La reforma fiscal que quiere el Gobierno parte de un supuesto. El resultado del conjunto tiene que ser, necesariamente, recaudar más. Da igual que la eficiencia de los impuestos sea baja, da igual que una mayor presión desincentive el crecimiento y el empleo. Hay que ingresar más.
La ministra de Hacienda, una de las hooligans del equipo ministerial (no hay más que ver cómo salta del sillón para abrazarse con sus colegas cuando se ganan cualquier votación) ha creado una comisión de expertos para que le orienten en la reforma fiscal, aunque con la advertencia de que si sus dictámenes no le gustan, dará igual, no los seguirá y punto.
La ministra ya tiene decidido el modelo, que es el clásico de poner la carreta por delante de los bueyes. Sus urgencias rompen la lógica económica, que empezaría por elevar el crecimiento potencial de la economía española, favoreciendo el ahorro y la inversión para crear más empleo y, como consecuencia de ello, recaudar más.
Oportunamente, el Instituto de Estudios Económicos (IEE) ha hecho público su Libro blanco para la reforma fiscal en España, que recoge trabajos de 60 expertos sobre la definición de un sistema fiscal competitivo y eficiente, madrugándole a la ministra de Hacienda la iniciativa. Se invoca en este trabajo la fórmula del Informe Mirrlees, que contó, asimismo, son una sesentena de expertos coordinados por sir James Mirrlees, premio Nobel de Economía (1996) y padre de la teoría de la imposición óptima. En este informe ya se advertía que el conjunto del sistema tributario debe minimizar los costes de eficiencia que generan los impuestos, debe intentar reducir las inequidades derivadas de un diseño inadecuado de la arquitectura fiscal, debe tender a limitar los costes administrativos y de cumplimiento de las normas tributarias y debe eliminar las opacidades que impiden a los contribuyentes conocer de antemano lo que van a tener que pagar ( por ejemplo este mismo año, la no deflactación de la tarifa del IRPF) y favorecer el conocimiento de quiénes se benefician y quienes soportan la carga impositiva.
El trabajo del IEE con sus casi 800 páginas contiene una clave, el sistema tributario, un concepto que es más que una simple definición. Porque en materia fiscal hablar de reformar unos impuestos concretos puede pasar de ser inútil a ser un error. Apretar en impuestos corporativos sin considerar los impuestos personales, introducir impuestos mediombientales sin considerar los impuestos corporativos, personales y sobre el consumo generaría disfunciones en la producción, en el ahorro y en la inversión.
El gran argumento de Hacienda para recaudar más parte del apriorismo de que la carga fiscal, en cada una de las diversas maneras de medirla, es inferior en España que en los países de nuestro entorno. Con los datos más recientes, el IEE, señala que el diferencial de presión fiscal media de España con la UE se ha ido reduciendo y no lentamente. En 2020 fue ya de 3,8 puntos y si se contemplan juntas las evoluciones del PIB en 2021 y de la recaudación en ese mismo año, vemos que el ritmo de crecimiento de la economía, con ser fuerte (7,2 por ciento), fue la mitad aproximadamente del crecimiento de la recaudación (15,1 por ciento). Con estos datos oficiales, el argumento comparativo de Hacienda pierde su justificación, máxime si observamos otras diferencias determinantes, como el nivel de renta o la tasa de actividad de la población activa.
Haga caso o no la ministra de Hacienda a sus expertos, esperamos que sus dictámenes se hagan públicos y se puedan confrontar con los de otros expertos tan cualificados como ellos. De ese debate sí podrían salir un sistema fiscal justo, eficiente y que sirva a los intereses públicos sin apellidos políticos.
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