La crisis de la crisis energética

27/05/2022

Maite Vázquez del Río.

Las últimas décadas nos han llevado a buscar nuevas fuentes de energía, más limpias y menos dependientes. El sol, el viento, el mar… hasta llegar al hidrógeno verde o baterías alimentadas por litio… todo sirve mientras genere energía. Desde que escribo de Economía los expertos que consultaba sobre el petróleo siempre me aseguraban que el crudo como fuente energética le quedaba como mucho 50 o 60 años de vida. Cada vez cuesta más y hay que profundizar más hondo para obtener el que se dio en llamar el oro líquido.

La guerra de Ucrania no hecho más que poner en evidencia esa necesidad de buscar otras fuentes de energía alternativas. Con los surtidores batiendo récord de precios, sin que el precio del barril haya llegado a subir tanto como en la crisis de 2008, y Rusia amenazando una y otra vez con cortar todos los grifos… la realidad se empecina en mostrarnos, otra vez, que la salida no es otra que las fuentes alternativas. Una opción que se refuerza con el hecho probado de que además mejoran la calidad del medio ambiente y en algo contribuyen en reducir todas las amenazas que se ciernen sobre el cambio climático.

Desde todos los países se ha hablado mucho de que hay que reducir la dependencia del petróleo, no sólo de los países que lo tienen como fuente de ingresos prioritaria para su crecimiento económico. Los datos, como siempre, dejan en evidencia que esa apuesta no es más que un deseo porque la realidad es que en 2020 la energía consumida de origen fósil era del 83%. Repasando las estadísticas solo basta decir que en 1970 ese porcentaje era de un 87%. Ese minúsculo 4% de diferencia deja claro que todo los que nos cuentan no son más que palabras por más foros, reuniones a alto niveles de todas las instituciones y países nos aseguren que se está cambiando.

Acuerdos políticos hay para todos los gustos. La Unión Europea parece capitanear esa lucha contra el cambio climático, enfrascada en objetivos de reducciones de CO2. Y el petróleo en este parámetro de medición lidera las emisiones ya que de esta energía procede el 73% de las emisiones. Pero por más fechas límiteque se pongan, de momento, la apuesta europea no está teniendo éxito. Solo hace falta comprobar día tras día cómo el cambio climático avanza sin obstáculos ni escrúpulos. Los objetivos comunitarios de reducir un 55% las emisiones en 2030 y ser neutral en 2050 choca frontalmente con ese 70% europeo de dependencia del petróleo. Sin olvidar el peso de la economía estadounidense y china en esta evolución, mucho más reacios a reducir sus emisiones, dado su coste, mientras libran su batalla por ser la primera economía mundial. Y la energía que utiliza China es un 82% de procedencia fósil, el mismo porcentaje que tiene EEUU, mientras que los asiáticos están aún en la fase de la descarbonización apostando por el gas natural. Otra de las economías más pujantes es la de la India donde, hasta ahora, hablar de porcentajes de reducción de emisiones se antoja una entelequia.

Lo único que parece cierto es que ningún país, en unión o por separado, son capaces de desligarse del petróleo y el gas. La pandemia pareció que iba a hacer reflexionar a todos, pero tras recuperar cierta normalidad lo único real es que el crecimiento económico depende del gas y el petróleo, porque las energías alternativas todavía están muy lejos de poder sustituirlos al cien por cien. Todavía se necesitan ingentes inversiones, más revolución tecnológica y fondos de inversión crédulos que apuesten a largo plazo por esta solución.

Y así nos va. Con subidas de precios sin techo de petróleo y gas y la inflación en cotas irreconocibles desde décadas de crisis económicas del siglo pasado.

La guerra de Ucrania también viene a confirmar que no se busca reducir el consumo de petróleo y gas, sino buscar otros países alternativos a la dependencia de Rusia. Nadie habla de sustituirlos por otras fuentes de energía y reducir emisiones. Mientras, los ciudadanos-consumidores pagamos a golpe de tarjeta y facturas este dislate. De nada nos sirven rebajas de céntimos. La única salida que nos queda es consuir menos, pero ¿podremos? Las empresas no, porque no podrían producir; los ciudadanos tendremos que cambiar hábitos y aún así…

Una posible salida sería hacer esa transición de las energías clásicas a las nuevas sin que se produzca una crisis económica sin precedentes (creíamos que la de 2008 ya lo era), frenando la inflación. Pero hay demasiados interesas economícos en juego como para evitarlo y coger el petróleo y el gas por «los cuernos».

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