La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dado por concluida la pandemia producida por el Covid-19 este 5 de mayo. Más de tres años después de su declaración de la enfermedad de coronavirus como “emergencia sanitaria global” allá por el 30 de enero de 2020. En nuestra memoria reciente permanecen todos los cambios que supuso para nuestro quehacer diario: confinamientos, teletrabajo, ERTE, mascarillas, medir distancias… y una vuelta a la normalidad en la que ya casi nada es lo mismo, tal vez porque a la pandemia se unió una guerra.
Pero el director general de la organización Tedros Adhanom Ghebreyesus ya nos ha dicho que, aunque la declaración de emergencia termina, no hemos acabado con el “bicho”. Es más, la OMS nos ha advertido de que el Covid-19 permanece como amenaza. Y que, si los casos y las muertes van a más, volverá a declarar la emergencia si se vuelve a poner en peligro a nuestro mundo.
Por tanto, nos ha dicho que no bajemos la guardia y que sigamos manteniendo las precauciones porque la emergencia ha acabado, pero no la pandemia. Lo cierto es que los contagios siguen y las muertes, también, pero no en los mismos dígitos que en 2020. Sin ir más lejos, los últimos datos del Ministerio de Sanidad español confirmaba el viernes pasado, 5 de mayo, que se registraron 11.847 nuevos casos de Covid-19 de los que 7.397 se han producido en mayores de 60 años. Y eso que ahora, si los síntomas son soportables ni se declaran. Para botón de muestra quien les escribe, que en Semana Santa el test me dio positivo y estuve unos días con malestar general, un poco de fiebre y agotamiento físico, que aun hoy permanece, pero no con tanta intensidad. El paracetamol fue mi aliado, como me habían dicho muchos de los que pasaron por lo mismo. Ni fui a mi médico de familia ni comuniqué nada, solo recuperé de forma permanente mi mascarilla y salí lo imprescindible de casa, guardando la distancia preceptiva. Todo esto en unos cinco días hasta que el test dio negativo.
Los datos oficiales de España confirman desde el inicio de la pandemia 13.845.825 casos de contagio y 120.964 fallecidos. El propio Tedros Adhanom Ghebreyesus calcula que en todo el mundo han podido fallecer de Covid cerca de 20 millones de personas, pese a que las cifras oficiales arrojan un número inferior: 7 millones de muertos por Covid. Y los casos confirmados de contagio ascienden a 765.222.932
Pese a los negacionistas y todos los que alimentaron y alimentan las teorías conspiratorias, lo cierto es que la aparición de las vacunas rompieron la tendencia permanente al alza de contagiados y muertos y todo comenzó a bajar hasta el extremo de que con los datos en la mano los países comenzaron a relajar sus restricciones. Nos hemos olvidado pronto de cómo ansiábamos que hubiera pronto una vacuna. La propia OMS confirmaba que la tasa de muerte por el virus se ha reducido de un número máximo de 100.000 personas a la semana en enero de 2021 a poco más de 3.500 el 24 de abril pasado. En España, ahora mismo, solo es necesario el uso de mascarilla en hospitales, ambulatorios o farmacias. Ni en el transporte público ni en las grandes aglomeraciones, una opción que solo es personal.
Visto lo visto, lo cierto es que en la práctica que la OMS nos diga que se ha acabado la emergencia no va a afectar en nada a nuestro quehacer diario. Hasta China, la primera en dar todas las alarmas y aplicar todas las restricciones también ha eliminado la mayoría de las restricciones, también es cierto que por presión de la población harta de tantas prohibiciones.
La enfermedad Covid-19 se ha quedado entre nosotros, pero no con la misma virulencia y letalidad que en 2020. Las mascarillas y las vacunas nos han ayudado a salvarnos. Pero también hemos aprendido que en pleno siglo XXI una pandemia mundial es posible y nadie está a salvo y, sobre todo, cómo en un abrir de ojos nos puede cambiar la vida, perder la libertad de movimiento, cerrar las fronteras, paralizar las economías, cerrar empresas o cambiar la forma de trabajar, cerrar escuelas…
Internet nos ayudó a comprar, vender, estar informados y desinformados, a sacarnos del aislamiento y ver cómo gobiernos e instituciones internacionales han ido apagando incendios según dónde aparecían los fuegos. Nadie estaba preparado para una pandemia cuando las Ucis se quedan sin camas disponibles y no había sitio suficiente en los hospitales, ni mascarillas, ni guantes, ni EPIs… y ni nos podíamos despedir de nuestros familiares a punto de morir ni tan siquiera ir a su entierro. Un panorama desolador provocado por un virus que ha ido mutando, resurgiendo en variantes (delta, ómicron…). Parece que se nos ha olvidado, pero todo esto ocurría hace tres años.
También, una vez más, hemos comprobado cómo la enfermedad ha incrementado las desigualdades porque no a todos les han llegado las vacunas, sobre todo a los países más pobres, y también en los países más desarrollados tocó de lleno a los más vulnerables. No podemos olvidar las colas del hambre, pero también la solidaridad de los ciudadanos, al margen de los poderes públicos.
Llegó la normalidad, la nueva normalidad que nos muestra que ya nada es lo mismo. Aunque intentemos pasar página de estos tres años de estado de emergencia sabemos que somos muy vulnerables y que la libertad puede desaparecer en un segundo.
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