¡A la rica contradicción!

06/07/2021

J. M. Miner Liceaga.

Están cortados por el mismo patrón. Al menos así lo parece. Nada pueden echarse en cara unos y otros. La plaza pública está acostumbrada ya a epítetos fuera de lugar, llamativos, hirientes, o que intentan herir, encaminados casi siempre al desprestigio del contrario… Y no quieren darse cuenta de que el ciudadano de a pie, es decir, la mayoría, la que está formada por un núcleo estable y unas órbitas completas de electrones, la pluralidad, está “jartita” de tantas lindezas que, además, se repiten sin que les parezca importar demasiado, y resultan ciertamente cansinas y poco ejemplarizantes.

Nuestros representantes podrían tener algo más de imaginación para aburrir menos y demostrar así que sus capacidades neuronales tienen un más amplio campo de actuación del que demuestran.

Y como se dice en los monólogos de nuestros cómicos… Por ejemplo: ¿qué diferencia hay entre que uno te diga que se va a cumplir el castigo completo y luego, en aras de la convivencia nacional, se aplica el favor que, al menos parcialmente, reclamaban los sancionados, con el otro que habla de la necesidad de terminar con los enchufes y enchufados, con los despachos exclusivos, con los tenderetes, en fin, en aras igualmente de la decencia democrática y luego se apunta al primer navío que pasa?

La diferencia reside en el tiempo que uno dijo una cosa y meses después la contraria porque iba en favor de sus intereses o personales o partidistas, en el sentido obvio de confundir e incluso manipular -presuntamente, desde luego- de manera intencionada la voluntad de los demás.

En todo caso asombra la falta de pudor de unos y otros, que conduce sin duda a la desconfianza del resto. No puede descartarse la evolución del ser humano en sus comportamientos, sus pensamientos y en sus sentimientos. Lo que tiene muy poco recorrido es que, aunque ostenten el poder, que nadie se lo niega, tengan un criterio tan acomodaticio como exige el guión para perpetuarse en el trono -con perdón-, en contra de una mayoría silenciosa que no aprueba tales decisiones, sobre todo después de aseverarlas con toda seriedad ante las cámaras. Así no encontrarán mucha fidelización, que es un concepto de marketing.

Hay además otro hecho curioso que retrata perfectamente al personal de turno, se mire la derecha desde la izquierda o la izquierda desde la derecha. La curiosidad es que los conspicuos oradores son capaces de aceptar sus contradictorios asertos casi sin pestañear. ¡Qué se van a pudrir en la trena -versión libérrima-!, pues a la calle, al parque. ¡Qué ya está bien de prebendas!, pues un sueldecillo de “ná” para compensar duelos y quebrantos, que es un plato manchego por excelencia con huevos y torreznos e incluso con chorizo. Sabroso está el platillo y si es con vino blanco de la zona (de antes de la reconversión del viñedo) y con aceite de oliva, a ser posible de la variedad cornicabra.

Visto lo visto, la penúltima, porque la última nunca hay que descartarla, es que después de concedida la libertad a todos los madrileños de pro, después de poder trasnochar casi más que ningún otro o de poder pasear con aquella amiga de la juventud sin que se entere la oficial, ahora, digo, quieren que mejoremos nuestro castellano, ¡qué digo! nuestro español.

A no pocos de los que se reúnen para resolver o intentar resolver los problemas de los demás, los contratiempos se supone que de todos, allá por la Carrera de S. Jerónimo, quizá les valdría ser los primeros en ir a clase, aunque solo sea para adquirir un vocabulario más rico y más saludable y más cordial y menos agresivo y menos caustico… que de todo hay detrás de los leones…

Uno se atrevería a sugerir que ya que contaremos con un instituto y, por tanto, se nos supone una cierta edad, no estaría de más que alguna partida del presupuesto del que disponga el centro  anunciado, se destine  a ayudas, créditos, préstamos o cualquier otra fórmula monetaria para que todos esos comerciantes que anuncian sus productos en la lengua de Shakespeare, puedan ofrecer a los viandantes otra versión lingüística de lo que intentan vender. En español, se entiende…

De esta suerte, podría cumplirse un doble cometido. Por un lado, que el madrileño, desde su libertad, pueda familiarizarse con la lengua que debió aprender en el instituto público y, de otro, que el turista que venga a la capital a recrearse con los museos, las plazas públicas, las terrazas, los bocadillos de calamares, el ocio nocturno -si es que no se lo cierran-, e incluso con la paella que dicen tiene su origen, mire usted por dónde, en tierras valencianas, el turista, digo, pueda aprender al menos el español de los rótulos…

La lluvia de piropos que se han lanzado al aire en favor del español en Cataluña -otro ejemplo del monologuista indígena- viene a demostrar el acierto en la promoción anunciada desde la capital del reino… La Corona de Aragón, allá por el medievo, no tenía este tipo de problemillas de límites, lindes y lenguas…

Serán los tiempos que cambian.

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