Los importantes cambios que está provocando la Guerra de Ucrania a nivel energético han puesto al gas licuado en el centro del debate. Por un lado, algunos lo conciben como la mejor y única alternativa al gas ruso, mientras que por otro lado hay quienes ponen el acento en sus inconvenientes. En estas líneas analizamos sus principales luces y sombras.
Luces del gas licuado
El gas es una fuente de energía difícil de sustituir, puesto que los países con reservas y, por tanto, exportadores son escasos. Además, se requiere de infraestructuras de transporte (gasoductos) para su distribución, cuya construcción es costosa y lenta. Sin embargo, el gas licuado llega en buques metaneros, pues dicho gas se enfría a -162ºC hasta alcanzar el estado líquido y, por tanto, ocupa muchísimo menos espacio. Y una vez regasificado, el GNL podría sustituir en parte lo que no llega por esa vía desde Rusia, puesto que se puede transportar por los mismos gasoductos que el gas clásico.
Para España, además, supone una importante oportunidad: aquí hay 6 plantas regasificadoras, lo que nos convierte en el país europeo con mayor capacidad en este momento. De hecho, se calcula que solo en nuestro país se puede almacenar el 35% del gas que necesita toda la Unión Europea y Reino Unido. A ello se suma una séptima planta regasificadora en Portugal, por lo que la Península Ibérica podría convertirse en un auténtico ‘granero’ o ‘hub’ para el gas europeo.
Sombras del gas licuado
Pero no se puede olvidar que hay muchas piedras en el camino que lastran el despegue de esta fuente de energía a corto plazo. Por ejemplo, porque los principales exportadores alternativos a Rusia (Estados Unidos, Qatar, Nigeria y Argelia) ya están produciendo casi al límite de sus posibilidades, y aumentar su capacidad de producción requiere de tiempo.
Por otro lado, en lo que a España concierne, sigue habiendo una conexión deficiente con la red gasística europea, pues solo estamos conectados con el Viejo Continente a través de los gasoductos de Irún y Larrau, lo que ha llevado a considerar a la Península Ibérica como una auténtica ‘isla energética’. Y el otro gasoducto proyectado, el Midcat, que conectaría a España con Francia a través de Cataluña, sigue ‘olvidado’ en un cajón de la Comisión Europea.
Otro aspecto importante es que el suministro de gas por medio de la regasificación de gas licuado es más caro que si se realiza por medio de la importación clásica. Y eso puede puede tener su impacto en la tarifa gas, tanto de hogares como de empresas, a la espera de que se concrete el límite de precio acordado por la Comisión Europea para España y Portugal (la llamada ‘excepción ibérica’).
Además de todo ello, está el debate moral: el gas licuado procedente de Estados Unidos lo hace, en buena medida, tras ser extraído con el método del ‘fracking’, que en Europa ha sido desacreditado por su impacto geológico, que puede contaminar acuíferos y causar otros daños en el entorno natural.
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