A principios del pasado mes de septiembre escribía en estas páginas un artículo en el que calificaba de dilema falso e inmoral el planteado sobre la prioridad de las medidas de máximo control para tratar de atajar la covid19 o las que preconizaban aflojar con la pandemia para salvar la economía. Han pasado cuatro meses desde entonces y va para un año desde que estalló el virus en nuestro país y ya tenemos la demostración palmaria y dolorosa de que el dilema era, efectivamente, tramposo sin perder su condición de inmoral.
Ya se ha cerrado el año laboral y lo ha hecho con unas cifras pavorosas, pese a la nueva cosmética de los Planes de Regulación de Empleo. El número de nuevos parados en el año del mal alcanzó los 724. 532. Nos trae sin cuidado si esa cifra representa más o menos lo que querían los que abogaban por facilitar el crecimiento económico. Es un fracaso rotundo.
También está a punto de cerrar el primer año de pandemia y los muertos superan los 60.000, cifra que tampoco sé si consideraban los que abogaban por parar lo que fuera para aislar el virus. El fracaso es igual de rotundo.
El año del fracaso ahí está, con sus cifras espeluznantes y lo que éstas no son capaces de ocultar, las pérdidas irreparables de seres humanos, uno a uno, en una cadencia de castigo bíblico y los dramas personales y familiares de la pérdida del medio de sustento de individuos y de familias.
A todo esto, la clase dirigente vierte sus lágrimas de cocodrilo, sin excederse, que es una muestra de debilidad (¿humanidad?) y sigue hundida hasta el cuello en la inoperancia, la insensibilidad, el egoísmo y una clamorosa falta de empatía con los ciudadanos, que suman la miseria al miedo, la soledad a la desesperación.
Un recurso de los dirigentes suele ser, como acaba de hacer Sánchez respecto a Cataluña, colectivizar los errores, socializar los fallos. No sé si para ellos es un consuelo o una simple figura retórica, pero desde este folio he repetido muchas veces que repartir las responsabilidades entre todos se traduce en no aceptar ninguna responsabilidad.
Alguien con más propensión que yo a la piedad, afirmaría que la pandemia es una incontenible desgracia universal y que el paro es una secuela ineluctable de ella. No les falta razón, claro. Pero la pelea política, el espectáculo penoso de la división, la escandalosa incapacidad de aunar esfuerzos a favor de las ciudadanos, han agravado innecesariamente la situación sanitaria y también las consecuencias económicas. Unos y otros se han parapetado tras las dañadas instituciones y han olvidado la compasión. La compasión que yo pido para cada familia de los muertos, para cada familia de los parados.
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