Rancio debate sobre impuestos

20/04/2022

Hernando F. Calleja.

Creo que desde García Añoveros (1979) hasta ahora, ni un solo representante de la hacienda pública se ha librado de mis críticas, muchas veces con un punto de ironía y una miaja de crueldad. Los he calificado de bandidos generosos, de émulos de José María El Tempranillo, de bucaneros y cosas parecidas. Algunos de ellos encajaron muy mal las críticas y mucho peor las advocaciones que les adjudicaba. Otros siguen siendo amigos, a pesar de todo.

El hecho de que desde la proclamación de la Constitución me haya tenido que ocupar y preocupar por los impuestos, no solo en lo personal, que no es del caso, sino como periodista, quiere decir que en tan prolongado periodo, en los sucesivos gobiernos las soluciones o las inhibiciones de unos y otros no han dado con una fórmula razonable y razonada de considerar la aportación de los ciudadanos al tesoro común.

La llegada de Alberto Núñez Feijóo a la presidencia del primer partido de la oposición ha convertido en un prius el asunto de los impuestos, pero de la peor manera posible. Se trata de una propuesta de rebaja coyuntural, (en España lo coyuntural tiende a adquirir la solidez del diamante. Pregúntese el lector por qué tenemos un Impuesto Extraordinario sobre el Patrimonio, que se estableció con un sentido censal y ahí se quedó).

En un país en el que ni siquiera tenemos un sistema de financiación autonómica estable, cuando las comunidades autónomas tienen transferidas las competencias de gestión de la educación o la sanidad, hacer patria con una rebaja coyuntural de ciertos impuestos es, cuando menos, una frivolidad, en una persona que ha dirigido por cuatro legislaturas una comunidad autónoma.

El debate sobre el modelo fiscal es ciertamente urgente y ciertamente necesario. Hay que redefinir las figuras impositivas excepto el IVA, que es materia reservada a la Unión Europea (que tampoco estaría mal que de vez en cuando le echara una mirada). Y en esa redefinición están, por supuesto, los impuestos generales de recaudación estatal, los autonómicos cedidos en todo o en parte por el Estado y los creados por las propias comunidades autónomas y los de base local.

Si cada ciudadano español tuviera el valor y la paciencia de coleccionar los resguardos de todos los impuestos que paga en todos los niveles administrativos se quedaría espantado Si padece alguna enfermedad circulatoria le ruego que ni lo intente. Tampoco aconsejo a pacientes del hígado que traten de conocer la calidad y eficiencia del gasto de sus impuestos, en manos de las administraciones. Porque esa es, precisamente, la clave del debate fiscal.

Pagar muchos o pocos impuestos debe ser consecuencia del modelo de Estado y también del modelo administrativo. Es una falacia decir que los impuestos subvienen a los gastos; lo que hay que establecer es qué necesitan los ciudadanos recibir de las administraciones y ajustar éstas sus requerimientos fiscales. Dicho de otra manera, cerrar los ejercicios económicos en equilibrio, sin déficits estructurales y con una deuda manejable. Cuando la Unión Europea nos amenazó con la intervención no aprendimos nada.

La desgracia de la pandemia de Covid ha desnudado nuestro famoso estado del bienestar, porque ha puesto al descubierto que frente a una calamidad de esa magnitud nuestro Estado apenas disponía de margen para encontrar financiación, si no hubiera sido por el chorro  de liquidez del Banco Central Europeo. Un Estado escueto y austero no es necesariamente un Estado desatento de sus ciudadanos, sino una garantía de los que necesiten servicios los encuentren disponibles y de calidad.

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