Dejó dicho Francisco Umbral que “el político de verdad es un magma moldeable por la circunstancia, no pasivamente, sino con influencia personal en esa circunstancia”. Creo que este pensamiento expresado en su libro titulado El socialfelipismo, puede muy bien aplicarse a la peripecia del actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a menos que la frase se considere un insulto, dada la fina epidermis y la soltura lacrimal de la generación política actual.
Lo que ocurre con Sánchez es que él mismo inventa la circunstancia que desea que lo moldee y se somete con agrado a esa circunstancia. Un ejemplo muy evidente es hacer creer a los españoles, catalanes incluidos, que la situación en Cataluña es muy diferente de la que él recibió de Mariano Rajoy y que ese cambio se debe exclusivamente a su gestión. Lo desmienten cada día los jerarcas catalanes que, a cada anuncio de vaselina presidencial para sus delitos, responden con un desafío, que siempre es el mismo, la irrenunciable independencia. Le acaba de suceder con la moldeadora exigencia de ERT de cambios a la carta en el Código Penal, aceptados por el moldeado presidente y remachados por Aragonés, anunciando que el referéndum para la independencia se celebrará y que un resultado del 55 por cien a favor de escapar de España sería suficiente para legitimar una república catalana.
Refractario a dejarse moldear por los suyos, lo que parecería lo más natural, Sánchez se ha convertido en una máquina de inventar circunstancias a las que adaptarse, tantas como se le puedan ocurrir a sus socios institucionalizados y a los socios de fortuna, entendiendo estos últimos como los que necesita que aprieten el botón del sí, cuando quiere el si y del no, cuando quiere el no.
Hay políticos y comentaristas que casi todo lo reducen a transacciones económicamente cuantificables. Las hay, pero ni son todas ni siquiera las más importantes. Eso es trabajo menor para Calviño o la Montero de Hacienda. También es general la opinión de que Sánchez no vive para otra cosa que para renovar a cualquier precio una mayoría que le proporcione la gratificación de un mandato más. ¿Para hacer qué? Lo que los modeladores de turno le pidan, a sabiendas de que él va aceptarlo.
No ignoro que el poder es delectación. Más aún, un goce físico, más gratificante que los que la propia naturaleza nos proporciona. Ante la oportunidad de prolongar el placer es difícil no claudicar. ¿Quién renuncia a sus placeres y a sus fantasías? Podríamos ponernos en plan moralista y decir que solo renunciarían al poder quienes comprendieran que el precio que pagan por disfrutarlo es demasiado elevado para ellos. Comprendo que sería mucho pedir.
Con más modestia y a la manera de aquella apelación del Artículo 6 de las Constitución de 1812 para que los españoles fueran buenos y benéficos, yo introduciría en la nuestra, cuando se reforme, un mandato expreso en el Artículo 97 que abre el Capítulo del Gobierno y de la Administración que dijera aquello que cabalmente expresó Baltasar Gracián: “Las cualidades personales deben superar las obligaciones de cualquier cargo y no al revés.”
Amén.
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