Flâneuses o las malcriadas

10/06/2022

Cayetana Cabezas.

«El espacio es fundamental en todo ejercicio de poder.»(Michel Foucault)

Charles Baudelaire menciona por primera vez el término flâneur en su libro “Las flores del mal” (Fleurs du mal, 1857) describiendo con él a un personaje que camina las ciudades sin rumbo, por el puro hecho de caminar. Se trata de un observador, un poeta, un ensayista de la ciudad. Un antropólogo que sacia su curiosidad observando sin ser observado, pudiendo perderse en los detalles, invisible, sin implicarse, sin interactuar y por supuesto sin ser interpelado. El poeta maldito se zambulló en el empirismo del viaje, en el sentido literal y metafórico de la palabra, pues es sabido que su relación con los opiáceos y otros alucinógenos era la manera que encontraba de “alargar las horas”, de extender el tiempo y vivir “muchas vidas en un espacio de una hora”. Recorría mundo, calles y campos en estado de embriaguez, de alucinación, de creación y, en esas circunstancias, pudo escribir sobre ello y recibir un reconocimiento literario histórico que pocos le niegan. La autonomía para callejear, a cualquier hora y en cualquier estado, el paseo como estímulo y desenredante de la mente, ha sido alimento de escritores y pensadores ya desde la época griega, en la que los peripatéticos otorgaban la fluidez de las ideas al poder de sus pasos.

Walter Benjamin señala que la flânerie permite el paseo sin objetivo, sin consumo, incluso sin rumbo o destino y, desde luego, sin participar del sistema capitalista, consumiendo o siendo consumido. Para él se trata de “una acción que se convierte en la medida de la libertad”. Beckett, Giacometti, Duchamp… tomaban las calles para convertir la experiencia en obra de arte. Eran creadores porque vagaban, insisto, libres, observando sin ser juzgados o reprendidos. Ellos pudieron escribir por y sobre este privilegio. Muchas mujeres durante el S.XIX y comienzos del S.XX tuvieron que hacerlo sobre la falta de él.

Virginia Woolf afirmaba en 1889 en “The Pargiters”: «Es imposible para una mujer ir a dar un paseo sola (…)a una mujer soltera en las calles de una ciudad siempre se la considera disponible». Una rotunda Sylvia Plath de 19 años, en 1951, escribía en su diario: «Sí, mi deseo incontenible de mezclarme con camioneros, soldados, parroquianos, mi deseo de formar parte de una escena anónima, escuchando, apuntando en mi memoria, termina siendo arruinado por el hecho de ser chica, una fémina en peligro de ser asaltada y agredida(…)Sí, Dios, quiero hablar con todo el mundo, ser capaz de dormir en un campo abierto, viajar hacia el oeste, caminar libremente de noche». Balzac, a través de su Madame Jules, apuntará que «la desgracia es perder el honor que debe definir a toda mujer respetable que conoce los límites que la ciudad le impone». La mujer idealizada en un espacio urbano erotizado estaba (y todavía está) en peligro, no solo de ser agredida, también de ser juzgada.

El 17 de febrero de 2016 una mujer acudió al Juzgado de Violencia sobre la mujer número 1 de Vitoria para prestar declaración y en el interrogatorio, que quedó grabado en vídeo, podemos escuchar cómo el juez le pregunta: «¿Cerró usted bien las piernas?¿Cerró toda la parte de los órganos femeninos?» El fiscal de la Audiencia Provincial de Las Palmas empieza su interrogatorio a una denunciante de agresión sexual preguntándole:”¿Qué llevaba puesto el día de los hechos?¿No llevaba usted ropa íntima?¿Podemos entender un bóxer como un pantalón corto, ceñido o ajustado?”

En 2017 la sentencia de un juez, tras la denuncia de una mujer que fue violada por 5 hombres en un portal, reza: “No percibo signo alguno de pudor (…) ni en su expresión, ni en sus movimientos, atisbo alguno de oposición, rechazo, disgusto, asco, repugnancia, negativa, incomodidad, sufrimiento, dolor, miedo, descontento, desconcierto o cualquier otro sentimiento similar”.

Callejeras, busconas, pelandruscas, frescas, vagas… malcriadas. Las reconoceréis por sus horarios, andares, vestimentas y relación con el alcohol y otros estupefacientes. Son buenas. Las relaciones con el uno y los otros, digo; ellas, como todo, depende. Algunhas pican e outras non. Generalizar, ¡eso sí que es de de vagos!

Malcriada (según la RAE): [persona] Que pretende hacer siempre su voluntad sin importarle la conveniencia o la oportunidad de sus acciones.

Aquí habría que entrar en la casuística de las circunstancias. ¿Conveniencia para quién?¿Oportunidad de qué?¿A quién y cómo ofende o hace peligrar que la malcriada se salte los límites? ¿Quién, cómo y por qué se los pone? Vayamos al origen de la palabra. Malcriada hace referencia al hogar, al nido, a la educación que haya recibido la mujer. Una malcriada ha sido criada mal, entiendo. Quizás porque vivió en un mal hogar con una mala educación, quizás porque no ha entendido nada de lo que le inculcaron o quizás porque lo ha entendido y decide pasárselo por el mismísimo. El mismísimo; esta expresión la utiliza mucho mi madre, por cierto. Una malcriada, ¿sería entonces lo contrario a una “niña bien” de “familia bien” que se “porta bien”? Espera, ¿biencriada existe?

Confirmado: Biencriada no existe.

Tal vez no necesita existir. La biencriada se da por hecho y no hace falta que ni la RAE ni nadie la definan; la biencriada es cualquier mujer que es como tiene que ser una mujer. Quede claro sin embargo su contrario, malcriada, para señalarla sin lugar a dudas llegado el momento. Y sí, biencriado tampoco existe, pero es que es a nosotras a las que hace referencia la actualidad, así que ponte a un ladito, Jose Carlos; otro día hablamos de lo tuyo.

La palabra nada tiene de neutral, escribe Anna María Iglesia en su ensayo “La revolución de las flâneuses”. Las campañas políticas lo saben; por eso la usan y desgastan hasta transformarla en papel mojado. Esta doctora en narrativa del espacio urbano y sus prácticas, entiende la ciudad como un tablero de juego con sus reglas no escritas, sus roles asignados y sus transgresiones de género y clase castigadas. Desgrano, subrayo y releo sus palabras buscando referentes femeninos que hayan tomado las calles bajo la sospecha de ser juzgadas (moral o legalmente) y aún así asumiesen como necesario el hacerlo. La clave del ensayo de Iglesias, de 2019, radica en que, algo que parece cosa del pasado, continúa ocurriendo hoy y tiene como consecuencia la falta de libertad de las mujeres para caminar las calles como lo hace la otra mitad de la población.

Históricamente la literatura ubica al hombre como viajante y a la mujer como premio en destino o cuidadora del hogar hasta su vuelta. A día de hoy, la mujer que viaja sola es considerada, o una valiente, o una ignorante del peligro, o una desequilibrada que lo provoca. Mi madre me lo repite cada vez que me embarco en una escapada sin compañía: “Neniña, no entiendo por qué tienes que hacer esto.” Una mujer que viaja sola es una mujer que se pone en peligro. Las madres lo saben. Una mujer que pasea sola es una mujer que se pone en peligro. El acotamiento de movimientos de la población femenina y la necesidad de salir acompañada nace como un factor de control de sexualidad que, entre otras cosas, “asegura” la verdadera paternidad del hombre de la casa. La que está mucho en las calles corre el riesgo de ser inseminada por cualquiera. Saramago, en “El evangelio según Jesucristo”, relata majestuosamente cómo, tanto José como el resto de hombres del templo, dudan de la fidelidad de María tras unos minutos que ella pasa hablando, a solas, con un desconocido en la puerta de su casa, que le comunica que está en cinta (el Espíritu Santo de toda la vida aquí toma forma de ladrón; roba al bueno de Jose su exclusivo privilegio inseminador). Mejor habría estado María de puertas para adentro; ¡mujer, qué ganas de tentar a… ¡¿la suerte?! ¿Es la suerte la que puede hacerte daño o librarte de él? La monogamia y la inmovilidad femeninas son importantes para el género dominante de la especie dominante. Una mujer salvaje no asegura el sistema hegemónico.

Por eso las mujeres prostituidas siempre han sido objeto de control y regulación. No así los puteros. Y al que diga que los segundos no existirían sin las primeras, porque esto es un trabajo en equipo, yo le diría, primero que se siente a un lado con Jose Carlos, después que no es un tema de existencia lo que hoy se expone aquí (ya otro día entramos en harina), sino de privilegio y libertad (otra vez ella) y por último, que para ser un equipo todos los jugadores tienen que tener un objetivo común.

Mientras en lugares como Gran Bretaña, hombres como Walter Benjamin o André Bretón, escribían sobre sus relaciones con prostitutas, sin miedo a perder su respetabilidad y condición de hombres casaderos, las mujeres prostituidas o sospechosas de serlo (ejercer la prostitución era algo a ocultar pero no así consumirla; hipocresía eterna), como Caroline Wyburgh, eran sacadas de sus camas a la fuerza en mitad de la noche, bajo el Acta de Enfermedades Contagiosas vigente, para someterse a pruebas de venéreas. Si se negaban, iban a prisión, si no y daban positivo, también. No había mucha opción. Los puteros, mientras, en su casa con su esposa, escribiendo sobre ello; insisto para que tengamos la foto de familia completa. Pero es que además estas mujeres podían ser castigadas con la llamada “violación quirúrgica” y confinadas y tratadas, con o sin su consentimiento, eso daba igual (muy igual), con lo que los especialistas decidieran que necesitaban; química, represión con camisa de fuerza, electroshock… Esta ley británica se aprobó para proteger la salud de los ejércitos, cuyos soldados se transmitían unos a otros las ETS a través de las mujeres con las que mantenían relaciones sexuales. Probablemente también directamente entre ellos, pero era mucho más honroso reconocer haber pagado por tener sexo con una mujer que reconocer haber mantenido relaciones con un compañero. En 2022, para muchos hombres, todavía es así; antes putero que maricón. Esta ley de entonces aumentó en las mujeres el miedo a caminar sola por la calle. Mujeres que hoy son madres, abuelas, bisabuelas… mujeres que criaron a otras mujeres bajo un paraguas de miedos heredados. Temían, no solamente ser agredidas, sino, por el hecho de caminar a horas en las que no se estaba comprando o desplazándose de un lugar concreto y decente a otro, ser consideradas mujeres disponibles y arrestadas por ello. A día de hoy, la abolición de la prostitución o la regulación de la misma son temas sin resolver. Casi dos siglos después el foco sigue puesto en ellas mientras ellos, los puteros, continúan viviendo libres la experiencia de su flanerie.

Hoy una amiga me ha dicho: Te espero a las 12. El metro de mi casa es-. Yo no voy en metro -le he dicho. ¡Vaya pija estás hecha! -responde. Voy caminando -matizo. ¡Pues sí que tienes tiempo! -considera ella. Más me vale, tiempo es lo único que tengo.

En el movimiento voluntario más repetido por nuestro cuerpo encontramos la posibilidad de una poderosa revolución. Caminar, solamente caminar, es ya sinónimo de emancipación, de independencia, de poder. Por eso es fundamental cuidar lo cotidiano, suele albergar lo extraordinario; sería importante no perder este hecho de vista. Creo que en las etapas más enredadas, emocionalmente hablando, de mi vida, he usado la caminata como terapia. No el deporte, no correr, no la actividad; el acto de caminar, insisto, simple, ensayado, nato. Caminando me desenredo, me reconozco, me gusto. No porque me guste siempre lo que encuentro en mi cabeza, sino porque recupero las razones de las decisiones que he tomado para ser la mujer que soy hoy. Camino en un acto de revolución personal, de replanteo, de experimentar el poder que me dan mis pies. Y en el acto de caminar se hace tangible mi espera activa. Yo no sé esperar y punto, tengo que “esperar mientras”. Mi cuenta atrás necesita una cuenta hacia delante. Pasear aligera porque el acto en sí no tolera el exceso, lo superfluo, lo no necesario. El paso necesita de la liviandad que da ceñirse a lo fundamental. Caminar es uno de mis usos favoritos del tiempo. Me gusta ocupar el mundo por placer, no por la necesidad de hacer o llegar a ninguna parte. Ando sin consumir y sin sacar rédito económico de ello, sin prisa, sin otro propósito que observar la tierra que otros han transformado en calles. El derecho a existir en solitario en el espacio urbano no es un capricho de malcriadas, es la naturaleza abriéndose paso. Literalmente. El caminar femenino, dice Rebecca Solnit en “Wanderlust”, suele ser entendido como una exhibición o un espectáculo en lugar de como un placer per se, porque se supone que las mujeres no caminan para ver, sino para ser vistas. Vamos, la “putivuelta” de toda la vida. Puti-vuelta. ¡Tanta información nos da el uso y abuso del lenguaje! Hemos aprendido que debemos dejarnos ver si queremos ser las elegidas. Sí, el propio premio es ser trofeo. Y es una opción, sin duda. Pero ésa es la cuestión, que caminar para ser vista debe ser opción y no la única. Históricamente la ley convierte la sexualidad de las mujeres en un asunto público más que privado porque el libre caminar es ya en sí una amenaza urbana, una provocación, un tentar a… ¡¿la suerte?! No, a la suerte no. Caminar es un tentar al malcriado cuyos límites se diluyen cuando ve a una mujer a altas horas de la madrugada, sola y en estado de embriaguez, porque ese hombre entiende los libres pasos de ella como una provocación. ¿Quién la manda? Recordemos el repetido “La culpa la tienen los padres que las visten como putas”. Torrente hace la gracia y se la reímos millones de españoles. Y entre broma y broma… Malcriada. De nuevo el foco sobre la mujer y no sobre el agresor. Sobre la prostituta y no sobre el putero. Sobre las manifestantes que coreamos “sola, borracha, quiero llegar a casa” y no sobre el que, también solo y también borracho, antes de llegar a casa, agrede, viola o mata. Se ha dicho de este lema que: “Fomenta hábitos de consumo de alcohol de forma abusiva”, “las que piden llegar a casa solas y borrachas son malcriadas, un término que empleo (una y otra vez) porque me encanta”, “la visión que trasladan es la de mujeres que no tenemos que tener responsabilidad de nuestros actos”, “en esta vida hay que salir a trabajar y pelear”. Mientras bajo el lema “Comunismo o libertad” se mantienen abiertos los bares hasta altas horas, se señala a las mujeres que quieren hacer uso de ellos para después volver a su casa libres, tranquilas y seguras de que hay un sistema que cuida que los malos no hagan de las suyas. Porque los malos (malcriados, malnacidos, malpensados) son los que impiden, con palabra, obra u omisión, que estas mujeres lleguen a su casa sanas y salvas. Por su culpa, por su culpa, por su gran culpa.

Dice Solnit que la ley controla a las “mujeres de mala reputación” y que las “mujeres respetables” suelen controlarse entre ellas. Y las que no se controlan, ni a sí mismas ni a las demás… ya se sabe lo que son.

George Sand recurrió al travestismo para sentirse segura observando sin ser vista, para poder escribir y ocupar la ciudad, para ser sujeto activo y no objeto de observación y consumo. Ocupar, otro de esos términos trillados. Sand se traviste para no ser considerada y tratada como una “mujer de la calle”, porque serlo tenía las consecuencias represivas que hemos desgranado. Se finge hombre, como tantas autoras que se ocultaron tras pseudónimos masculinos para poder publicar su opinión sin miedo a ser censuradas. Pasear es una forma de auto descubrimiento. Escribir también. Y no, esto no es una mirada nostálgica feminista que quiere aferrarse al pasado, esto es una búsqueda de razones por las que yo, en 2022, camuflo también mis curvas bajo ropa holgada y recojo mi pelo para ocupar menos espacio visual a partir de ciertas horas, de por qué elijo coger un taxi en lugar de caminar cuando, después de bailar durante horas, lo que me apetecería es sentir el aire fresco de la noche en mis acaloradas mejillas. Me hago responsable del peligro que supone ser vista, cuando no lo soy. Responsable, digo. Ni yo ni la suerte lo somos. Estar “en el lugar equivocado en el momento equivocado” es la justificación que da la sociedad a muchos de los crímenes sexuales. Es decir; fue la víctima la que se equivocó. Tentó a la suerte. No se hizo responsable de su condición de mujer. Y la consecuencia de su equivocación y su irresponsabilidad fueron su violación y su muerte. Conclusión grabada a fuego: No te equivoques, mujer.

La mitad de la población mundial sigue siendo una irrupción en la ciudad: ¿Qué llevabas puesto? ¿Qué hora era? ¿Por qué ibas sola? ¿Qué hacías en esa calle? ¿Habías bebido? ¿Dabas la sensación de estar buscando, buscona? ¿Cerraste las piernas, fresca? ¿Quién te manda, malcriada? ¿Por qué no cogiste un taxi o le pediste a alguien que te acompañara, irresponsable? ¿Por qué, por qué haces esto, hija?

Las flâneuses, como los flaneurs de Baudelaire, no somos malcriadas vagas e irresponsables. Al menos no todas y desde luego no en tanto que paseantes. Somos, entre otras cosas, que generalizar (repito) es de vagos, observadoras, críticas, ensayistas, voz pública del espacio; mujeres libres. Y sí, algunas bebemos. Lo hacemos en los bares que están abiertos. Bebemos legalmente en bares abiertos legalmente. Somos usuarias e interventoras del espacio urbano; protagonistas, activas o pasivas, visibles o invisibles, solitarias o acompañadas, sobrias o borrachas, a voluntad según el día, la hora y las circunstancias de la vida. La que cada una quiera y elija, pero sin tener que “salir a pelear” con nadie, por favor, que bastante tenemos ya cada una con lo nuestro.

¿Te ha parecido interesante?

(+3 puntos, 3 votos)

Cargando...

Aviso Legal
Esta es la opinión de los internautas, no de diarioabierto.es
No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
Su direcciónn de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.