No sólo de Gombrowicz vive el hombre. Ni de Montaigne y sus ensayos o las memorias de Casanova. También está Iñaki Uriarte. Me refiero a esa literatura que toma la forma de diario, de anotación en primerísima persona del singular, de apunte a vuelapluma o reflexión de urgencia o puede que reflexión sin urgencia alguna. También está Iñaki Uriarte, insisto.
Pasen y vean:
“La gente viaja mucho. Ayer X me dijo que se iba a ‘la Civilización Maya’”.
“Sospecho que el rasgo más inconfundible de mi personalidad es que no me gusta Cary Grant.
No he encontrado a nadie en mi vida a quien le ocurra algo semejante.
Es lo primero que le diría a un psicoanalista: ‘Doctor, no me gusta Cary Grant’”.
“Cuando en las encuestas sobre el grado de felicidad personal de que disfruta la gente, la mayoría concede siempre mucha importancia a llevar una activa vida social, supongo que a lo que se refieren es a la bebida”.
“Y suelo acordarme de algunos de mis amigos que antes vivían en el ámbito de la izquierda y ahora creen que los han admitido en este de la derecha. Los leo en los periódicos: tensos, gritones, destemplados, como perros guardianes en el jardín donde pasean apaciblemente los amos. No sé si se dan cuenta de que son como esos sudamericanos que los dueños tienen empleados en sus casas: forasteros, útiles, pintorescos, desechables”.
“La playa como lugar de meditación. No hay más un filósofo del que yo sepa que le gustaba tomar el sol, Diógenes. Montañeros ha habido muchos, y peligrosos”.
“Estamos cambiando el sistema de calefacción. Se ha convertido en un asunto obsesivo.
Mari, la asistenta, le ha resumido a Begoña nuestras vidas: ‘Esos, los únicos problemas que tienen son la caldera y el gato’.
No sé si hemos quedado como unos elegidos o unos mentecatos”.
Iñaki Uriarte tiene un gato, un apartamento en Benidorm, baja a la playa, fuma, es de Bilbao y de San Sebastián (¿las dos cosas?, ¿es posible?), escribe a veces en El Correo, nació en Nueva York, le gusta estar tumbado en el sofá sin hacer nada, le gusta (sobre todo) leer. Políticamente aborrece el españolismo apocalíptico tanto como se asombra de ciertos rasgos del nacionalismo autóctono:
“X es vanidoso y recuerdo que a la primera de cambio te sacaba su currículo de la chaqueta. No deja de ser comprensible. Si uno está hablando con alguien capaz de medir lo que tarda en pasar un electrón de un átomo a otro, por lo menos hay que saberlo. Aunque luego charles con él sobre otras cosas y no acabes de entender cómo un tipo capaz de manejarse entre átomos y attosegundos sea un nacionalista de pro y crea firmemente en cosas tan paranormales como la Patria, los pueblos milenarios, los derechos históricos y lo que se tercie”.
Y también:
“En cualquier nacionalista hay algo de turista del propio país”.
Iñaki Uriarte nos cuenta el paso de sus días, su plácida existencia de juerguista retirado, sexagenario reciente y feliz, perezoso sólo a medias (“la satisfacción del deber cumplido. ¿Y del incumplido?”), agudo observador del mundo en que vivimos, lector ávido. Una vez tomadas las páginas de sus diarios no hay modo de abandonarlas, quisiéramos más, incluso quisiéramos (a ratos) ser Iñaki Uriarte y fumar mirando por la ventana.
¿Qué interés tienen para nosotros las vidas ajenas? ¿Por qué esa fascinación por el relato íntimo de nuestros congéneres? Ah, insondable misterio. Iñaki Uriarte anota que ha adelgazado. Añade:
“¿Le importa a alguien esto? ¿Me importará a mí cuando lo lea dentro de cinco años? Pero, de los diarios de Bioy Casares, que leí hace tiempo, y no me gustaron, casi solo recuerdo que a menudo se veía demasiado delgado”.
Y la capacidad (tan divertida) de retratar sin miramientos las imposturas del mundo intelectual:
“Recuerdo cómo Jon me preguntaba con el mayor interés quién era Pedro Ugarte, quién era aquel desconocido jovenzuelo que, en un artículo de periódico, se había burlado no sólo de su conferencia, sino también de su vestimenta, concretamente de su ‘corbatilla de cuero’.
Que alguien se meta con tu pinta irrita más que si lo hace con tus ideas, incluso con tu capacidad intelectual”.
Iñaki Uriarte escribe con la libertad del rentista que prepara las maletas para irse unos días a Benidorm y al cual le importa un bledo quedar bien con unos u otros, envidiable actitud en el mendicante universo de las letras españolas, donde el hambre obliga a mirar a un lado y a otro antes de atreverse a expresar una opinión.
O a lo mejor tampoco es para tanto y, simplemente, Iñaki Uriarte escribe desde el convencimiento, esa cosa tan rara que algunos poseen.
O tal vez nada más es que Iñaki Uriarte no tiende a pontificar y si pontifica no se le nota.
Publica, además, sus libros (dos volúmenes de diarios, por el momento) en un sello, Pepitas de Calabaza, cuyo lema es: “Una editorial con menos proyección que un cinexín”.
¿Cómo no vamos a quererle?
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