Con todo lo que ha pasado la humanidad, la guerra siempre ha estado presente. La de Ucrania, acaba de cumplir su primer año, y de la incredulidad de hace doce meses de que no era posible hemos pasado a que a estas alturas nadie sabe cuándo acabará. Todo depende de Vladimir Putin, el mismo que decidió desafiar al siglo XXI y a las experiencias del pasado cuya conclusión siempre fue la misma: con la guerra todos pierden.
En estos doce meses transcurridos hemos asistido a un vendaval de malas noticias económicas derivadas del conflicto bélico; pero también al alineamiento internacional en dos grandes bloques. La experiencia de la I Guerra Mundial y de la II Guerra Mundial se ha olvidado 77 años después de la última, cuando todavía quedan muchos abuelos que vivieron aquella contienda.
Todo el PIB mundial ha caído, la crisis energética llegó a niveles insoportables para los ciudadanos de todo el planeta, con el petróleo, la luz y el gas disparados, y en consecuencia todos los productos que requieren para fabricarse o transportarse. Inmediatamente los precios crecieron a niveles impensables y nunca antes vistos, con los alimentos a la cabeza, lo que ha llevado a la inflación a convertirse en una losa sobre las empresas y las familias. Y para cerrar el círculo, los bancos centrales mundiales (desde la Fed, el BCE o el Banco de China) se han visto obligados a subir los tipos de interés para controlar la inflación. La medida financiera por excelencia que fue eficaz el siglo pasado. Pero a la vista de los resultados no parece lo más adecuado para éste, ya que ha añadido más presión a empresas y familias que necesitan créditos. Con lo cual suma otra losa más.
Conociendo el origen de tantas subidas, los gobiernos han decidido ir al núcleo: frenar la subida de los precios energéticos (en España poniendo un tope) y desalentando las subidas a base de impuestos temporales a energéticas y banca. De momento, los bolsillos no lo notan ante la resistencia de la CEOE a fijar una subida salarial, con las negociaciones con los sindicatos estancadas y éstos dando avisos de movilizaciones, mientras las arcas del Estado siguen engordando, aunque sin que el reparto en ayudas suponga más que pequeñas migajas para situaciones cada vez más graves.
Y aunque resulte paradójico, cabe recordar que en las guerras también hay quienes ganan. Muchas empresas, no sólo las energéticas, y, sobre todo, los bancos registraron beneficios jamás vistos en su historia. El contrapunto vino de las tecnológicas, que tras dos años de efectos Covid, amasó grandes fortunas, le llegó su tiempo de vacas flacas y la consecuente y manida reducción de empleo.
Y luego está la lectura política de estos doce meses. Nuevamente el mundo dividido en dos bloques. Putin cuenta como gran aliado con China, quien disputa a Estados Unidos, el primer puesto de economía mundial. Y otros políticos afines como Erdogán, o países como Bielorrusia. Y en el otro lado de la balanza los aliados de la OTAN, con EEUU y la UE como cabezas más visibles. Así ha llegado otra batalla, la de las sanciones a Rusia, aunque con las reticencias de aquellos países, como Alemania, cuya dependencia del gas ruso era muy elevada. O la aparición de nuevos países en la escena política como Noruega y Finlandia y su deseo de pertenecer a la OTAN ante su proximidad geográfica con Rusia, dirigida por un político cuyas intenciones nadie conoce, más allá de sus amenazas con bombas nucleares por medio.
En el subconsciente de Putin parece estar la reunificación de la antigua URSS. Ya en 2014 había empezado con la anexión de Crimea y la primera guerra del Donbás, que aún hoy sigue. China ha empezado a preocuparse por la prolongación de la guerra y ha presentado un tímido intento de poner paz, pero con peticiones inasumibles para Ucrania y quienes le apoyan con ayuda económica y bélica.
Mientras, miles de refugiados ucranianos pueblan los centros de ayuda de los países occidentes, y los que se han quedado solo desean que esta nueva atrocidad acabe, con crímenes de guerra incluidos. El final no está en sus manos sino en las de quien declaró la guerra. El resto de los países ni se atreven a decir en voz alta cómo acabará.
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