Esta semana ha estado marcada por el rifirrafe entre los socios de Gobierno sobre la reforma laboral, un escaparate para ver quiénes van a ser los cabeza de lista en las elecciones generales de 2023 y cumplir con los imperativos de la UE; por la subida sin techo de las materias primas; y por todos los datos macroeconómicos y de empresas. Demasiados para asimilar, pero suficientes para ver que una nube cada vez más negra se agranda sobre nuestra economía y la economía mundial. Mientras, el volcán de Cumbre Vieja no para de vertir lava y más congoja sobre los habitantes de La Palma.
Pues bien, sobre la reforma laboral, como no podía ser de otra manera, van a negociar con los agentes sociales todos los ministerios más fuertes del Gobierno, no sólo Trabajo. Una situación singular, como singular es el Gobierno de coalición, pero con la diferencia de que esta vez Economía (Nadia Calviño en representación de Pedro Sánchez) va a tener que poner los puntos y comas que exige Bruselas a las buenas intenciones sociales y solidarias de la cada vez más emergente Yolanda Díaz. El dilema a dilucidar es si cumplir con Bruselas, como defiende Calviño, o cumplir con los españoles, como propone Díaz. Ya se verá cada miércoles de noviembre cómo evolucionan las medidas con las que se derogará la reforma laboral de Mariano Rajoy. No olvidemos que derogar es cambiar por otras normas, y eso es reformar.
Y ante la avalancha de datos macroeconómicos del tercer trimestre del año, esto es hasta septiembre, el PIB muestra una ligera ralentización. Como botón de muestra todos los cambios a la baja de los principales predictores y oráculos del crecimiento económico para 2021, y el despegue que vaticinan en 2022.
La que está disparada es la inflación. Nada más y nada menos que un 5,5%, un nivel que conocemos los que vivimos con la peseta como moneda y el Banco de España como corrector de la situación con su política monetaria. De momento, Lagarde sigue apostando por un crecimiento robusto y ha preferido esperar a ver qué decisiones se toman en el seno de la UE para frenar la escalada de los precios de la energía, con la luz y el gas a la cabeza.
El único que parece haber movido ficha ha sido Vladimir Putin que ha obligado a Gazprom aumentar sus reservas para Europa para que baje el precio del gas. En sus manos está que Europa pase o no frío este invierno. Mientras, España ha arrancado un compromiso a Argelia de que el gas nos llegará, aunque sea transportado en barco, una vez cerrado el gasoducto del Magreb.
Así las cosas, los precios de la electricidad y el petróleo siguen subiendo y subiendo. Y como el efecto dominó, han empezado a subir los productos de todos las empresas y sectores. El resultado: una inflación disparada a niveles de la década de los 90 del siglo pasado. La impotencia de los ciudadanos europeos que pagamos este desaguisado es ver el ‘laissez faire, laissez passer’ (para ver si todo se soluciona por si solo) de nuestras autoridades europeas que, lejos de ponerse de acuerdo, retrasan mes tras mes las medidas a adoptar para frenar lo que se veía venir desde el mes de agosto.
En cuanto a las empresas, no les ha ido mal. En líneas generales todo han sido ganancias. La gran banca ha sumado más de 11.900 millones de beneficios frente a las pérdidas de 7.700 millones del tercer trimestre de 2020. Y el resto de las compañías, aunque en menor cuantía de millones han mejorado resultados o reducido pérdidas. Ya veremos cómo les afecta pagar los recibos de la luz y de combustibles en el último trimestre. Las peor paradas las que llevan meses viviendo la crisis de los semiconductores. El automóvil, en plena reconversión hacia la movilidad eléctrica, ha sido el peor parado, con bajadas de la producción y parones en los turnos de trabajo.
Por lo que respecta al paro, a 30 de septiembre de 2021 había más de 20 millones de españoles con trabajo. Un listón que no se veía desde 2008, antes de que estallara la crisis de las hipotecas basura y la burbuja inmobiliaria. También bajó el paro, dado que se trata del trimestre veraniego donde el sector servicios (turismo, hostelería…) empezó a levantar cabeza. El problema es que se volvió a reflejar nuestro mal endémico, la temporalidad, que volvió a subir porque España cada vez más basa su economía en el sector servicios, el más estacional de todos.
De momento, los españoles, a comer plátanos de Canarias.
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