Por aquellos días, hace 20 años, muchos llevaban una calculadora en el bolsillo para saber cuánto de verdad le costaban las cosas en el mercado, en el bar, en la zapatería o, lo que era mucho más preocupante, si la reducción visual de su salario en la nómina le daría para un llevar, como venía sucediendo solo unos días antes.
Podrá parecerles un artículo costumbrista, a la manera de Mesonero Romanos, pero así fueron las cosas en los primeros días de enero de 2002, aquel año capicúa que nos trajo los billetes y las monedas del euro. Quién más, quien menos, se pasaba el día multiplicando y dividiendo por 166 cada precio que veía, las vueltas que le daban y los dichosos céntimos de los que sólo tenían recuerdo los viejos que conocieron la perra chica y la perra gorda.
En los periódicos hicimos guardia todo el día 1 de enero, previendo situaciones de caos, cómicas o trágicas que luego no fueron para tanto. Los que aquel día no escribieron un artículo titulado más o menos Adiós, peseta, adiós, que tiren la primera piedra.
Los europeístas recalcitrantes, que alguno quedamos, sin triunfalismo creemos que la Unión Monetaria ha sido un rotundo éxito, aunque haya tenido que transitar por una de las mayores crisis del sistema financiero internacional, que puso en tensión el modelo y que, sin embargo, dio pie a una experiencia de comunidad y cooperación financiera que ningún modelo de laboratorio se hubiera atrevido a proponer.
Por aquellos días, entre 2009 y 2012, creímos desfallecer porque la casuística de los países del euro (algunos entramos en él por los pelos) era demasiado compleja para una toma de decisiones blanda, como se esperaba de un necesario consenso. Alguna vez habrá que reconocer a Ángela Merkel su determinación y su patriotismo europeo, frente a aquellas voces airadas, que aún resuenan, contra la senda de la cordura, moderación y austeridad. (Algún cretino se permite todavía establecer paralelismos entre la crisis financiera internacional y la crisis económica actual provocada por la pandemia, para denostar las decisiones de entonces y alabar las de ahora. La falta de rigor de algunos, que aplican análisis políticos a hechos económicos tan dispares, roza lo tragicómico).
He mirado con curiosidad el desempeño del euro en su breve historia desde el 1 de enero de 1999 en que se introdujo y desde el mismo día de 2002, en que lo tuvimos físicamente en nuestras manos. Nuestra moneda es la segunda del mundo en pagos internacionales, en préstamos y en reservas centrales. Si algún valor tiene la estabilidad (no creo que haya nadie en la economía que lo dude) basta con ver el curso del euro con el dólar. En los primeros años, el euro cotizó por debajo de la divisa norteamericana en diversos momentos, pero desde mediados de 2002, siempre ha cotizado por encima del billete verde (en algún periodo, como en 2009 y 2010 hasta excesivamente). En los últimos seis años se ha movido en un rango muy estable, prácticamente entre 1,1 y 1,2 dólares por euro.
Podríamos hablar de muchas otras cosas, como los tipos de interés o la política de choque contra la pandemia, pero sería abusar de su paciencia en estos días. Basta con felicitarse y felicitarnos porque el euro es una sólida realidad y, esta vez sí, los españoles estamos tan dentro de él, como él de nosotros. Y sin calculadora, veinte años después.
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