Confiar, ese placer absoluto

11/10/2022

Cayetana Cabezas.

Cayetana CabezasCayetana Cabezas

La crónica social no nace como intento de anestesia frívola sino como puro entretenimiento. Y entretener no es sedar sino ofrecer remanso en medio de la tormenta. Pero, si bien es cierto que el glamour original ha dado paso al esperpento, los datos, a día de hoy, confirman que “el cotilleo” ocupa la mayor cuota de pantalla de la televisión. Quizás hay cierto placer en, uno, saber que ya cualquiera puede ser una celebrity, incluida yo, y dos, que a las celebrities les va igual de mal, o incluso peor, que a mí. Es decir, que no pasa nada si me quedo como estoy, en mi mierda de vida, repanchigada en el sofá de skay que llevo años queriendo cambiar, hablando sola o en twitter, que viene a ser lo mismo. Al fin y al cabo, opinar, y más sobre otros, es gratis. La prensa del corazón nos otorga el trilero poder de ensalzar o lapidar a personajes públicos en función de lo único sobre lo que todos, pobres y ricos (porque haberlos, haylos, Mariano), leídos y no leídos, rojos y azules, tenemos una opinión fundada: El amor. Y convertimos en cruzada la batalla contra los infieles o en fetiche el dolor de la persona cornuda. Las cartas entre Frida Kahlo y Diego Rivera, la entrevista a Lady Di o el chándal de Chenoa, salvando las distancias y cada uno para su público, son símbolos, pruebas irrefutables de que tienen las mismas penas que yo. Encumbrar las suyas parece que apaciguase las mías. Si el amor une, el desamor casi más.

Semanas atrás ha ocupado portadas, redes y conversaciones callejeras Tamara Falcó. Independientemente de la ideología o la fe de la marquesa, con la que muchos no comulgamos, su primera aparición pública tras romper con el ex prometido recibió un aplauso generalizado. No así la última, en la que asegura que ser madre a los 12 o 13 años, a fin de evitar un aborto, puede hacerse con una sonrisa. En fin… Vayamos a lo que nos ocupa. Ahora sabemos que lo que pasa en el Burning Man no se queda en el Burning Man y que, aunque este caso ya no esté de actualidad, la falta de respeto no deja de estarlo. Los gritos de los ahújos nos lo han recordado. Campamos por el mundo con los principios morales borrosos, llamando libertad al narcisismo, atadura al compromiso e injusticia a prácticamente cualquier límite. Y luego está la persona que se empeña en matizar que no fiel pero sí leal, como si lo segundo implicase un compromiso menor o un salvoconducto en engaños de cintura para arriba.

Frente al intento de los periodistas de seguir escarbando en detalles, Tamara zanja el tema con un: “Ya está. Tenemos suficiente información; jamás la vamos a tener toda.” Para mí, aquí está la clave que permite el vuelo tras una relación en la que ha habido engaño. La infidelidad raramente es excepcional y prácticamente nunca puede demostrarse o desvelarse por completo. Querer saber toda la verdad de la vida de alguien que no lo es (verdad) se puede convertir en una espiral infinita, agotadora y enfermiza. Por eso, una vez cae esta ficha, es importante despedirse de esa persona cuanto antes, con agradecimiento por lo aprendido, determinación y, ya que estamos, elegancia. La que normalmente les falta a los tramposos. Poderío económico, encanto social, aparente carisma, puede; pero no tienen límite. Y la elegancia quizás sea solamente eso; una cuestión de límites. Los que se le ponen al otro y los que uno se pone a sí mismo.

Según las teorías psicoanalíticas, la persona infiel posiblemente no es consciente de su narcisismo, de sus mecanismos de defensa o de su megalomanía, pero sí sabe que está haciendo mal. Por eso incluso el mentiroso profesional un día entonará el mea culpa. Pero observa; si es repetidor, lo acompañará de una inquietante sonrisa richelieu dedicada a su palmero de turno. Ese fiel escudero al que le encantaría ser igual de estafador, pero que, bien porque no tiene el encanto, la sinvergonzonería o el poder, bien porque, a diferencia de él, tiene conciencia, no es capaz de hacerlo. Así que le ríe, le aplaude y le cubre sus fechorías, creyendo que el impostor engaña a todo el mundo menos a él. Ja. Pobre palmero; no ha entendido todavía que el que miente con facilidad y de manera reiterada e impune, lo hace en todos los campos de su vida. Que no tiene amigos, porque a los amigos hay que quererles y el amor es una debilidad que no se puede permitir.

Y claro que a este tipo se le veía venir, que todo el mundo sabía y comentaba y que ella mantuvo su venda en los ojos durante mucho tiempo. Sí. Pero es que no se puede creer en alguien a medias. Si, ante la primera alarma, tú preguntas y te niegan todo, achacándolo además a envidias o habladurías, factibles, por otro lado, quieres que la versión del farsante te encaje. Lo quieres con toda tu alma porque no puedes soportar la responsabilidad de haber elegido como pareja a alguien tan cruel como para jugar de esa manera con tu tiempo. Las mentiras en el amor tienen un precio especialmente alto para las mujeres en edades en las que, si queremos ser madres, las posibilidades disminuyen drásticamente en cuestión de uno o dos años. Y además tendremos que lidiar con que todo el mundo llame “error” a ese amor o “equivocada” a la elección que tomamos. Pero, qué va. No yerra nunca el que ama, yerra el que pierde la oportunidad de hacerlo. Quien ha confiado en un estafador emocional sabe las razones por las que lo hizo. Y aún así, seguro, lo volvería a hacer. Puede que incluso feliz de nuevo. Porque confiar, como amar, además de verbo reflexivo, es un indiscutible placer absoluto.

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