La Humanidad, es decir, este conjunto de bípedos implumes que se sitúa a sí mismo como vértice de las especies que pueblan la Tierra, lleva siglos preguntándose si existirá vida inteligente en alguna parte del espacio. La pregunta es impertinente sean razones religiosas, académicas o simplemente digresivas las que llevan a planteársela.
Tantos siglos preguntándonos sobre la posibilidad de que haya seres pensantes por ahí, en alguna parte del cosmos tiene un poso de soberbia humana que parece mentira que se transmita de generación en generación, cuando lo realmente importante es plantearse si hay vida inteligente aquí, en la Tierra.
Para obtener una respuesta no hace falta alejarse mucho de la superficie del planeta, ni siquiera darse una vuelta desde la Estación Espacial Internacional. Basta con leer los diarios de cualquier parte del mundo para hacerse una idea muy aproximada de lo que sería la respuesta. Hay vida inteligente en la Tierra, pero poca.
Eso que llamamos Civilización aporta algunas pruebas de inteligencia vigorosa y, al mismo tiempo, aporta abundantes y desoladores testimonios de irracionalidad. Como este no es un artículo filosófico, no podría serlo saliendo de una cabeza caótica como la de un servidor, conviene que baje más a la arena.
Uno de los inventos inteligentes del ser humano es el comercio. Una actividad para que las partes concernidas obtuvieran un beneficio instintivamente equilibrado. Incluso cuando los colonizadores cambiaban bagatelas por piedras preciosas y oro, el comercio guardaba un cierto equilibrio, puesto que los aborígenes deseaban algo que no tenían y pagaban por ello, como los colonizadores.
Lo disruptivo era que existían mercados alejados de las posibilidades de conocimiento de los pueblos más primitivos, que atribuían a sus mercancías un valor desorbitado. Las sucesivas oleadas de globalización han sido, sobre todo, avances de conocimiento que han equiparado el valor de las mercancías en todo el globo. Sería lo ideal, pero, para qué actuar como seres inteligentes. Una cosa es que las mercancías tengan un valor transaccional mundial y otra que el reparto irregular de las mismas haya viciado las prácticas mercantiles hasta extremos delirantes.
Todo este rollo que va por delante no puede acabar sino con otras preguntas. ¿Puede un conflicto comercial durar 17 años para acabar en tablas? Puede. ¿De qué ha servido el conflicto entre Estados Unidos y la Unión Europea a propósito de Boeing y Airbus? De nada. ¿Había un culpable? Las dos partes (según la OMC).
Vuelvo a la casilla inicial. ¿Hay vida inteligente aquí? Poca, poca.
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