Océanos de deuda, tsunamis de inflación

10/02/2021

Hernando F. Calleja.

Nunca me han entusiasmado los mecanicistas, ni en la historia, ni en la economía ni en la política, porque son teóricos fatalistas que incitan al nihilismo, que es una de las cosas más aburridas del mundo. Así que no me voy a remontar a crisis anteriores para explicar por qué estamos ya en límites peligrosos de endeudamiento, tanto en España como en la Unión Europea, a través de los mecanismos semimancomunados (perdón por la palabra).

La liquidez es buena cosa en determinadas coyunturas. Pero si se embalsa un día sí y otro también, no hay dique que la contenga. Los aliviaderos deberían estar funcionando, pero nadie da el primer paso. Con los resultados económicos de 2020 de todos los países de la Unión en la mano, observamos que las diferencias de efectos de la crisis son bastante variadas y, en algunos casos, como el nuestro, francamente descabaladas.

Esa observación nos permite ver que, cuando la crisis remita, los diferentes países no van a salir de la misma manera ni al mismo tiempo ni con el mismo impulso del atolladero. Y los habrá que exijan a un tratamiento monetario igual para todos, exigencia que será muy difícil obviar. Y ahí empezarán nuestros problemas, los europeos y los españoles.

Cuando se inicie la etapa de crecimiento desigual, el exceso de liquidez va a determinar un alza de los precios también desigual que exigirá medidas desiguales y, por lo tanto, severas tensiones políticas en el seno de las instituciones europeas. Los candidatos a que les saquen los colores van a ser liderados por España, por la escasa consistencia de nuestro aparato productivo, fundamentado en nuestro endémico déficit de inversión y por la rápida incorporación al flujo de liquidez del ahorro acumulado durante la pandemia.

El panorama se anuncia desalentador y los españoles estamos in albis de los propósitos del Gobierno con los fondos europeos. Una situación trágica, porque desconocemos las expectativas del Ejecutivo sobre el modelo productivo tendencial y porque las comunidades autónomas dan señales ciertas de conformarse cada una con salir de una crisis feroz para quedarse como antes. Júzguese simplemente las reacciones colectivas del momento, dirigidas todas a reeditar el inmediato pasado imperfecto.

Estoy dispuesto a comprender que haya quien sobrevalore la situación previa a la crisis, a la vista de lo que en un año se ha destrozado. Pero es un error en mi opinión. Estábamos creciendo, sí, sobre la base de un modelo envejecido, agotado por sí mismo y por la competencia exterior. Estábamos en tasas de desempleo congénitas a ese modelo y eso que disfrutábamos de unos tipos de interés dopados. La inversión productiva era parca y estaba orientada más al siglo pasado que al presente. El aparato administrativo en todos los niveles estaba hipertrofiado en su concepción, en sus procedimientos y en la relación la ciudadanía. Los servicios públicos infradotados tecnológicamente y, ahora lo hemos comprobado, también en cuanto a los efectivos humanos. La enseñanza adolece de los mismo defectos y penurias.  A alguien puede parecerle, decía, que hemos perdido el paraíso, pero no es así. Simplemente, teníamos graves problemas estructurales y ninguna voluntad de revertirlos.

Hay quienes han creído descubrir el santo grial pidiendo la condonación de la deuda absorbida por el BCE. Tengo el síndrome del mendigo, me da vergüenza pedir. Pero solo la primera vez. ¿A dónde nos llevaría tan mal ejemplo? Creo que la Unión Europea se fracturaría o nos invitarían a unos cuantos a buscar el cartel de Exit. ( Es lo que a los populistas a diestra y siniestra les encantaría, recuperar la miseria, eso sí, muy nacional.

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