Pablo, el aspirante

22/03/2021

Carmela Díaz.

No hay mayor ladrón que quien roba la verdad. De eso Pablo Iglesias sabe mucho, puesto que su trayectoria política se ha cimentado en una concatenación de mentiras amplificadas por el eco de palmeros subvencionados. Los comunistas son así: populistas de retórica fácil para aborregados de mente corta; políticos oportunistas para votantes banales; revolucionarios de moqueta para intelectos manipulables. Hipócritas que critican los comportamientos y maneras que ellos mismos adoptan en cuanto acarician el poder.

Es bien sabido que el flamante candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid no tiene proyecto, aunque sí un mérito reconocible: identificó una coyuntura idónea en el momento preciso y canalizó la ira social, fruto del hartazgo por la corrupción, el enchufismo y los abusos de poder del bipartidismo. Desde ese efímero instante de gloria, únicamente se nutre de soflamas cansinas, mantras de una ideología trasnochada. Su manida estrategia consiste en repetir proclamas guerracivilistas, consignas desfasadas, impulsar campañas de odio e incendiar las redes alborotando a su rebaño cibernético, reducido pero ruidoso. Siempre apelando a un pasado lejano, zarandeando discordias para agitar el resentimiento, la mediocridad o el fracaso personal de marginados, vagos, delincuentes y antisistemas. Y para intentar imponer una igualdad desde la miseria colectiva, mientras su bolsillo particular y el de sus acólitos (y parejas) se enriquecen.

El postulante es incapaz de proponer o construir. Solo recurre a ese “fascismo” diseñado a medida -todo el que discrepa de su ideario lo engrosa-, y malmete contra la derecha y la supuesta ultraderecha. Un discurso insostenible si no lo equipara con su propia formación; porque demonizar al antagónico implica reprobar sus propias siglas. Esa derecha que utiliza como reclamo del miedo siempre ha estado ahí (como la izquierda), desde que se instauró la democracia. Lo que espanta de veras al ciudadano medio, íntegro y trabajador, es la ultraizquierda que él defiende: la de maleantes que queman calles, destrozan mobiliario urbano y expolian comercios; la de okupas que asaltan con impunidad la propiedad privada; la de censores que merman la libertad de expresión y manipulan la justicia; la de cargos electos que coquetean con dictaduras genocidas; la de aforados que reciben financiación chavista mientras adquieren propiedades millonarias.

Los atributos del pretendiente son ya bien conocidos por todos, incluso por quienes alguna vez lo auparon: es narcisista, incompetente, autoritario, machista, agitador, propagandista y provocador. Así fue, es y será su genuina esencia: representa el perfecto prototipo de tirano contemporáneo. Siempre amenazando, injuriando y menospreciando a la democracia española (gracias a la cual tiene escaño), cuando quien actúa con ademanes totalitarios y métodos dictatoriales, es él.

Muy a su pesar, este aspirante es una criatura moldeada al gusto de Pedro Sánchez: si ha formado parte del Gobierno de la Nación (como marioneta invitada) es porque el PSOE lo ha consentido. Ambos son nefastos, sibilinos, pero el presidente es más peligroso. Ahora el líder de lo que queda de Podemos tendrá que enfrentarse a su mecenas institucional: ha llegado el momento de hacer oposición a Sánchez de cara a unas previsibles elecciones anticipadas. Entretanto, los comicios de la Comunidad de Madrid pueden servir como indicador del futuro nacional de las siglas moradas. Los resultados clarificarán si se limitarán a ocupar el espacio de IU o terminarán por desaparecer, pasando a la posteridad como una amarga anomalía democrática.

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