La única revancha es ser feliz

20/12/2022

Cayetana Cabezas.

Cayetana Cabezas

Cayetana Cabezas

Me pregunto quién sería la primera persona que dijo «lo bueno, si breve, dos veces bueno». Aunque lo que realmente me inquieta es que hubiese otra primera persona que le dio la razón. O, al menos, le tomó lo suficientemente en serio como para que ahora consideremos ese dichoso mantra parte del refranero popular y lo repitamos como loros cuando el placer nos abandona demasiado pronto. Así, me temo, es como se escribe la historia: uno habla, a otro le vale y la masa, no tonta sino necesitada del consuelo que proporciona el mal de muchos, aplaude. Supongo que, en parte, yo estoy aquí, también escribiendo, precisamente para cuestionar(me) lo aprendido, saber si hay alguien al otro lado de estas líneas a quien las creencias heredadas tampoco le convencen, y confirmar así que estamos un poco más cerca de lo que cuentan las noticias, aparentan las redes o consienten nuestros representantes políticos.

Ser creyente implica un importante porcentaje de ceguera. Y el que pide ver para creer, en realidad, lo que quiere no es confiar(se), es comprobar; cosa que ya no tiene nada que ver con la fe, sino más bien con la ciencia. Por ejemplo, yo siempre me había considerado, y así me definía (pareciera que definirse ayuda a ser quien uno quiere ser) como alguien creyente en el amor. Incluso en el amor para toda la vida (¡¿para qué negar mis antiguas aspiraciones si hay testigos?!). Sin embargo, últimamente me descubro más llevándome la contraria que dándome la razón (¿madurar es esto?, no lo sé), y me he dado cuenta de que no es que yo «crea» en el amor; es que lo he visto. No soy una creyente, soy una científica amorosa, que es muy distinto. Es más, soy mi propio laboratorio. Mi fe no reside en confiar en que el amor existe, mi fe consiste en no dejar de probarlo. Como Marie Curie cuando se exponía al radio y al polonio, consciente de que la radiactividad podía matarla. Y no sé si mi olvido estará jugando sus cartas por supervivencia, pero puedo afirmar sin que me tiemble la voz que no recuerdo haber sentido un amor que no haya experimentado. Así se lo confesé hace poco a un hombre que quería saber si alguna vez, enamorada, había huido de esa relación por temor al dolor. El amor yo nunca he podido evitarlo —le dije. ¿Acaso es eso posible? —quise saber. Él sonrió y afirmó: «No lo sé. Yo jamás he estado enamorado.»

Y el caso es que hablábamos de sentimientos, no de pareja, pero tiende a mezclarse lo uno con lo otro. No siempre el querer desemboca en un acuerdo entre dos y tampoco siempre dos que están de acuerdo se quieren. El «hasta que la muerte nos separe» tiene entidad de institución, ahora, nadie puede verdaderamente asegurar, por mucha rúbrica, mucho testigo y mucho banquete que consolide el contrato, que los sentimientos, con el tiempo, seguirán siendo amororosos. No iguales que el primer día, ojo, sencillamente amorosos. Por supuesto, la pareja y el amor no son incompatibles, pero sí son cosas distintas. Y cuando preguntamos a alguien si cree en el «amor para toda la vida», quizás lo que en realidad queremos saber es si ha podido comprobarlo en alguna forma identificable. Si sabe de alguien que lo haya conseguido, si conoce a algún superviviente que confirme, sin trampa ni cartón, que la pareja como entidad tangible, representante del amor, funciona. Porque no es sentir enamoramiento lo que nos pone en riesgo sino querer consolidarlo «hasta que la muerte nos separe». Por eso tantas veces amueblamos los vínculos con contratos de matrimonio, hijos e hipotecas. Y luego, si la historia no funciona: ¡no te preocupes, «lo bueno, si breve, dos veces bueno»! Nos pasamos la vida danzando entre construir el siempre y recuperarnos del nunca.

Pretendemos afianzar el sentir con estructuras inventadas, de la misma manera que ansiamos controlar el tiempo con calendarios y relojes. Y entonces llegan estas fechas de final de año, porque hemos decidido que necesitamos acotar la vida en tramos que empiecen y acaben para darnos periódicamente oportunidad de propósito, e inevitablemente hacemos balance y planteamos nuevas intenciones. Valoramos y puntuamos nuestra vida compartimentándola en cajitas temáticas exentas; salud, dinero y amor. ¡Como si no fuese todo un poco lo mismo! Y otorgamos la responsabilidad de lo ocurrido, en gran parte, al año, ese ente imaginario: 2020 fue terrible. 2021 casi peor. 2022 ha venido más amable. ¡Seguro que 2023 será fantástico! Como si la noche del 31 de diciembre al 1 de enero me teletransportase a un destino espaciotemporal que nada tiene que ver con lo anterior, como si a partir de las doce campanadas fuese a tomar mis decisiones un yo absolutamente nuevo, un ser fascinante a quien no conozco todavía pero que, confío, sabrá hacer todo eso que no he sabido hacer antes. Absurdo. En 2023 seré todo lo que fui en 2022, en 2021, en 2020… La vida se encarga de sostener la memoria que a las personas nos falla para que podamos seguir viviendo.

No tengo consciencia de haber escapado nunca a un sentimiento. Ni amoroso ni de ninguna otra índole. Soy más de revolcarme en el barro, para lo bueno y para lo malo. Cuando he querido u odiado, porque sí, he odiado, lo he hecho a pleno rendimiento. Y esto no es algo de lo que esté orgullosa, esto es algo de lo que estoy segura. Como de que cada dolor necesita su pequeño desquite. Pero no vale cobrárselo al año pasado o al cretino o cretina que nos hirió. No vale desear el mal; ni siquiera justicia. Nada ni nadie nos devuelve el tiempo. Ni los calendarios ni los relojes ni el arrepentimiento. Y lo llaman tiempo perdido, pero es solamente tiempo pasado. Tiempo inventado que ni va a volver ni tiene por qué. Por eso, la venganza es un plato que yo no sirvo; mi única revancha es ser feliz. Mucho. Todo lo que pueda. Porque soy de las que, no creo sino que veo, pruebo y compruebo, que lo bueno, si breve, mal. Como la fe, como el amor, como Marie Curie (y dudo que mañana me lleve en esto la contraria); lo bueno debería durar siempre.

¿Te ha parecido interesante?

(+1 puntos, 1 votos)

Cargando...

Aviso Legal
Esta es la opinión de los internautas, no de diarioabierto.es
No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
Su direcciónn de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.