2020, annus horribilis

24/12/2020

Maite Vázqruez del Río.

Solo falta una semana para que acabe este 2020, el annus horribilis mundial, el año que nos trajo el enemigo invisible que solo puede identificarse a vista de microscopio, un enemigo que se extendió por todos los confines del planeta Tierra y que nos cambió la forma de entender la vida de golpe.

Los primeros avisos llegaron de China, con sus fronteras cerradas a cal y canto desde diciembre. Pensábamos que era algo que no iba con nosotros, estaba demasiado lejos como para que nos llegáramos a infectar, mientras barajábamos todas las hipótesis de su origen (que si un pangolín, que si un murciélago…). Pero muy pronto traspasó todas las fronteras y el contagio se hizo mundial hasta que la OMS le dio el título oficial de pandemia.

Y por eso de que vivimos en un mundo globalizado y que los virus no entienden de fronteras, religiones, sexos, razas… el covid-19, el «maldito bicho», empezó a ensañarse con los mayores, los enfermos crónicos y las personas que intentaban sanarnos. Nos llegó en marzo a España desplegándose con tal velocidad que nos arrastró al confinamiento, mientras el miedo se agrandaba a base de datos de contagios y muertes. Un suma y sigue que introdujo en nuestras casas a Fernando Simón y Salvador Illa a base de recomendaciones y contradicciones, mientras entendimos desde primera línea el porqué de la necesidad de la investigación científica. La vacuna será el bálsamo de Fierabrás.

El covid-19, más rápido de decir que el el coronavirus SARS-CoV-2, también confirmó en España que ninguno de nuestros políticos ha sabido estar a la altura. La crispación se adueñó del hemiciclo, las bancadas de Vox rayaron la mala educación, las teorías conspiratorias, negacionistas (como si muertos y enfermos no existieran) y las fake news para desinformar se adueñaron de las redes sociales… Ni con un virus mortal contra el que luchar unen fuerzas, y la división cada vez va a más. Y con el rey emérito abriendo el escándalo de la corrupción de este año, mientras Villarejo seguía contando todas las cosas de partidos y empresas que nos habían tenido ocultas durante años, y a cuenta gotas siguen apareciendo los veredictos de culpabilidad de los Gürtel o los ERE.

En el plano internacional asistimos al descalabro electoral no asumido por Donald Trump, cuyos despropósitos traspasaron, como el virus, todas las fronteras durante sus cuatro años de ordeno y mando contra países y organismos internacionales hasta llevar su lucha contra los más vulnerables, levantando muros e imponiendo aranceles.

Mientras, los ciudadanos se mostraron cada vez más solidarios, con el refugio de los aplausos para ahuyentar la soledad cada día a las ocho de la tarde durante el confinamiento, momento en el que aprovechar para saludar desde la distancia de balcones y ventanas a los vecinos. La sociedad encontró a sus héroes mientras dejaba comida en las calles para quienes lo necesitaran o se organizaban en asociaciones de vecinos u ONG para ayudar todo cuanto se pudiera. La solidaridad de los ciudadanos se ha impuesto a la palabrería y refriega política.

En nuestro vocabulario se hicieron habituales todos los conceptos relacionados con la pandemia. Aquella lejana mascarilla que veíamos en los rostros de los ciudadanos chinos para combatir la contaminación se han convertido en un complemento más de nuestra vestimenta al salir a la calle, junto con el gel hidroalcohólico. Al estilo militar nos hemos confinado, vivido estados de alarma, tenemos toques de queda por la noche, y nos hemos desconfinado, desescalada y calculado a ojo lo que es 1,5-2 metros de distancia, un esfuerzo imposible de lograr en los pasillos de los supermercados o al pasear por calles estrechas. Pero también términos médicos, como las pruebas PCR, las de antígenos, todos los síntomas de una enfermedad desconocida, con el termómetro a mano y el paracetamol. Y aprendido los nombres de los grandes laboratorios, Pfizer, Moderna… científicos norteamericanos, europeos, chinos, rusos, españoles… todos trabajando en la misma dirección, con una financiación que antes nunca les llegaba porque las urgencias eran otras.

Encaramos 2021 llenos de esperanza, con la vacuna a punto de ser distribuida, una vacuna que nos aleje del miedo al contagio y una esperanza que nos acerque a la libertad perdida, con eso que han dado en llamar la nueva normalidad, porque en el fondo sabemos que después de esta pandemia ya nada será igual. Nos hemos vuelto más descreídos con los políticos, los poderes públicos, con una gestión desconocida que ha servido para tenernos entretenidos con otras cuestiones menos urgentes que nos han metido de tapadillo; con sabernos más frágiles y débiles que nunca porque con un coche atravesado de la Guardia Civil en cualquier autopista ya sabemos que no podemos movernos, con contradicciones que llevaban a unos a dejarnos salir hasta las diez de la noche, y otros hasta las doce; con bares y restaurantes abiertos en unos sitios y cerrados en otros… todo dependía del gestor autonómico, porque cada comunidad quiso apropiarse de políticas que no han sido más que dar palos de ciego, sin orden ni sentido, al albur de los datos y las estadísticas, y solo buscando el rédito político más que la salud de los ciudadanos. También el comportamiento por generaciones, porque estando todos encerrados, con las mismas circunstancias y obligaciones, no todos han tenido un comportamiento ejemplar. No son tiempos de rebeldía cuando lo que está en juego es la vida.

Un 2021 en que seguiremos necesitando de más solidaridad porque habrá más pobres que nunca, con mucho más futuro incierto, mientras los servicios públicos y privados nos llevarán de cabeza porque con la excusa de la pandemia ya vale todo. Desde que nos tengan horas y horas llamando a un teléfono que nunca descuelgan, o para pedir citas previas en un ordenador a una dirección de la Seguridad Social que siempre está colapsado, a tener que hacer las gestiones bancarias en los cajeros de la calle así caigan chuzos de punta, pese a que las comisiones nos las siguen cobrando…

Hemos descubierto que España no tiene una industria capaz de darnos un músculo económico que nos ayude a superar rápido cualquier crisis. Somos un país de bares y restaurantes, dependientes del turismo… y cuando los bares se cierran, se cierra España.

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