Lagarde cambia dogma por incertidumbre

08/07/2021

Hernando F. Calleja.

El Banco Central Europeo acaba de dar un gran paso, aunque parezca un pequeño saltito. El tandem Lagarde -De Guindos flexibiliza el dogma de la inflación, que es el primer mandamiento de la institución que dirigen. ¿Es una cuestión de audacia? Yo no diría tanto. Desacralizar el 2 por ciento como límite absoluto de inflación, con  el proyecto inmediato de insuflar 1,8 billones de euros en ayudas a los estados miembros es, sobre todo, un acto de realismo, si admitimos que toda inflación sustancial es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario (Friedman).

Hay reacciones encontradas sobre la flexibilización aprobada por el BCE. Muchos dicen un expresivo ¡ya era hora! Otros festejan el definitivo adiós a Ángela Merkel y al pilotaje ajustado del Bundesbank y otros, no tan entusiastas, entre los que me encuentro, creen que el acuerdo es inevitable con los océanos de liquidez en los que navegamos y que, además y hasta conocer el contenido exacto del acuerdo, se habla en términos tan poco precisos que asusta un poco.

El comunicado del BCE, en su necesidad de buscar asideros a su decisión afirma algo que a mí no me parece del todo cierto. Dice que las desviaciones positivas o negativas respecto al objetivo de inflación son igual de indeseadas. Modestamente, la desviación al alza me parece mucho menos deseable que a la baja. De hecho, si los mecanismos de ajuste del mercado fueran razonablemente eficaces, la inflación sería episódica.

Pero me parece más inquietante otra afirmación de Lagarde que asegura que le preocuparía mucho una desviación significativa, duradera y sostenida del objetivo. Si las cosas las dejamos estar así, nos falta algo muy importante, el quantum. ¿Cuánto de significativa? ¿Cuánto de duradera? ¿Cuánto de sostenida?  La respuesta piadosa sería que es de su responsabilidad la detección de esas desviaciones y la aplicación de los límites que correspondan. Pero en economía a eso se llama incertidumbre. Algo que gusta poco a la actividad económica.

Por lo que nos toca directamente, en más o menos un año, la Unión Europea deberá restablecer los controles fiscales de los países miembros. Primero le tocaría al BCE la mitigación del programa de compras de deuda. La novación de la misma supondrá un alza casi automática de la prima de riesgo. Si además crece la inflación, los tipos acabarán subiendo, con un alto coste fiscal. No olvidemos que este mismo ejercicio, la emisión bruta española es de 289.000 millones y solo un bombeo caudaloso de la UE permitiría rebajar, siempre moderadamente, esa cifra el año que viene. Y allá por 2023 la UE deberá comenzar a restablecer el ajuste fiscal forzoso. Dos años va a ser muy poco para España, aunque De Guindos eche una mano.

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