
Cayetana Cabezas
«El mayor pecado contemporáneo es la indiferencia», Pier Paolo Pasolini
El término “pecado” hoy no me interesa. Pasolini, sí. Por pesimista, por profético, por adogmático, por libre y por todo lo contrario. La indiferencia podría ser una de las grandes “cuestiones” de la evolución. Estamos desarrollando empatías de largo alcance físico, por ejemplo, la ternura que nos produce ver a un lindo gatito restregarse contra la pierna de su dueña en Sydney, pero de corta estancia; como al roce no le siga una reacción sorprendente de la australiana, el bucle de fricción amorosa pierde efecto, como un “te quiero” repetido hasta la saciedad. Y ojo; esto ocurre con un estímulo que nos hace sentir “bien” (“bien” no es nada, pero tú ya me entiendes, José Carlos). Si se trata de una imagen o una noticia que nos conflictúa o nos cuestiona, nos la sacudimos en lo que tarda un dedo en hacer scroll.
Me pongo a escribir sobre incendios y aparecen los pinchazos en las discotecas. Trato de encontrar la manera de abordar, literariamente, se entiende, estas agresiones y surgen los titulares de la crisis del hielo. Por el camino, me encuentro violaciones de policías que acaban en cursos de reeducación sexual o de empresarios que dan la espalda a la justicia yéndose de rositas, atentados contra niños y no niños en Gaza (siempre ahí y solamente a veces noticia), la muerte de una criatura de doce años que quería ganar (verbo poliédrico donde los haya) el black-out challenge en tik tok, el ataque al escritor Rushdie… Pero claro, para el momento que me leas, todo eso ya no ocupará portadas. No importa; esta es mi cruzada contra la empatía de corta estancia.
Según el libro de Bruno Patino La civilización de la memoria de pez, la capacidad de concentración de la generación millennial, a la que, aunque tenía la esperanza de que no, prácticamente pertenezco, es de nueve segundos. Para los centennials y generación Z se habla incluso de cinco segundos, así que lo mejor, o lo peor, está por venir. A partir de ese momento necesitamos otro estímulo, otra alerta, otra recomendación. Vivimos, según Patino, «Como peces; creemos que vamos a descubrir un universo a cada instante, sin darnos cuenta de la repetición infernal en la que nos encierran las pantallas digitales a las que entregamos nuestro tesoro más preciado: nuestro tiempo.» Imagino que me estarás leyendo tras una de ellas. Lo siento, ya estoy necesitando más de nueve segundos de tu atención; yo no soy un técnico del gigante de internet, especializado en estimularte. Es más, la utilidad de estas líneas no está escrita, nacerá con tu lectura.
A los quince años tuve que tomar una de las decisiones, hasta entonces, más determinantes de mi privilegiado camino. ¿Ciencias o letras? Sé que no estoy sola en esto. Puedo imaginar que, si también eres persona afortunada, y con acceso a educación, tuviste “la oportunidad de elegir”. Yo, paradójicamente, escogí ciencias. Paradójicamente porque, de haberme fiado de mis apetencias y facilidades, sin duda hubiera escogido las asignaturas que dejaban volar libres a los pájaros de mi cabeza, no las que resolvían el tamaño exacto que debía tener la jaula si considerábamos el número de ejemplares, su volumen y sus horas de vuelo. Ciencias mixtas, el comodín para hacer ADE, la carrera más demandada entonces y ahora, sencillamente no lo contemplaba, era como beberme un té templado. Caliente o con hielo, tibio nunca. Además, por alguna razón, cuando mi cabeza escucha la palabra economía, mi sentido auditivo sólo recoge la frecuencia de los graves y me resulta ininteligible lo que sigue. Pero, apetencias y facilidades aparte, son las carreras técnicas las que demandan a los primeros de la clase; las notas de corte lo dejan claro. Y además, todo el mundo sabe que son las que tienen más salidas. ¿Más salidas? Más salidas. Tú sabrás. ¿Yo? Yo solo sé que no sé nada.
El verano de mis quince, previo a tomar la gran decisión, me despertaba a las cinco de la mañana; insomnio adolescente. No sé si está diagnosticado, pero haberlo, haylo. Aprovechaba entonces y avanzaba la lectura de un par de libros de filosofía que había encontrado en un mercadillo, soterrados bajo novelas de Corín Tellado y futuros guiones de pelis de sobremesa. Los nombres de los autores me sonaron lo suficiente como para pensar que era una inversión necesaria. No así un despertador, ya que mis ganas de saber me hacían abrir el ojo mágicamente un par de horas antes de que se levantase todo el mundo y empezase a desperezarse el ruido que no me dejaría concentrarme después. Yo no quería perder tiempo durmiendo, dejando de existir, cuando todavía no le había encontrado un sentido a mi existencia. Y esas ganas-despertador no eran de ahondar en resolver logaritmos, ecuaciones y problemas de física en los que debía averiguar la velocidad a la que una mosca se estampa contra la luna de un autobús que circula a 80 km/hr. Eran ganas de entender lo que yo estaba sintiendo. Años después sí le encontraría algún sentido a dormir y soñar, pero para eso todavía tenía que venir Freud, que no se daba hasta 3º de BUP; esto es, por si te fallan el conversor o la memoria, a los dieciséis-diecisiete.
Mi padre, una mañana, bajó a desayunar el primero y, al verme, preguntó qué leía. El banquete o siete discursos sobre el amor (el título fue un imán), de Platón y Discurso del método y Meditaciones metafísicas, de Descartes. ¿Y entiendes algo? Algo, respondí. Muy gallego todo. En el momento de mayor ensanche del corazón (nunca más vuelve uno a enamorarse como a los quince), cuando deberíamos estar atendiendo a nuestro despertar hormonal y al impulso revolucionario que lo acompaña y nace de ver que el mundo es mejorable, estamos, sin embargo, decidiendo cómo perpetuar la idea establecida de éxito, valorando si la ocupación de la mayor parte de nuestro tiempo tendrá o no “salidas”. Hasta entonces, para mí, salir era dejar un lugar, no entrar a formar parte de su engranaje. Me quedaba por delante un curso entero para tomar la decisión. Hacía mucho que había abandonado el deseo de ser reinaprincesaactrizcantanteymodelo para ser arquitecto (yo en ese momento no decía arquitecta porque no conocía a ninguna); al parecer, de ser reinaprincesaactrizcantanteymodelo no se podía vivir. Y además, la arquitectura tenía que ver con la belleza, con el comportamiento humano y con crear lugares que mi cabeza soñaba; no sonaba mal. Así que, en realidad, la decisión ya estaba tomada. Era lo que se esperaba de mí y a mí nunca me ha gustado hacer esperar a nadie. Tampoco a mí misma.
Los estudios predicen que, en el futuro, las profesiones que tendrán mayor proyección laboral están en el campo de la Ciencia, la Tecnología y las Matemáticas. Sin embargo, cada vez son más los jóvenes que optan por formarse en Humanidades. Muchos de ellos, con expedientes sobresalientes, como fue el caso de Gabriel Plaza, el alumno que sacó la nota más alta de la EVAU en Madrid y se hizo viral, entre burlas y críticas, por querer ser profesor de latín. En su defensa (¡cómo está el mundo para tener que defenderse por querer estudiar Filología Clásica!) él alegó que prefería la felicidad al éxito seguro. Gracias, Gabriel. Ser y no estar, esa es la cuestión. Hay esperanza. Y quizás una necesidad de educar en la sensibilidad. Redefinir el éxito como un logro íntimo. El arte pone en diálogo los principios más altos y más bajos del ser humano, que es, al fin y al cabo, de donde vienen y a donde van los atentados, las violaciones, los retos virales o la inconsciencia climática.
Schiller, en Cartas para la educación estética del hombre, afirma que «la utilidad es el gran ídolo de nuestra época, y a él complacen todos los poderes y rinden homenaje todos los talentos». Explica cómo «sensibilidad y pensamiento se juntan en la belleza» y que es solamente la razón la que nos cuenta que son opuestos, así que «si el Estado no nos proporciona el instrumento del arte, habrá que buscarlo»; es mediante la cultura que se puede transformar un contexto social. El arte precede a la guerra y, cuando esta muere, matando, pero muere, es a través de lo artístico (crear es hacer nacer) que resurge y sobrevive el pueblo arrasado. Cuando cumplí treinta años, terminada arquitectura y trabajando en lo que podríamos llamar “un terreno exitoso”, tomé la decisión de dedicarme plenamente al teatro. En medio de la estupefacción y el cisma familiar, algunos me preguntaban: ¿Por qué? Porque, uno, dedicándome a la arquitectura no soy feliz, y dos, siento que el teatro me hace mejor persona.
Me he legitimado para cambiar de opinión. Un lugar me lleva a otro, como ocurre con las personas, los trabajos, los libros. Si no lo veo claro, agradezco, suelto y sigo. Dejo libro, lugar, persona o trabajo casi con la misma rotundidad. Casi, y en este casi meteré todo lo que callo. Me hago una pregunta al abrir los ojos, el amanecer suele ser más sincero que la noche que le precede: ¿Es aquí donde quiero despertar mañana? Si la respuesta tarda más de cinco segundos en llegar, replanteo. En la carrera de arquitectura nos lo repetían hasta la saciedad: Ante cualquier duda, replantea. Si algo no cuadra, replantea. Replantea las veces que haga falta, una y mil. Replantear es hacer algo al respecto sin tener necesariamente que hablar de ello. El acto gana a la palabra como el papel a la piedra; por completo y sin esfuerzo alguno.
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