El giro restrictivo de la Reserva Federal estadounidense es ya de sobra conocido y del Banco de Inglaterra sigue acentuándose tras un nuevo aumento de 0,25 % de su tipo de interés de referencia. Casi la mitad de los miembros de su comité de política monetaria votaron a favor de un aumento doble del tipo de interés (0,50 %), lo que implica que el banco central se había retrasado en su ritmo de normalización.
Hasta ahora, el Banco Central Europeo (BCE) había mantenido un tono claramente más expansivo. Se esperaba poco de su última reunión, pero, como de costumbre, cuando no esperamos nada de un banco central, al final hay mucho que decir. Mientras que el comunicado inicial dejó pocas sorpresas, el tono de la rueda de prensa expuso una postura mucho más restrictiva de lo previsto. Mientras se confirmaba que el escenario principal seguía siendo el de una inflación que se moderaba a finales de año, Christine Lagarde abandonó el término «transitorio» y subrayó el aumento de los riesgos en torno a la inflación, una inflación que podría ser más elevada de lo previsto a corto plazo y a finales de año. La presidenta del BCE, que también insistió en la fortaleza del mercado laboral de la zona del euro, se pronunció sobre el reciente aumento de las primas de riesgo de la renta fija, pero sin considerar que este fuera importante. Al final aplazó muchos temas hasta la reunión de marzo, que debería saldarse con numerosos anuncios. Por último, la presidenta del BCE no se retractó de su afirmación según la cual era bastante improbable ver una subida de los tipos este año.
De esta forma, si bien no hubo grandes novedades, el cambio de tono es notable y deja ver una voluntad de preparar los ánimos para una política monetaria menos expansiva en el futuro. Sorprendentemente, los mercados experimentaron un descenso tras concluir esta reunión. Sin embargo, este giro restrictivo no tiene nada sustancialmente negativo. Habría sido más preocupante si el BCE se hubiera enrocado en un discurso demasiado complaciente, negando así la realidad de las tensiones inflacionistas. Esta afirmación puede hacerse extensible a todos los bancos centrales. Es importante tener presente que las políticas expansivas establecidas desde hace más de 10 años (salvo un paréntesis en 2018) tenían como objetivo sostener la economía y garantizar el buen funcionamiento del sistema financiero y los mercados, pero también reactivar la inflación. Ante el fuerte repunte de la inflación debido a la pandemia de COVID-19 en un contexto de elevado crecimiento, es perfectamente lógico que los bancos centrales vuelvan a su papel fundamental: asegurar la estabilidad de los precios y evitar un aumento incontrolado de la inflación.
Son los inversores los que ahora deberán adaptar su manera de enfocar la economía y los mercados. Ver cómo los precios de las acciones de las empresas poco rentables se disparan porque el exceso de liquidez permite especular con altos beneficios en un futuro más o menos lejano es probablemente algo del pasado, al menos durante un tiempo. Ver que los mercados de valores solo progresan gracias a la expansión de los múltiplos de valoración ya no será la norma. Tampoco lo será ver cómo las primas de riesgo de los bonos se desploman sin que la calidad crediticia tenga una mejora notable. Sin embargo, esto no significa que haya que presuponer el peor de los escenarios en los mercados de valores o abandonar totalmente los valores de crecimiento. Eso se demostró la semana pasada: el buen comportamiento de Alphabet y Amazon, después de la publicación de sus excelentes resultados, confirma que, incluso en este entorno monetario menos favorable, no hay ninguna razón para que las cotizaciones no sigan el ritmo de las empresas. El fin del «dinero fácil» no supone el fin de la rentabilidad.
Olivier de Berranger, director de gestión de activos en La Financière de l’Echiquier (LFDE)
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