“Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo.” La frase es de la moraleja de la fábula Los dos Conejos, de Tomás de Iriarte, aquella en la que los dos bambis debaten estúpidamente si eran galgos o podencos quienes los perseguían, hasta que los canes les alcanzaron y se dieron un buen festín. Incluyo esta cita a propósito del enjundioso cruce de opiniones entre académicos sobre la situación económica.
Una de las cuestiones que más tinta y tiempo ha consumido es la de si España está en estanflación. El meritorio esfuerzo de mis colegas por aportar opiniones creo que ya ha dado de sí todo lo que puede dar. Algunos filosofan con la idea de que solo se entiende lo que tiene un nombre y pugnan por imponer la idea de que estamos o entramos en estanflación, más que nada porque, si no es así, ¿dónde caramba estamos?
Hasta prácticamente 2020, cuando estalla el horror de la pandemia, se hablaba mucho sobre el potencial de crecimiento de la economía española. Era otro debate académico, pero había un cierto consenso sobre que ese potencial se situaba en torno al 4 por ciento anual, habida cuenta de que en Europa esta cifra a duras penas la alcanzaban los países más rezagados y cuando era una de las potencias económicas la que crecía a esa tasa anual, enseguida nos constituíamos en bomberos porque había un recalentamiento peligroso.
Es cierto que con la pandemia, la caída estrepitosa de la actividad ha hecho que las tasas anuales adolezcan de un efecto base que nominalmente han elevado el PIB muy por encima de lo que históricamente veníamos registrando. Pero si nos atenemos a la revisión de esta semana, las previsiones del Banco de España señalan un crecimiento del 4,5 por ciento del PIB este año; un aumento insuficiente para borrar la odiosa caída de 2020 y la insuficiente mejora del año pasado, pero en línea con el teórico potencial de la economía española, antes de la debacle.
Otra cosa es que para los dos ejercicios sucesivos, la entidad coloque el PIB en tasas del 2,9 y del 2,5 por ciento el año que viene y el siguiente. Ahí si que pocos dudaría en hablar de estanflación, si no fuera porque, el propio Banco de España consideraba esta semana que la inflación en los dos años venideros volverá a su cauce, con el 2 por ciento en 2023 y el 1,6 por ciento en 2024 (la subyacente sería, respectivamente, del 1,8 y el 1,7 por ciento). Ni por el lado de los precios ni por el lado del empleo (prevé crecimientos muy moderados, pero crecimientos, al fin y al cabo) podríamos colegir que la estanflación es una amenaza cierta.
¿Qué querrían decir las nuevas previsiones del banco de España? Modestamente me inclino porque la entidad es muy optimista. Cree que la guerra de Putin contra Ucrania se puede resolver a corto plazo y que, asimismo, las otras causas de la inflación, incapacidad de la oferta para atender una demanda dopada con financiación larga y barata, son corregibles en el curso de este mismo año.
Se puede creer, porque se desea vehementemente, que la guerra dure poco, ahora bien, es mucho creer que las constricciones de la oferta de imputs industriales y agrícolas y los suministros de materias primas energéticas alcanzarán niveles óptimos antes de que acabe este año. No es imposible, pero es muy improbable.
Lo que carece de sentido es debatir si nuestros males son galgos o podencos. Es la hora de actuar y hacerlo con decisiones rápidas y de resultados comprobados. En el caso español, los debates teórico e ideológico son aún más ociosos. El Gobierno deberá extremar el control de los gastos presupuestarios y canalizar los recursos que lleguen de la UE solo hacia las inversiones profundas. Las ampliaciones de crédito y los créditos extraordinarios previstos en el Decretón de medidas urgentes tiene que ser reabsorbidos por el presupuesto corriente mediante transferencias de crédito intrapresupuestarias.
No se puede olvidar que lo que nosotros estropeamos, en buena parte, nos lo tiene que arreglar la Unión Europea.
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