Queda poco para que 2021 acabe, por fin. Un año que pasará sin pena ni gloria porque ha sido una continuación de 2020, aunque ha profundizado en nuestros males que ya parecen estructurales. Los partidos políticos, una vez más, no han estado a la altura. Su mediocridad parece no tocar suelo en sus rifirrafes parlamentarios y ante cualquier micrófono y cámara en la que nuestros representantes políticos por perder hasta han perdido la educación. Se pide ejemplaridad a los deportistas y a cualquier personaje de la vida pública, pero nuestros políticos parecen estar al margen de la más mínima ética.
La irritación, el odio, las mentiras, los insultos prodigados, y permitidos, a lo largo del año en las redes sociales y en las calles, se han adentrado en las Cortes. Nuestros ‘padres de la patria’ han perdido las formas porque la defensa de sus ideas parece que no cala y echan mano de las mentiras y exabruptos, además de palabras mal sonantes, para hacerse oir. Y lo que nos llega a los ciudadanos no son sus ideas, sus escasas propuestas, las críticas mentirosas y sin fundamentos… solo sus insultos.
Los españoles hemos vivido dos años (y los que nos quedan) muy, muy difíciles. La pandemia ha puesto en evidencia nuestras debilidades, y la economía mundial tras su paralización en el segundo trimestre de 2020 va a traspiés intentando recuperar el terreno perdido. Evolucionamos en función de las nuevas oleadas de covid, con todas sus variantes. El volcán de La Palma, que parece haber dejado de rugir, no es más que una muestra más de que las ayudas tardan demasiado en llegar mientras los ciudadanos desesperados no saben cómo salir del atolladero.
Era de esperar que todos los partidos políticos, con independencia de su ideología, se pusieron hombro con hombro a decidir y poner en marcha medidas. Una situación excepcional requiere de comportamientos excepcionales. Pero no. Muy lejos de la realidad. El Gobierno se ha encontrado solo, adoptando medidas a troche y moche para apagar los incendios que iban surgiendo. Y se ha equivocado, tal vez demasiado, pero cada medida tomada ha sido criticada hasta la saciedad de cualquier lógica. Se ha llevado al Constitucional y se ha puesto en tela de juicio todo lo hecho. Es muy fácil ver el toro desde la barrera, cruzarse de brazos y criticar y adjudicar hasta a los muertos. Ese es el deporte nacional, la crítica. ¿Dónde están los propuestas? ¿Decir lo contrario salva vidas, empresas, trabajos…?
Los pactos de Estado, tan urgentes en estos momentos, han brillado por su ausencia. Da lo mismo cualquier iniciativa que se proponga, la proponga quien la proponga, porque será criticada y rechaza por principio. Sin leerla más allá del título. ¿Eso a los españoles de qué nos sirve?
Esperemos que en 2023 la pandemia empiece a dejar de ser la excusa. Aprovechemos todo el dinero que nos va a llegar de Europa. Una nueva oportunidad para empezar y cambiar todo lo que no funciona y evolucionar hacia donde camina la economía del siglo XXI. Pero debe hacerse con el consenso de todos porque se trata de volver a levantarnos. No que unos pocos se levanten y el resto se quede en el suelo. Sólo hay que mirar los índices crecientes de la pobreza en España, un país que se encuentra en el grupo de los más desarrollados, para saber de qué hablo.
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