Ya ni el largo plazo es lo que era

16/03/2022

Hernando F. Calleja.

Entre las muchas desgracias que nos ha acarreado el venático Vladimir Putin, un optimista podría encontrar una ventaja. Nos ha provocado el choque de realidad que supone la exacerbación de nuestras debilidades. No me refiero solo a las debilidades españolas, sino también a las europeas y, más aún, a las del occidente que goza o que tiene cerca gozar del desarrollo económico y el progreso social, prácticamente sin límites.

Es notorio que occidente se ha adormecido en la vigilancia de sus flancos más débiles. Hay un punto de soberbia en ello. Fiamos demasiado al largo plazo y a nuestra capacidad, no siempre demostrable, para subvenir a todas las circunstancias que se nos presenten. La brutalidad de la guerra provocada por el dictador ruso, yuxtapuesta a la pandemia de la Covid 19 nos han puesto frente a una situación que poco tiene que ver con la arcadia de  equilibrio y previsibilidad en la que creímos estar instalados.

De momento, las reacciones de gobiernos, organizaciones supranacionales, y todo tipo de instituciones y organismos comprometidos en buscar las salidas más que las causas de esta situación todavía están en fase de estupor, de incredulidad. Y de despiste. Algunas propuestas rozan la improvisación, otras la extravagancia y todas el horror vacui.

Las divergencias de propuestas económicas son radicales. La OCDE, se alinea con partidos populistas de aquí y de allá y pide que se eleven los impuestos a las compañías eléctricas y que los ingresos obtenidos se apliquen a mitigar el recibo de luz de los consumidores. Su secretario general, Mathias Cormann invoca que en el corto plazo hay capacidad para elevar los impuestos a las eléctricas, olvidando el alto endeudamiento que tienen contraído tales empresas y la urgencia que impone la crisis de materias primas energéticas a su sustitución por inversiones de choque en energías renovables.

En sentido contrario, otras organizaciones, la penúltima el Círculo de Empresarios español, abogan por la reducción de impuestos al consumo energético tanto industrial como doméstico para aliviar la presión de los precios a las familias y para favorecer que las empresas dispongan de recursos asequibles para mantener su actividad y el empleo. Y claro, que la mengua de ingresos públicos no altere significativamente el déficit y la deuda, sino que fuerce un modelo más austero en todo el sector público.

Lo que menos conviene, a pesar de las justificadas angustias de estos días, es que las medidas inmediatas y de corto plazo hagan irremediablemente peor el largo plazo.

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