Cayetana Cabezas
«Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible.» (“Elegías de Duino”, de Rainer María Rilke)
Más vértigo que la página en blanco me genera la última página. Si el arranque son planes, el final es la resolución o la falta de ellos. Y concluir supone despedirse, no resistirse al cambio, aceptar que la actualidad deja de serlo casi en el instante en que se nombra, que la juventud cobra su sentido gracias a que llega la vejez. Nada se entiende sin su opuesto, la noche sin el día, la música sin el silencio, el amor sin la ausencia. El tiempo no se valora sin la falta de él.
A finales de los ochenta triunfaba en la televisión una serie llamada Las chicas de oro. Las protagonistas eran cuatro mujeres, de edades comprendidas entre los cincuenta y los setenta años, que compartían un apartamento en Miami. Un éxito a nivel de crítica y audiencia; varios Emmys, Globos de oro… Estas viudas o divorciadas, habiendo ya cumplido con todo lo que se esperaba de ellas -maridos, hijos, trabajos-, se descubrían solas y sin saber cuál era el siguiente paso o propósito y, juntas, experimentaban las ventajas, la alegría (de lo que más se ríen es de sí mismas) y la libertad que supone envejecer. Un canto a la amistad sin imposturas, al humor sin filtros y al disfrute sin explicaciones en el ocaso de la vida. La imagen de la esperanza en ese momento en el que la existencia empieza a no tenerla. Porque ya no necesitan invertir su tiempo, su energía y su dinero en ser parte del orden social, alcanzar expectativas o ser consumidoras u objetos de consumo. Como espectador, lo que querías era pasar las tardes con ellas sin tener la necesidad de parecerte o ser ellas. La animación sin identificación, el entretenimiento en el sentido más puro.
El personaje de Blanche, que jamás dijo su edad pero bien claro estaba que, como las otras tres, había atravesado ya el período fértil de su vida, era una mujer consciente de su atractivo y practicante de una sexualidad sin tabúes. Y había un matiz muy libertador en esa manera de explorar la intimidad después de la menopausia (ese período que no se nombra por si así desaparece). Gioconda Belli en su novela El intenso calor de la luna propone la historia de una mujer que eclosiona sexualmente a raíz de ser consciente de que ya no podrá ser madre y experimenta, a sus cincuenta, el período de mayor disfrute carnal de su vida. Por primera vez tiene sexo sin el anhelo de una maternidad deseada o el miedo a una no deseada. Porque es raro que antes haya habido un término medio en el que diesen igual las consecuencias del acto sexual. Aunque sea inconscientemente, en cada encuentro, bien quieres o bien no quieres tener hijos. Y para eso, bien tomas o bien no tomas precauciones. El “que sea lo que Dios quiera” les vale a pocos. El hecho de saber que ya no puede quedarse embarazada libera esta querencia y, con ella, el goce de la pasión per se y una renacida feminidad.
Aunque luego ha habido otras series con personajes similares en cuanto a desinhibición, como por ejemplo Samantha, de Sexo en Nueva York, la diferencia con Blanche radica en que, en la televisión de 1985, una señora de más de cincuenta años podía ser considerada una mujer atractiva y lujuriosa aparentando, tranquila y orgullosamente, su edad. Las chicas de oro era una serie protagonizada por cuatro mujeres indiscutiblemente maduras, cuyos personajes no eran iconos de la moda, no ocupaban puestos de trabajo considerados de éxito y no tenían un físico demandado por las grandes marcas para la publicidad. A día de hoy, con la cultura de la imagen secuestrando nuestra atención desde el primer miccionado de la mañana, a través de las pantallas de dispositivos de los que no nos despegamos, es muy complicado que a un productor le interese tener a cuatro actrices de estas características como únicas protagonistas de un proyecto. Mujeres “de estas características” hoy no son potencial de venta. Es prácticamente imposible que ocupen portadas y difícilmente liderarán las redes sociales, ni en número de seguidores ni en actividad. Mujeres “de estas características” no son rentables en una sociedad que se nutre de la imagen por encima del ingenio, la experiencia o la memoria.
El diseñador Adolfo Domínguez propuso brillantemente ver la belleza en la arruga. La estructura económica mundial se nutre de borrarlas, de inventar máquinas, cremas, filtros o toxinas inyectables que terminen con todo lo que nos recuerda que el tiempo pasa. Es cada vez más difícil separar moda, belleza, publicidad, medios y entretenimiento. Señala Mona Chollet en su ensayo Belleza Fatal cómo Jean-Paul Agon, CEO de LÓreal en 2011, se vanagloriaba entonces, cuando estábamos sumergidos en una crisis económica mundial, de que es el mercado cosmético el que mejor resiste a las dificultades. Quizás porque es en los momentos más duros cuando, hartos de verdades e incapaces (anímica o económicamente) de afrontar una terapia, preferimos sumergirnos en la frivolidad, el lujo o el adorno. Hay quien incluso siente que embebido por la belleza jamás podría morirse, como si ella le otorgase la existencia. Así lo expone Sylvie Barbier en uno de sus ensayos. Como soy bello, me ven. Como me ven, no puedo morir; nadie quiere ver la muerte.
Señalamos a mujeres de éxito profesional indiscutible como inestables, inseguras o incluso afirmamos que fulana o mengana “ha perdido la cabeza” porque “se ha destrozado la cara” en su intento de vencer al tiempo. Pero todos, de alguna manera, nos convertimos en caricaturas de un sistema que no nos permite disfrutar de envejecer si pretendemos mantenernos en el mercado; en el social, en el laboral o en el sexual. Es notorio el caso de Madonna, icono femenino, reina del pop y mito erótico durante décadas, ahora casi irreconocible. Ella misma expuso en su difundido discurso, cuando recibió el premio Billboard en 2016, la dificultad de ser mujer y mantenerse en el tiempo en profesiones creativas y de repercusión pública como la suya.
No es fácil encontrar a una actriz mayor de cuarenta años que no se plantee hacerse un retoque o una intervención para parecer más joven, más bella o más acorde a los cánones y tener así más posibilidades de interpretar personajes interesantes o de relevancia en proyectos de cine o televisión. En los hombres no hay esta extendida gerascofobia todavía pero sí empezamos a ver casos de algunos retocados hasta niveles casi inexpresivos, como es el caso de Mickey Rourke o de Silvester Stallone. Supongo que se puede encontrar la mesura y esa es la clave, pero me temo que, sea cual sea nuestro género, avanzamos hacia una peligrosa homogeneización de los rostros, una despersonalización que borra la identidad, los rasgos heredados e incluso la memoria. Vivir supone envejecer. Y el cine, en tanto que arte, es un intento de contar la vida. No es solamente belleza. No es moda, no es publicidad. El cine son historias y las historias son, necesariamente, tiempo; el que pasa y el que falta. Borrar el tiempo es negar la muerte y negar la muerte es, al fin y al cabo, también negar la vida.
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