George Stigler acuñó, según confesión propia, un denominado método Henderson a la repetición de una predicción hasta que se cumple. Leon Henderson había adquirido cierta fama en Washington cuando había sido uno de los pocos en predecir el crash de 1937. Un público indulgente, dice Stigler, había olvidado y perdonado sus idénticas y equivocadas predicciones de años anteriores.
Sirva esta referencia socarrona del Premio Nobel de Economía para consolar y animar a la estupefacta vicepresidenta y ministra de Economía Nadia Calviño, que ha sufrido un profundo shock por el hecho de que sus previsiones para 2022 han sido desbaratadas por la tozuda realidad de los datos de evolución de la economía este año actualizados para el segundo trimestre por el INE.
Una reacción, diríamos, racial ha llevado a algunos de sus allegados (no tengo constancia de que ella en persona lo haya hecho) a vilipendiar al INE, poniendo en entredicho su crédito institucional, su fiabilidad y la fidelidad a su estatuto. No es el camino. Ha habido y habrá decepciones y adhesiones a los datos manejados por el INE en la medida no de su acierto, sino de la identidad de sus resultados con los deseos de los políticos.
Unos políticos que no se acostumbran a que la economía no es un animal doméstico. Discurra por territorios de libertad de iniciativa y de mercado, discurra por los distintos patrones de planificación e intervención, la economía no cumple órdenes ni hace pis solo en el seto.
Ahora que todos estamos recibiendo sesiones continuas de formación en vulcanología, por la erupción en la isla de La Palma, podríamos aceptar que la economía es una ciencia más próxima a lo eruptivo que a lo doméstico. Que se lo digan a la amenaza de la inflación, que está dando señales como fumarolas desde hace unos meses, aunque un coro de economistas aseguren que no hay nada que temer, que el magma de los precios va a quedar bajo la litosfera de las políticas monetarias sí o sí. ¡Ojalá sea así!, pero el ruido de fondo ahí está.
Todos los economistas metidos en la política acaban siendo mecanicistas. Si yo hago esto, esto y esto, el resultado va a ser éste. Es un error frecuente. Confían demasiado en una ciencia vacía de emociones sin valorar el contenido emocional que tiene el legítimo afán de lucro, el temor a perder, la consistencia o inconsistencia de una decisión… o una previsión fallida hecha con la mejor voluntad.
Téngase tranquila, señora vicepresidenta, que diría Alonso Quijano, que no siempre triunfan los mejores ni todos los listos son ricos ni mucho menos, todos los tontos, pobres.
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