Ya he confesado aquí que Ursula Von der Leyen me parece una de las personalidades más relevantes del panorama político internacional, relieve que obtiene por sí misma y no por demérito de las mediocridades que se sientan a su alrededor en cualquiera de las grandes cumbres internacionales. Rubrico esta afirmación admirativa al conocer las directrices de la llamada Estrategia de Seguridad Económica de la Unión Europea que patrocina la Comisión Europea.
La simple existencia de un documento que demuestre que los países de la Unión están trabajando en la salvaguardia de sus intereses frente a otros colosos económicos que sólo entienden de hegemonía, es muy tranquilizador. Significa que los miembros de la UE son conscientes de la dura batalla que se libra en estos momentos por mandar en la economía mundial, que no tiene otro objetivo que mantener (en el caso de los Estados Unidos) o lograr (en el caso de China) el control político del planeta.
Mi europeísmo ni es nuevo (mis primeros artículos sobre la CEE de entonces datan de finales de los sesenta del siglo pasado) ni es ingenuo ni es entregado. He criticado mucho a los órganos de la Unión y las más de las veces, por su falta de determinación en asuntos globales graves y también en otros más domésticos, como, por ejemplo, el proteccionismo agrícola, instrumentado a través de la Política Agrícola Común (PAC).
Me tranquiliza por ello la afirmación de Von der Leyen de que se mantiene la vocación europea por “la integración global y las economías abiertas” y el reconocimiento de que éstas “son positivas, las necesitamos, son buenas para las empresas, para nuestra competitividad y nuestra economía” y que esto “no cambiará en el futuro”.
Europa no puede contribuir a la desestabilización mundial, pero tampoco puede acomplejarse ante quienes pretender obtener más poder presionando con la energía y los suministros, obstaculizando infraestructuras críticas, chantajeando con estrangulamientos tecnológicos y acaparando mercados internacionales con estrategias anticompetitivas. Mucho menos, utilizando sus adquisiciones en Europa para actuar en sus propios países y en otros que tienen colonizados contra los derechos humanos de sus respectivas poblaciones.
Creo firmemente que Europa tiene títulos y recursos para hacerse oír en el mundo, sin ignorar la debilidad que implica la falta cohesión interna y algunas tendencias políticas directamente disgregadoras, que pretenden ignorar el miserable futuro de nuestros países sin la Unión Europea. La nueva Estrategia de Seguridad Económica es hasta ahora sólo un enunciado, pero con los cañones resonando en nuestras fronteras, con las maniobras comerciales entorpeciendo el crecimiento mundial, con la utilización espuria de los avances científicos y tecnológicos que nos tropezamos cada día, la Unión Europea no puede quedarse quieta.
Hay que llevar ese espíritu a la práctica y una buena manera de hacerlo sería ponerse de hoz y coz a resolver los problemas que frenan los acuerdos con países y organizaciones de Iberoamérica (notoriamente Mercosur) y del continente africano, en los que el neocolonialismo de China y de Rusia ya tiene serias posiciones.
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