Un presupuesto sin números

03/12/2020

Hernando F. Calleja.

Hace unas horas que el Gobierno ha conseguido la heroicidad de tener al alcance de la mano un presupuesto. Ya solo le queda el Senado y el retorno final al Congreso para otro de esos espectáculos televisivos en los que la ministra de Hacienda parece haber batido algún récord mundial, obtenido un oscar o cortado orejas en el semirruedo de la carrera de San Jerónimo. Un triunfalismo desmesurado para tan parco éxito.

Los incondicionales dicen  que este supuesto éxito garantiza la duración normal de la legislatura. Lo que viene a querer decir que tiene fuste para ser prorrogado los tres años próximos… en el supuesto caso de que Sánchez no cumpla con los pactos que ha tramado Iglesias.

La titular de Hacienda parece olvidar que, desde que salió de los telares de la calle de Alcalá, el presupuesto ha sufrido distintos reveses, el más importante de ellos, sin duda, la ausencia real hasta ahora de los millones presupuestados pensando en las ayudas europeas. Esta incertidumbre sobre un volumen muy elevado de los ingresos previstos, piensa el Gobierno subsanarla, en caso necesario, con emisiones de deuda pública. Mal andamiaje para los cambios radicales que necesita la economía española.

Y otro factor, cuya deriva ha empeorado en el tiempo transcurrido desde que los PGE salieron del Ministerio, es la coyuntura económica. El iluso cuadro macroeconómico que montó el Gobierno tiene pies de barro. Basta releer los últimos informes de la OCDE, el FMI y el Banco de España. El cuarto trimestre no augura nada bueno y sobre 2021 habrá que medir con sumo cuidado para no hacerse ideas equivocadas, porque las comparaciones de la evolución de las variables con las de este año funesto pueden engañar el ojo.

Y para tan efímero y parco éxito, el Gobierno se ha dejado jirones de crédito político difíciles de zurcir. A la postre, hemos sabido que lo que quería decir cuando invocaba apoyos parlamentarios se reducía a reproducir la mayoría polícroma de la investidura de Pedro Sánchez, sin otra consistencia que la que aporta pagar elevadas facturas, unas en dinero contante y sonante y otras, las más graves, en cesiones que atañen incluso a la integridad constitucional.

Poco antes de las elecciones de hace poco más de un año (parece que fue hace un siglo) escribí en estas mismas páginas una especie de carta abierta a Pedro Sánchez y a Pablo Casado. Aunque no me tengo por cándido, les pedía un esfuerzo para derruir la muralla de egos que los separa, les pedía cordura y pragmatismo y un punto de valentía. Tampoco me tengo por adivino. Ni la máxima desgracia de la pandemia, que ha arrasado a decenas de miles de ciudadanos, que ha arruinado millares de familias, que ha destruido una parte muy significativa de nuestro tejido productivo, ha conseguido que ambos ególatras se acercaran un paso. Y así nos ha ido.

Con un Gobierno de mayoría socialista fagocitada por su socio populista, que trama y pacta a sus espaldas con grupos independentistas, alguno teñido de rojo sangre y una oposición lerda del Partido Popular compuesta de mediocridades cribadas por su líder y que no saben siquiera qué lugar ocupan en la voluntad de los votantes de la derecha. Y, por qué no voy a decirlo, con solo una muestra de entereza política, que ha representado Ciudadanos, a la que habría que añadir el grito en el desierto de la diputada canaria Ana Oramas.

El debate de los PGE no ha girado sobre las cifras que contiene ni sobre el proyecto económico que dice instrumentar. Se ha resuelto con mangoneo político, con presos, jueces, soberanismo…, sobre la mesa. O sea, nada.

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