Alcanzamos la mitad de mayo y todo sucede muy rápidamente. Hay prisa en todos los grupos políticos ante la proximidad de las elecciones autonómicas y locales, hay prisa en el Gobierno que quiere empezar la presidencia de la UE con los deberes hechos, y a sabiendas que las elecciones generales están a la vuelta de la esquina, y había prisa en los agentes sociales porque los trabajadores no se merecen seguir esperando que les suban el salario cuando los precios andan desbocados y vaciando los bolsillones.
Con los partidos de la derecha diciendo que no a cualquier iniciativa del Gobierno, incluida la nueva ley de vivienda que tachan de ineficaz y electoralista, como las medidas para ayudar a soportar la sequía; con los partidos de la coalición, que tienen que marcar diferencias con sus socios socialistas para arañar votos de indecisos, los únicos que parecen guardar la responsabilidad de Estado y la cordura son los agentes sociales.
Empresarios y sindicatos, por fin, se han puesto de acuerdo en la nueva negociación colectiva, que abarca años trascendentes desde 2023 a 2025. En estos tres años los suelos subirán un 10%. CCOO y UGT han renunciado a hablar de los salarios de 2022, y parece ser un año perdido para los trabajadores, que no verán recompensados sus esfuerzos por ningún lado, aunque algunas de las empresas si les reconocieron sus privaciones. Es la parte olvidada de un gran acuerdo. Pero por suerte, para no perdernos en decisiones baldías, no se presentan a las elecciones.
Mientras el sentido común impera en las empresas y en los trabajadores, los partidos políticos incrementan la crispación y nos encontramos en un totum revolutum donde todo vale. En juego está, nada más y nada menos, que gobernar en las comunidades y en los ayuntamientos. Cada voto cuenta y vale, porque al final, se les pagará por ellos.
Pero además está en juego el primer pulso para saber por dónde irán los tiros en las elecciones generales que se tendrán que celebrar a principios de 2024. Pedro Sánchez seguro que quiere saber cómo ha salido de quemado en estos cuatro años como presidente de Gobierno y, con toda seguridad, hará valer todo lo realizado. Intentando ser objetivos, hay que reconocerle que le ha tocado todo lo malo: pandemia, guerra de Ucrania, precios energéticos disparados… y aún así parece que nos ha ido mejor que en la crisis económica que intentó capear Mariano Rajoy. En aquella todo fueron recortes. Aún no se nos han olvidado los «viernes de recorte» del Consejo de Ministros. Lo cierto es que hay más personas trabajando, que los vulnerables están siendo tenidos en cuenta aunque el dinero no llegue para mucho, que se han reformado las pensiones y, por lo menos hasta 2050 no parece que el sistema vaya a tener problemas… En fin, a los ciudadanos nos ha ido mejor que con la anterior crisis, aunque con la pandemia las tecnologías hayan aprovechado para cambiar nuestra realidad.
Los socios de Pedro Sánchez, según las encuestas, parece que pagarán el pato de la alianza. Siempre se ha dicho que el pez grande se come al chico. Pero además es que Podemos, con todas sus corrientes y mareas, ha flaqueado en el último tramo de legislatura con la metedura de pata de la ley del «solo sí es si». Pero aún así ha conseguido avances en la mejora de las condiciones de vida, sobre todo, de los jóvenes. Esta vez se les ha escuchado en esta crisis, no tuvieron que ir a acampar a la Puerta de Sol. Bonos culturales, descuentos en viajes, interrail, más becas, la vivienda, mejores condiciones laborales (ya veremos en qué acaba el Estatuo del Becario)… El problema es su división. Y ante la división pierden muchos votos en el camino. Ya lo comprobaron en las elecciones andaluzas, y no parece que vayan a dar su brazo a torcer, mientras los personalismos primen por encima de lo que defienden. Y otro problema es Yolanda Díaz, la favorita de muchos electores de izquierda, con raíces profundas en IU, a la que no pueden arrinconar por lo que dicen las encuestas. Tienen más de seis meses por delante para encauzar la situación, si no, lo dicho, todos pierden. Las encuestas ya les están advirtiendo que serían tercera fuerza política si se unen, y pasarían a estar por detrás de Vox si se dividen.
Otra cosa bien distinta es EH-Bildu.Que 44 etarras con delitos de sangre se presenten a las elecciones me parece inmoral. En alguna parte debería estar prohibido que los condenados por delitos de sangre o por corrupción se presenten a unas elecciones. Para muchos será una muestra de que se ha pasado página de uno de los principales problemas de la transición y hasta bien entrada la década de los 90, pero los cerca de 1.000 muertos y las demás víctimas, incluidas las familias que les siguen llorando no creo que vayan a entender esta nueva realidad democrática.
En cuanto al principal partido de la oposición, todavía está por ver si Alberto Núñez-Feijóo está a la altura. Estas elecciones le señalarán el camino. De momento, la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso parece que le está marcando el camino y las consignas. Si en su día fue Esperanza Aguirre, ahora la nueva ‘lideresa’ se afianzará o no dependiendo de si obtiene mayoría absoluta para regir la Comunidad Madrileña. El que parece que no le acompañará en el triunfo será José Luis Martínez Almeida, que tiene muy difícil poder gobernar en solitario, si no es con la ayuda de Vox, con un Ciudadanos prácticamente desaparecido. Y Ayuso ha roto las relaciones con Vox, de momento. Ya se verá cuál será el peaje que deberá pagar.
Por su parte Vox sigue ampliando su radio de acción. En el caso de las comunidades autónomas, parece que se hará imprescindible en algunas, como en Murcia, y hará entrada triunfal en plazas como la de la Comunidad Valenciana. Y tocará negociar en muchos ayuntamientos. Mantener la tercera posición del abanico político dependerá de Podemos y sus alianzas.
Y, por último, Ciudadanos que el barómetro del CIS da prácticamente por defenestrado. No parece que puedan evitar la hecatombe, pese a que España necesita de un partido de centro. El problema es que para poder sobrevivir se alió con un PP que ha ido dando bandazos y se ha ido de la derecha al centro según soplaban los vientos. La crisis interna ha hecho el resto.
En fin un totum revolutum del que saldran cientos de promesas del que deberemos sacar nuestras conclusiones. Lo primero es ver cómo nos va, ese será nuestro mejor referente, porque ya sabemos que las promesas están para no cumplirse y se las lleva el viento.
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