportunidades, estado de derecho, participación, que se compendian en el corpus democrático. La democracia española, pese a su juventud, da muestras de algunos achaques importantes. No todavía en la libertad (aunque las maniobras de algunos partidos tratan de ponerla en causa en materias como la educación), sí y de manera muy evidente en la igualdad de oportunidades, también muy ostensiblemente en la arquitectura del estado de derecho y por supuesto, en la participación, sometida a un sistema electoral aberrante, que favorece la medianía disciplinada, pero que goza de una protección férrea por parte del establishment.

Acaso los diagnósticos de personas de otras inclinaciones ideológicas no difieran mucho de lo que antecede. Por lo menos las personas reflexivas y conscientes con las que yo me relaciono y que se mueven en los espectros conservador, liberal, centrista, socialdemócrata y socialista se manifiestan de forma parecida.

Me explico que la democracia ininterrumpida más vieja del mundo padezca fatiga de los materiales. No concibo que la democracia española, con poco más de cuarenta años, se deje avejentar sin resistencia.

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