Tengo para mí que el Instituto Cervantes es la pieza más valiosa en la proyección exterior de España. Debo adelantar que he trabajado para esta institución y que, por lo tanto, el lector está autorizado a escrutar mis opiniones y criticar cualquier afirmación que haga sobre el Instituto Cervantes que le pueda parecer poco objetiva o simplemente exagerada.
Hago esta observación para explicar que mi perplejidad y enfado es enorme al leer que la sede londinense del Instituto Cervantes se encuentra entre los bienes que el Tribunal Superior de Londres considera embargables en caso de que el Estado Español no haga frente de manera inmediata a los pagos que el Tribunal ha reconocido a favor de Blasket Renewable Investment, como consecuencia de laudos internacionales a su favor.
Las inversiones en energías renovables a que se refieren los laudos se inician con el gobierno de Rodríguez Zapatero, que planteó como incentivo unas condiciones, que el gobierno siguiente, presidido por Maríano Rajoy, decidió cambiar porque consideraba que su predecesor se había excedido en su generosidad. Un ejemplo más de la idea que tienen los políticos de que su gestión consiste más en deshacer lo que ha hecho su antecesor que en llevar a cabo sus propios proyectos.
Aquí, el poder es un telar de Penélope que explica muy sencillamente por qué avanzamos mirando más al retrovisor que al frente. El Gobierno actual se conforma con echar las culpas a Rajoy, pero no hace frente a los acreedores que lo son del Reino de España, no de un gobierno concreto. Lo más visible que ha hecho hasta ahora es anunciar su renuncia al Tratado de la Carta de la Energía, que es el instrumento del que se han valido los acreedores para obtener los laudos internacionales.
Y aquí nos encontramos de buenas a primeras que, sin comerlo ni beberlo, el Instituto Cervantes de Londres puede perder su edificio y, además, tiene embargadas sus cuentas en el Banco Santander. La cadena de despropósitos nos lleva a que el buque insignia de España en 88 ciudades de 45 países, con más de 2 millones de alumnos en sus 32 años de existencia, que ven en nuestra lengua y en la cultura en español unas expectativas personales y profesionales muy valiosas, se vean ahora devaluadas por la mala imagen que se proyecta de la Institución, que no tiene ni arte ni parte en el desaguisado de las deudas a los inversores internacionales.
Muchos españoles no tienen una idea cabal de la imagen que proyecta el Instituto Cervantes en el mundo. Desde Sidney a Sao Paulo, desde Tokio a Los Ángeles, los cinco continentes cuentan con un centro del que enorgullecerse. Poner en almoneda el trabajo serio, concienzudo, tecnológicamente avanzado, culturalmente enriquecedor es una fechoría que en alguna covachuela burocrática tendrá un responsable. Redimir al Instituto Cervantes de Londres de la vergüenza del mal pagador lo exige un país que es la cuarta potencia europea.
En Los baños de Argel lo dejó dicho Cervantes: “¡Cuán cara eres de haber, o dulce España!”
P.D.
Cuando estas líneas ya estaban a punto de publicarse nos enteramos de que una amenaza semejante, pesa sobre las instalaciones del astillero público español Navantia en Australia. Podría decirse casi lo mismo que del Instituto Cervantes. Es una empresa pública, exportadora y con desarrollos tecnológicos avanzados. Sería otra vergüenza.
La legítima defensa de los intereses de España es inexcusable para cualquier Gobierno. Pero aquí se trata de un mal mayor, de lo que los inversores internacionales de los que dependemos piensan sobre la seguridad jurídica de sus inversiones en nuestro país, ese argumento que tan nerviosos pone a nuestros gobernantes cuando se cuestiona.
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