La oposición pasmada

01/12/2021

Hernando F. Calleja.

La polisemia de la palabra oposición nos lleva directamente al meollo de la cuestión. Si entendemos el término en su significado político, hablamos de aquellos que, organizada o individualmente se oponen a las decisiones de un Gobierno. Si lo consideramos desde el punto de vista administrativo, nos referimos a las pruebas que debe superar una persona ante un tribunal para acceder a un cargo o empleo. Bien mirado, un opositor sería al mismo tiempo alguien que se opone y alguien que oposita. Y eso sería un ideal político. Quien se opone, al mismo tiempo, hace frente al tribunal de la opinión pública, que juzga si de sus actitudes se pueden deducir sus aptitudes para sustituir con ventaja a un Gobierno.

En el aquí y ahora de España me temo que la oposición (tengo por tal, aunque a algunos les duela, solamente al Partido Popular, por ser la única fuerza política con una cierta equivalencia de peso electoral frente al principal partido del Gobierno) no desempeña bien ninguno de esos dos roles. Se opone mal y oposita peor.

Mi mayor crítica no casuística a la oposición del PP estriba en que tiene un entendimiento muy parcial y corto de su responsabilidad. No basta con decir que no y mucho menos añadir exabruptos o descalificaciones a la negativa. Hay que argumentar, explicar por qué, y eso implica, primero, entender de qué se trata y después desarrollar un discurso alternativo al del Gobierno. Y cada semana en plenos y comisiones, el PP nos da la ocasión de reafirmarnos en la opinión de que los portavoces no estudian debidamente las materias y no articulan un discurso acorde con sus supuestos principios y postulados.

He coincidido con bastantes amigos en esta opinión. Algún colega de los que pisan a diario el Congreso me decía que, en otras legislaturas, sabían muy bien a quién dirigirse para recabar la opinión del  PP,  según cuál fuera el asunto. El perfil bajo bajísimo impuesto a los diputados del partido conservador hace recaer el peso político-comunicativo en un número muy limitado de personas de confianza u obediencia ciega, con registros muy esquemáticos y repetitivos, sin reparar que, en algún momento, esos diputados (y senadores) tendrán que volver a presentarse ante los electores. Al comienzo de una legislatura, a lo mejor es explicable que pase esto. Pasado el ecuador de la misma no tiene explicación que de los miembros de un grupo parlamentario lo más que se pueda esperar sea una replica agria a una declaración previa de alguien de la órbita gubernamental.

Ejercer de oposición no solo es quedarse al resto y devolver pelotas. A la oposición no le está negada la posibilidad de llevar la iniciativa. No vale la disculpa de que el Gobierno y sus apoyos externos impidan matemáticamente que las cuestiones progresen en las Cámaras. Hay muchos más foros, instancias y medios de comunicación para hacer valer sus propuestas. La cuestión es, ¿las tienen?. Ahí entra la acepción de oposición como examen, como prueba. La opinión pública puede cambiar de orientación tanto si el Gobierno hace mal su trabajo, como si la oposición hace bien el suyo. Si ambas partes se desempeñan de manera mediocre,  como es el caso, la inercia y otras fuerzas menos explicables favorecen al que está en el poder.

Permítanme que, para concluir, mire hacia la economía, sin dejar el ámbito de la oposición. Estoy por oír un buen discurso o leer un buen texto de alguien del PP sobre la deuda pública disparada, sobre el déficit público incontrolado, sobre las trabas de todo género que impiden o frenan  la creación de empleo, sobre rearme industrial, sobre las flaquezas estructurales del sistema eléctrico, sobre la financiación autonómica, sobre la calamitosa gestión de Renfe, sobre los déficit de competencia, sobre el fraccionamiento del espacio comercial, sobre reforma fiscal, sobre Europa…

Dan ganas de preguntar al PP, ¿hay alguien ahí?

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